El yen japonés profundizó este martes su deterioro frente al dólar estadounidense al tocar 162,27 unidades por dólar en la sesión asiática, su nivel más débil desde 1986, según datos de LSEG. La divisa nipona acumula así su cuarto trimestre consecutivo de pérdidas, con una depreciación cercana al 2% solo en el segundo trimestre del año, en un movimiento que vuelve a colocar a las autoridades de Tokio bajo presión para actuar en el mercado cambiario.
Un mínimo histórico que reabre el debate sobre la intervención
La ruptura de la barrera de los 162 yenes por dólar no es un hecho menor: se trata del peor nivel para la moneda japonesa desde diciembre de 1986, casi cuatro décadas atrás. El dólar se ha encarecido cerca de un 13% frente al yen en el último año, según cifras recogidas por Europa Press, un ritmo de depreciación que los analistas comparan con el ciclo bajista registrado en 2022, cuando Japón tuvo que intervenir en repetidas ocasiones para sostener su divisa.
Ante este escenario, la ministra de Finanzas, Satsuki Katayama, advirtió que el Gobierno está preparado para adoptar “medidas decisivas” si detecta movimientos excesivos en el mercado, en línea con los acuerdos bilaterales alcanzados entre Japón y Estados Unidos para preservar la estabilidad financiera. En la misma línea, el secretario jefe del Gabinete, Minoru Kihara, señaló que el Ejecutivo trabaja para reducir la vulnerabilidad estructural de la economía frente a la volatilidad cambiaria, aunque evitó pronunciarse sobre si el nivel actual del yen justificaría ya una intervención directa.
El historial reciente de intervenciones y su efecto limitado
Japón no es ajeno a este tipo de operaciones. Entre el 28 de abril y el 27 de mayo, el Ministerio de Finanzas destinó un monto récord de 11,73 billones de yenes (unos 72.800 millones de dólares, equivalentes a 63.520 millones de euros) en operaciones de defensa de su moneda, la primera intervención en dos años y la tercera desde 2022. Aquella maniobra logró que el yen se apreciara hasta los 156,6 por dólar a finales de abril, pero el alivio fue efímero: la divisa retomó su senda bajista apenas un día después.
El antecedente más cercano se remonta a mayo de 2024, cuando las autoridades gastaron 9,78 billones de yenes (52.960 millones de euros) en defensa de la moneda, mientras que en octubre de 2022 el desembolso fue de 6,349 billones de yenes (34.330 millones de euros). Pese a este historial, los analistas coinciden en que una nueva intervención tendría un impacto solo temporal mientras persista la fortaleza estructural del dólar, lo que ha llevado a algunos estrategas a especular con que el Ministerio de Finanzas podría tolerar ahora un yen más débil que durante la campaña de intervención de 2024, situando los próximos niveles de atención en torno a 163 yenes por dólar o superiores.
La brecha de tipos de interés, motor central de la debilidad del yen
El factor estructural detrás de la caída sigue siendo el diferencial de tipos de interés entre Japón y Estados Unidos. El Banco de Japón ha avanzado de forma gradual en la normalización de su política monetaria, con subidas en marzo y julio de 2024 y, más recientemente, un incremento de 25 puntos básicos a mediados de junio que llevó su tasa de referencia al 1%, el nivel más alto desde 1995. Sin embargo, esa brecha frente a la Reserva Federal estadounidense continúa siendo demasiado amplia para frenar la salida de capitales.
Esta diferencia alimenta el conocido “carry trade”, la estrategia mediante la cual los inversores piden prestado en yenes a bajo coste para invertir en activos de mayor rendimiento en otros mercados, lo que presiona a la baja sobre la divisa japonesa. Según Julia Wang, directora de inversiones para el norte de Asia de Nomura, la intervención “no debería depender de un nivel concreto”, sino de la naturaleza y velocidad del movimiento cambiario, y advierte que el actual máximo del ciclo probablemente reavive la preocupación interna por la debilidad estructural de la moneda.
Un dólar fortalecido por la Reserva Federal y la tensión geopolítica
La otra cara del fenómeno es la fortaleza del dólar estadounidense, impulsada por indicadores económicos mejores de lo esperado en Estados Unidos, que han elevado las probabilidades de mercado de una nueva subida de tasas por parte de la Reserva Federal en los próximos meses. A ello se suma un contexto de creciente fricción geopolítica entre Pekín y Tokio, así como persistentes salidas de capital desde activos japoneses, factores que, según estrategas macroeconómicos de BNY, están obligando a los inversores internacionales a priorizar la protección de sus portafolios por encima de los fundamentos económicos básicos de cada país.
Estos mismos analistas advierten que la ruptura de niveles técnicos clave en los principales cruces de divisas puede actuar como un disparador sistémico capaz de generar ondas de choque más allá del mercado de divisas, con potencial de afectar a clases de activos asiáticos más amplias.
El informe de empleo en EE.UU., próximo catalizador del mercado
De cara a las próximas semanas, los analistas señalan que el informe de empleo de Estados Unidos será determinante para el comportamiento del par dólar-yen. Un mercado laboral estadounidense sólido reforzaría las expectativas de tasas más altas por parte de la Fed y aumentaría aún más la presión sobre el yen, mientras que datos más débiles podrían ofrecer un respiro parcial a la divisa nipona. A esto se añade que las posiciones especulativas en corto contra el yen se mantienen cerca de máximos de los últimos dos años, una señal de que buena parte del mercado sigue apostando a que la debilidad de la moneda japonesa no ha tocado fondo.
Las implicaciones económicas de un yen débil
Más allá del frente puramente cambiario, la depreciación sostenida del yen tiene efectos directos sobre la economía real japonesa. Para empresas con cadenas de suministro internacionales, encarece las importaciones, en especial de energía, en un momento en que las tensiones en Oriente Medio ya presionan los precios. Para los inversores globales, la volatilidad del par dólar-yen condiciona el apetito de riesgo hacia activos asiáticos en su conjunto, mientras que para los exportadores japoneses la debilidad de la divisa puede representar una ventaja competitiva, aunque a costa de presiones inflacionarias internas y de un poder adquisitivo erosionado para los hogares.
En definitiva, el mercado de divisas afronta un episodio que combina un mínimo histórico de cuatro décadas, un historial reciente de intervenciones de efecto acotado y un trasfondo macroeconómico —la persistente brecha de tipos entre Japón y Estados Unidos— que no muestra señales claras de revertirse en el corto plazo. La atención de los inversores se mantiene puesta tanto en una eventual nueva intervención del Ministerio de Finanzas japonés como en la publicación de los datos de empleo estadounidenses, dos factores que marcarán el rumbo del yen en las próximas semanas.




