Brasil atraviesa uno de los momentos más delicados en materia de calidad crediticia de la última década. Los indicadores de incumplimiento de pago se han disparado hasta niveles que ni siquiera se registraron durante la recesión de 2015-2016 ni en plena pandemia de covid-19, y el sistema financiero del país no anticipa un alivio significativo en el corto plazo. El fenómeno se produce en un contexto de tasas de interés persistentemente elevadas, presiones inflacionarias derivadas del conflicto en Irán y un calendario político marcado por las elecciones presidenciales, en las que Luiz Inácio Lula da Silva buscará un cuarto mandato.

La morosidad del consumo marca un récord del 5,6%

Según cifras del Banco Central de Brasil, la tasa de incumplimiento de los créditos al consumo llegó a 5,6% en mayo, un nivel que se sostuvo también en junio. Se trata del registro más alto en más de una década, por encima incluso de los peores momentos de la recesión de mediados de la década de 2010 y de la crisis sanitaria de 2020, cuando los bancos ofrecieron prórrogas extraordinarias y las tasas tocaron mínimos históricos. Analistas como Gustavo Schroden, de Citigroup, advierten que el deterioro no solo se mantendrá durante el resto de 2026, sino que podría profundizarse en 2027. Según su lectura, el exceso de liquidez generado por transferencias sociales y líneas de crédito subsidiado ha evitado, hasta ahora, un desenlace más severo.

Una política monetaria que no da tregua

El endurecimiento del panorama crediticio está directamente vinculado a la trayectoria de la tasa Selic, la referencia de política monetaria brasileña, que lleva más de cuatro años por encima del 10%. La expectativa de una convergencia hacia un solo dígito se ha postergado en reiteradas ocasiones. La escalada de los precios del petróleo, impulsada por la guerra en Irán, sumada a las tensiones fiscales internas, obligó al Banco Central a mantener una postura restrictiva. La semana pasada la autoridad monetaria decidió un recorte de apenas 25 puntos básicos, sin comprometerse con una hoja de ruta clara de nuevas bajas. Como resultado, las proyecciones de cierre de año para la Selic saltaron de 12,5% en enero a cerca de 14% tras la reunión de política monetaria concluida el 5 de agosto.

Los grandes bancos reportan resultados con tono más pesimista

El deterioro del crédito ya se refleja en los balances del segundo trimestre. Banco Santander Brasil, el primero de los grandes bancos en presentar sus cifras, registró una caída en sus ganancias acompañada de un cambio notorio en el discurso de sus directivos. Un análisis basado en inteligencia artificial sobre las últimas cinco conferencias de resultados del banco detectó que el tono pasó de un optimismo cauteloso a una postura claramente pesimista en la presentación más reciente, en gran medida por la expectativa de tasas de interés más altas por un período más prolongado. Itaú Unibanco y Banco Bradesco, los otros dos grandes actores del sistema, evitaron el mismo grado de pesimismo respecto de sus propias estrategias de gestión de riesgo, pero coincidieron en mostrarse cautos frente al panorama macroeconómico general.

Itaú y Bradesco: estrategias distintas frente a un mismo riesgo

Itaú, el mayor banco del país, reportó solo un leve deterioro en sus indicadores de mora, atribuible a que su cartera se concentra en clientes de mayores ingresos. Pese a ello, la entidad ha optado por restringir el otorgamiento de crédito fuera de ese segmento y sostiene que Brasil transita una etapa de ajuste tras varios años de fuerte expansión crediticia. El banco advierte además sobre un fenómeno de sobreendeudamiento generalizado: los brasileños poseen en promedio alrededor de seis tarjetas de crédito por persona, lo que ha derivado en una dinámica que sus ejecutivos describen como de «muerte súbita», en la que los clientes concentran los pagos en la entidad con la que mantienen el vínculo más estrecho y dejan de honrar sus compromisos con el resto. Bradesco, por su parte, decidió frenar el crecimiento de productos de mayor riesgo, en particular entre los clientes de menores ingresos que constituyen el núcleo de su banca de consumo. El banco calcula que las obligaciones de deuda absorben actualmente un tercio de los ingresos mensuales de los hogares brasileños, un nivel cercano a los máximos históricos.

El consumo desafía al mercado laboral y presiona a Lula

La paradoja del momento económico brasileño es que el sobreendeudamiento convive con un mercado laboral sólido: el desempleo se ubica cerca de mínimos históricos y los salarios han mostrado incrementos sostenidos. Sin embargo, el elevado gasto de los hogares neutraliza buena parte de ese impulso positivo y erosiona la percepción económica de la población, un factor sensible para el gobierno a menos de dos meses de las elecciones presidenciales, en las que Lula da Silva competirá por un cuarto mandato sin precedentes en la historia reciente del país.

El programa de renegociación de deudas no logra el impacto esperado

Como respuesta política y social a este escenario, el gobierno lanzó en mayo un nuevo programa nacional de renegociación de deudas, que ofrece descuentos y mejores condiciones de pago a los consumidores morosos, con el Estado actuando como garante ante eventuales incumplimientos. Se trata de la tercera iniciativa de este tipo impulsada por Lula, tras las ediciones de 2022 y 2023-2024, que en su momento tuvieron un rol relevante en su estrategia electoral. Sin embargo, la adhesión ha sido menor a la esperada por buena parte de los analistas. En el caso de Itaú, el impacto del nuevo esquema sobre la morosidad fue mínimo: apenas una reducción de 2 puntos básicos. Un informe de UBS BB difundido la semana pasada, con datos de principios de agosto, es aún más elocuente sobre la fragilidad de estas renegociaciones: la mora a 90 días o más entre los créditos renegociados alcanza el 9,8% en el conjunto del sistema bancario, muy por encima del 3% registrado para las renegociaciones realizadas en la edición de 2023. El programa incluye también una línea dirigida a trabajadores informales o sin contrato que no están en mora, orientada a reducir los intereses que pagan, pero esta iniciativa ha despertado escaso entusiasmo entre los bancos privados.

Un horizonte que exige cautela

El conjunto de estos indicadores dibuja un escenario en el que la resistencia del sistema financiero brasileño está siendo puesta a prueba por una combinación poco habitual de factores: tasas de interés elevadas por razones externas e internas, un consumo de los hogares que no cede pese al deterioro crediticio, y políticas públicas de alivio que, hasta el momento, no han logrado revertir la tendencia. La pregunta que domina al mercado ya no es si la morosidad seguirá alta, sino cuánto tiempo más podrá sostenerse este nivel de tensión sin que se traduzca en un freno más profundo al crédito y, por extensión, a la actividad económica del país.