La economía argentina enfrenta una nueva fase de deterioro que impacta directamente en todos los sectores del país. La pobreza volvió a aumentar, la indigencia se incrementó, los ingresos de los hogares crecieron muy por debajo de las canastas básicas y la actividad económica sufrió en julio una de sus peores caídas mensuales de los últimos años.

El cuadro se completa con un mercado laboral que continúa perdiendo empleo asalariado registrado y una economía cada vez más dividida entre sectores vinculados a las exportaciones, que todavía muestran avances, y las actividades orientadas al mercado interno, donde se concentran las mayores caídas.

La pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026, frente al 28,2% registrado en el segundo semestre de 2025. En apenas seis meses, el indicador aumentó 4,1 puntos porcentuales y sumó alrededor de 2,05 millones de personas a la pobreza. La estimación difundida por el Indec y proyectada al conjunto de la población equivale a unos 15,56 millones de argentinos pobres.

La indigencia también avanzó, del 6,3% al 7,5%. Esto representa unos 595.300 nuevos indigentes respecto del semestre anterior y eleva a aproximadamente 3,61 millones la cantidad de personas que no logran cubrir siquiera la canasta básica alimentaria.

El dato no constituye solamente una interrupción estadística de una tendencia favorable. Es la evidencia de que la mejora social perdió impulso y comenzó a revertirse en un contexto de menor crecimiento económico, ingresos que dejaron de recuperarse al ritmo anterior y un mercado laboral que no consigue generar suficientes puestos formales.

La actividad económica se desplomó y profundizó las señales de recesión

El deterioro social coincide con un empeoramiento de la actividad económica. En julio, el Estimador Mensual de Actividad Económica cayó 2,9% respecto de junio y 1,4% en términos interanuales.

La magnitud del retroceso es particularmente significativa. Según los datos difundidos por las fuentes, se trata de la mayor caída mensual desde los meses más duros de la pandemia y, excluyendo aquel episodio excepcional, de uno de los descensos más pronunciados de la serie. La consultora LCG señaló que se trata de la mayor contracción mensual desde abril de 2018 sin contar los meses afectados por la pandemia.

El resultado adquiere todavía más gravedad porque la economía ya había registrado una contracción del PIB de 0,6% en el segundo trimestre respecto del primero. Julio, por lo tanto, no aparece como un dato aislado dentro de una economía en expansión, sino como una nueva señal de debilitamiento después de un segundo trimestre negativo.

El EMAE apenas había avanzado 0,3% mensual en junio antes de desplomarse en julio. Además, el indicador acumuló cuatro de los primeros siete meses del año con retrocesos, según los datos citados por Revista Códigos.

La posibilidad de una recesión técnica durante el tercer trimestre dejó de ser una hipótesis marginal. Según LCG, para evitar esa clasificación sería necesario que la actividad creciera alrededor de 3% mensual tanto en agosto como en septiembre. Se trata de una exigencia elevada después del derrumbe registrado en julio.

El indicador desestacionalizado, además, quedó en su nivel más bajo desde marzo de 2025. Banco Provincia señaló que, dejando fuera los meses extraordinarios de la pandemia, la caída de julio fue la cuarta mayor contracción mensual desde el inicio de la serie en 2004 y tuvo una magnitud comparable con episodios de devaluación y con la crisis financiera internacional de 2008.

El problema está en el corazón del mercado interno

La composición de la caída resulta incluso más preocupante que el número general.

La industria manufacturera retrocedió alrededor de 5% en julio frente al mes anterior y acumuló una caída interanual de 4,6%. La construcción disminuyó 4,6% mensual y 3,3% interanual, mientras que el comercio registró una contracción interanual de 5,1%.

La intermediación financiera también cayó 3% interanual.

No son sectores secundarios dentro de la economía. Industria, construcción y comercio tienen una elevada capacidad de generación de empleo y dependen directamente de la demanda doméstica. Su deterioro revela que el problema no se limita a una determinada rama productiva, sino que alcanza al circuito interno de producción, empleo, consumo e inversión.

