El miércoles fue un día de señales claras en los mercados financieros internacionales. El oro al contado subía un 3,4% hasta los 4.708,86 dólares por onza a las 11:33 GMT, su nivel más elevado desde el 27 de abril, mientras los futuros con vencimiento en junio avanzaban un 3,3% hasta los 4.721 dólares. Detrás de ese repunte hay una causa concreta: las perspectivas de un acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán que podría normalizar el tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz, aliviar las presiones inflacionarias globales y redefinir las condiciones bajo las que la Reserva Federal tomará decisiones sobre tasas de interés durante el resto del año.

El presidente estadounidense Donald Trump señaló este martes que suspendería temporalmente la operación destinada a escoltar buques a través del estrecho, y calificó el proceso diplomático de «grandes avances». Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores iraní sostuvo que su país solo aceptará «un acuerdo justo y completo». La combinación de ambas señales fue suficiente para que los mercados ajustaran sus expectativas de manera inmediata: el dólar cedió terreno, el petróleo se contrajo ante la perspectiva de que la oferta regional de Oriente Medio volviera a fluir con normalidad y el oro, cotizado en dólares, se volvió más accesible para los tenedores de otras divisas.

Un acuerdo oportuno que permita la normalización del tráfico marítimo aliviaría las presiones inflacionarias y crearía las condiciones para que la Reserva Federal recorte las tasas en 2026. En ese escenario, el dólar se debilitaría, los rendimientos de los bonos se moderarían y el oro recuperaría impulso alcista. Evangelista no dudó en proyectar niveles superiores a los 5.000 dólares e incluso cercanos a los 5.500 dólares para finales de año en un escenario de normalización del Golfo Pérsico.

El repunte no fue exclusivo del oro. La plata al contado avanzó un 6,4% hasta los 77,46 dólares por onza, el platino ganó un 4,2% para situarse en 2.034,08 dólares y el paladio sumó un 3,9% hasta los 1.543,11 dólares. Las acciones también se dispararon a nivel mundial ante la caída del petróleo, confirmando que la hipótesis de una distensión geopolítica en Oriente Medio estaba siendo descontada con rapidez por los inversores.

Los mercados, mientras tanto, permanecen atentos a los datos sobre empleo en el sector privado de Estados Unidos, publicados en la jornada, y a las nóminas no agrícolas previstas para más adelante en la semana. Ambos indicadores condicionarán la trayectoria de la política monetaria de la Reserva Federal, cuya próxima decisión sobre tasas sigue siendo el eje central alrededor del cual gira el apetito inversor por activos como el oro.

Las bóvedas de los bancos centrales acumulan 244 toneladas en el primer trimestre: el ritmo más acelerado en más de un año

La jornada del miércoles no puede leerse de manera aislada. El repunte del precio del oro es, en