La señal resulta especialmente negativa porque estos sectores son precisamente los que deberían transmitir la estabilización macroeconómica hacia la economía cotidiana de los hogares. Sin embargo, el consumidor argentino aparece con un poder adquisitivo todavía demasiado limitado para sostener una recuperación robusta del mercado interno.

En ese contexto, la economía presenta una divergencia cada vez más marcada.

Mientras la industria, el comercio y la construcción retroceden, actividades vinculadas a los recursos naturales y a las exportaciones continúan mostrando resultados positivos. La pesca registró un crecimiento interanual de 424,5%, mientras la explotación de hidrocarburos y minerales avanzó 8,4%.

Estos desempeños contribuyen a amortiguar la caída del conjunto de la economía, pero no alcanzan para compensar la debilidad de las actividades que dependen del consumo interno.

La diferencia es fundamental: que determinados sectores exportadores crezcan no significa que el resto de la economía esté creciendo al mismo ritmo. De hecho, los datos muestran exactamente lo contrario.

El problema argentino es que el dinamismo de la minería, los hidrocarburos, la pesca y otros sectores vinculados a las exportaciones no está logrando convertirse en un motor suficientemente potente para la industria, el comercio y la construcción.

Los ingresos dejaron de acompañar a las familias

La evolución de los ingresos explica buena parte del aumento de la pobreza.

Durante el primer semestre, el ingreso per cápita familiar aumentó en promedio 11,5%. Pero la canasta básica alimentaria subió 21,4% y la canasta básica total aumentó 19,6%.

La diferencia significa una pérdida concreta de capacidad de compra. Los ingresos de los hogares crecieron, pero lo hicieron considerablemente menos que el costo de los bienes y servicios necesarios para superar las líneas de pobreza e indigencia.

La comparación interanual es todavía más contundente: durante el primer semestre, la canasta básica total aumentó 34,7%, mientras el ingreso familiar total lo hizo apenas 25%.

En otras palabras, el problema no consiste simplemente en que los salarios o ingresos hayan dejado de aumentar. El problema es que están aumentando a una velocidad insuficiente frente al costo de vida relevante para los hogares de menores ingresos.

Entre los hogares pobres, la brecha de pobreza alcanzó 35,9%. El ingreso total familiar promedio de esos hogares fue de $922.755, mientras que la canasta básica total requerida para ese mismo hogar alcanzó $1.440.395. En junio, la CBT para el hogar de referencia ascendió a $1.531.473.

La distancia entre los ingresos disponibles y el costo de la canasta permite comprender por qué una variación relativamente moderada de los indicadores macroeconómicos puede producir un aumento considerable de la pobreza.

La inflación bajó, pero el daño sobre los ingresos no desapareció

La evolución de la pobreza también muestra que una desaceleración de la inflación no produce automáticamente una recuperación social.

Las fuentes señalan que el proceso de recuperación del ingreso real iniciado durante 2024 perdió dinamismo desde el tercer trimestre de 2025. La inflación había disminuido respecto de los niveles extraordinarios de comienzos de la gestión de Javier Milei y eso permitió inicialmente una recuperación del poder adquisitivo. Pero posteriormente el proceso perdió fuerza.

La aceleración de los precios registrada entre mayo de 2025 y marzo de 2026 aparece como uno de los factores centrales detrás del cambio de tendencia.

A esto se sumó un fenómeno particularmente relevante: las canastas básicas comenzaron nuevamente a aumentar por encima de la inflación general, revirtiendo el comportamiento favorable que había contribuido a reducir la pobreza.

En agosto, según la información publicada por La Nación, las canastas que determinan las líneas de pobreza volvieron a moverse por encima del índice general de precios. Eso representa una dificultad adicional para una eventual reducción del indicador durante los próximos meses.

Por eso, el argumento de que una inflación más baja resolverá automáticamente el problema social resulta insuficiente. Para que la pobreza vuelva a descender de manera sostenida, los ingresos deben crecer por encima del costo de las canastas y, además, debe mejorar la calidad del empleo.

El empleo formal es otro de los puntos débiles

El mercado laboral presenta una segunda debilidad estructural.

Las fuentes señalan que Argentina acumula 13 meses de retracción del empleo privado asalariado registrado. Al mismo tiempo, desde 2023 se generaron alrededor de 500.000 puestos informales y de trabajadores por cuenta propia.

El problema, por tanto, no es exclusivamente la cantidad de personas ocupadas. También es la composición del empleo que se está creando.

El crecimiento de actividades informales y cuentapropistas, con remuneraciones generalmente inferiores a las del empleo registrado, contribuye a explicar por qué una economía puede mantener niveles relativamente importantes de ocupación y, simultáneamente, registrar un deterioro de los ingresos y un aumento de la pobreza.

El investigador Leopoldo Tornarolli señaló que la combinación entre la aceleración inflacionaria y el escaso dinamismo del mercado laboral registrado explica buena parte del aumento de la pobreza. Agustín Salvia, de la Universidad Católica Argentina, agregó que también debe considerarse el deterioro de la calidad del empleo.

Los datos de ingresos refuerzan esa lectura: el ingreso medio real de los ocupados durante el primer trimestre de 2026 todavía se encontraba 13% por debajo del nivel del tercer trimestre de 2017.

Esto significa que el problema de poder adquisitivo no comenzó con el dato de pobreza del primer semestre de 2026. Existe una pérdida acumulada de capacidad económica que continúa limitando la posibilidad de que el consumo interno se convierta en un motor sostenido del crecimiento.

La pobreza infantil llega al 44,5%

El deterioro económico adquiere una dimensión particularmente grave cuando se observa su impacto por edad.

La pobreza alcanzó al 44,5% de los niños y adolescentes de hasta 14 años. Entre los jóvenes de 15 a 29 años llegó al 36,9%, mientras que entre las personas de 30 a 64 años se ubicó en 28,8%. En los mayores de 65 años fue de 14,8%.

La comparación con el cierre de 2025 muestra que la pobreza infantil pasó de 41,3% a 44,5%.

El aumento de la pobreza, por tanto, no se distribuye de manera uniforme. La población infantil permanece mucho más expuesta al deterioro de los ingresos familiares, lo que convierte al mercado laboral y a la capacidad adquisitiva de los hogares en factores centrales para explicar la evolución social.

Las transferencias sociales tampoco compensaron el deterioro

Otro elemento señalado en las fuentes es la capacidad decreciente de las políticas de transferencia para compensar la pérdida de ingresos.

La Asignación Universal por Hijo no registró mejoras significativas en términos reales durante el período analizado, mientras algunos programas sociales —entre ellos Progresar, Acompañamiento Social y Volver al Trabajo— perdieron cobertura.

En un escenario en el que los ingresos laborales avanzan por debajo de las canastas básicas y el empleo formal se contrae, una menor capacidad de compensación de las transferencias sociales aumenta la exposición de los hogares vulnerables al deterioro económico.

La combinación de estos factores —ingresos reales estancados, empleo formal en retroceso, informalidad creciente y menor capacidad de compensación— ayuda a explicar por qué el descenso de la pobreza observado anteriormente no logró consolidarse.

El deterioro golpea con mucha más fuerza a algunas regiones

El promedio nacional también oculta diferencias territoriales profundas.

El Noreste registró una pobreza de 41,5%, la mayor incidencia regional, seguido por Cuyo con 36,7%. La región Pampeana alcanzó 30,3%, el Noroeste 31,5% y la Patagonia 28,4%.

En el Gran Buenos Aires, la pobreza alcanzó 32,1%, pero la diferencia entre sus componentes fue considerable: 36,9% en los partidos del conurbano frente a 13,9% en la Ciudad de Buenos Aires según los datos difundidos por Infobae.

Los aglomerados más afectados fueron Concordia, con 56,2%; Gran Resistencia, con 48,6%; y Posadas, con 42,2%.

La situación de Concordia resulta particularmente significativa: su tasa de pobreza fue 24 puntos superior al promedio nacional y constituyó el segundo registro más elevado de la ciudad desde 2016, solamente por debajo del máximo de 65,8% alcanzado en 2024.

La indigencia también presentó fuertes diferencias territoriales. El Noreste llegó al 10,5% y el Gran Buenos Aires al 8,4%, mientras que la Patagonia registró 4,2%.

Estos números muestran que el deterioro de la economía no tiene una incidencia uniforme. Las regiones con estructuras productivas y mercados laborales más frágiles enfrentan un impacto considerablemente mayor.

Dos millones de pobres más en apenas un semestre

El dato más difícil de relativizar es la velocidad del deterioro.

La pobreza pasó de 28,2% a 32,3% en solamente seis meses. En términos poblacionales, esto significa unos 2,05 millones de personas adicionales por debajo de la línea de pobreza.

La indigencia sumó alrededor de 595.300 personas.

El Gobierno sostiene que el aumento debe analizarse dentro de una perspectiva más amplia. El ministro de Economía, Luis Caputo, recordó que la pobreza había llegado al 52,9% en el primer semestre de 2024 y que posteriormente descendió hasta 28,2%. En esa comparación, el indicador continúa siendo considerablemente menor que aquel máximo.

Ese dato es correcto, pero no modifica el significado del último registro: la pobreza volvió a aumentar y lo hizo en más de cuatro puntos porcentuales en un solo semestre.

Además, la comparación con el peor momento de 2024 no responde por sí misma a la pregunta económica más relevante: por qué, después de una reducción considerable de la pobreza, la tendencia comenzó nuevamente a revertirse.

La evolución de los ingresos, las canastas y el empleo ofrece una respuesta más concreta: la mejora del poder adquisitivo perdió fuerza y la estructura laboral no logró generar una expansión suficiente del empleo formal.

El problema no es solamente coyuntural

La explicación oficial también pone el acento en la posibilidad de que el aumento de la pobreza sea temporal y que la desaceleración de la inflación permita revertirlo.

Pero los datos disponibles plantean un problema más profundo.

El ingreso real perdió dinamismo desde 2025, el empleo privado registrado lleva 13 meses de retroceso y la actividad económica muestra una debilidad particularmente fuerte en los sectores intensivos en empleo. A esto se suma una canasta básica que volvió a crecer por encima de la inflación y una actividad económica que se contrajo 2,9% en julio.

Por eso, incluso si la inflación continúa desacelerándose, la reducción sostenida de la pobreza requerirá algo más que estabilidad de precios: será necesario que la economía vuelva a generar empleo formal, que los ingresos recuperen capacidad de compra y que la actividad interna encuentre un motor que no dependa exclusivamente de los sectores exportadores.

El propio análisis de los especialistas citados en las fuentes apunta en esa dirección. Tornarolli sostiene que para retomar una reducción sostenida de la pobreza se necesita un mercado laboral más dinámico, mientras Salvia señala la persistencia de un núcleo estructural de pobreza que no ha podido ser perforado de manera permanente.

Una economía partida entre el sector exportador y el mercado interno

El principal problema que emerge de todos estos datos es la falta de transmisión entre los sectores que todavía crecen y el resto de la economía.

Minería, hidrocarburos y pesca muestran tasas positivas. Pero industria, comercio y construcción se encuentran en retroceso. Y son precisamente estas últimas actividades las que tienen una relación mucho más directa con el empleo, los salarios y el consumo de los hogares.

La economía argentina puede exhibir sectores dinámicos y, simultáneamente, atravesar una etapa de contracción en su mercado interno. Eso es exactamente lo que reflejan los números de julio.

La cosecha, la minería y el petróleo tampoco lograron durante el primer semestre producir el efecto de arrastre suficiente sobre el mercado doméstico. Con una demanda interna debilitada, la expansión de sectores específicos no consigue convertirse automáticamente en crecimiento general.

La consecuencia es una economía con una estructura cada vez más desigual en términos sectoriales: algunas ramas productivas avanzan, mientras aquellas que dependen del consumo interno pierden actividad y empleo.

El tercer trimestre queda bajo una fuerte presión

El dato de julio deja a la economía argentina frente a un tercer trimestre particularmente complejo.

Después de la caída del PIB de 0,6% en el segundo trimestre, la contracción mensual de 2,9% en julio obliga a conseguir un repunte muy significativo durante agosto y septiembre para evitar una nueva contracción trimestral.

Las autoridades atribuyen parte del retroceso de julio a factores transitorios, entre ellos una menor disponibilidad de gas para la industria, condiciones climáticas adversas y una reducción de horas trabajadas en algunos sectores asociada al calendario del Mundial.

Esos factores pueden explicar una parte del movimiento mensual, pero no eliminan las señales estructurales que acompañan el dato: la industria, el comercio y la construcción ya venían mostrando debilidad, el mercado interno continúa deprimido y los ingresos de los hogares no tienen el dinamismo necesario para impulsar el consumo.

Por eso, el problema no consiste únicamente en determinar si agosto puede mostrar un rebote estadístico después del desplome de julio. La cuestión económica central es si existe suficiente demanda, inversión y empleo para sostener una expansión posterior.

El discurso oficial enfrenta un contraste cada vez mayor con los indicadores

La publicación simultánea de los datos de pobreza y actividad expuso una contradicción difícil de ignorar.

Mientras el Indec informaba que la actividad económica había caído 2,9% en julio y que la pobreza había aumentado al 32,3%, Javier Milei afirmaba en Nueva York que Argentina estaba creciendo “a un ritmo vertiginoso”.

El Gobierno también ha insistido en que la pobreza debe medirse comparando el nivel actual con el máximo de 52,9% registrado en 2024. Esa comparación permite destacar la magnitud de la reducción acumulada, pero no elimina el deterioro registrado durante 2026.

La cuestión económica que dejan los nuevos datos es otra: la tendencia descendente de la pobreza se interrumpió y la economía perdió actividad al mismo tiempo que los ingresos dejaron de recuperarse con suficiente fuerza.

La combinación es especialmente delicada porque las variables están conectadas. Una economía que produce menos tiene dificultades para crear empleo; un mercado laboral que no genera puestos formales limita los ingresos; ingresos que crecen menos que las canastas reducen el consumo; y un consumo debilitado vuelve a presionar sobre comercio, industria y construcción.

Ese circuito es precisamente el que los datos de julio y del primer semestre comienzan a mostrar.

Argentina termina el primer semestre con más pobreza y comienza el segundo con menos actividad

El balance de los datos conocidos en septiembre es, por tanto, considerablemente más negativo que el que surge de observar únicamente la caída de la pobreza desde su máximo de 2024.

Argentina tiene hoy una tasa de pobreza inferior a la registrada durante el peor momento de la crisis de 2024, pero esa mejora dejó de avanzar y comenzó a retroceder. En seis meses aparecieron aproximadamente dos millones de nuevos pobres, la indigencia aumentó, casi la mitad de los menores de 14 años se encuentra bajo la línea de pobreza y el empleo formal continúa contrayéndose.

Al mismo tiempo, el PIB cayó 0,6% en el segundo trimestre y la actividad económica se desplomó 2,9% en julio, con fuertes retrocesos en industria, comercio y construcción. La expansión de sectores como minería, hidrocarburos y pesca no logró compensar la debilidad del mercado interno.

El problema, entonces, ya no puede describirse simplemente como la existencia de un período de transición hacia una recuperación más amplia. Los indicadores muestran una economía que perdió impulso, deterioró su desempeño social y todavía no encontró un mecanismo capaz de trasladar el crecimiento de algunos sectores hacia el empleo, los ingresos y el consumo de la mayoría de los hogares.

El dato más preocupante no es solamente que la pobreza haya vuelto a subir. Es que lo hizo al mismo tiempo que se debilitó la actividad económica y que los principales motores del mercado interno comenzaron a retroceder. Si esa combinación se prolonga, la dificultad para reducir nuevamente la pobreza será mucho mayor que la que sugieren las comparaciones con el pico de 2024.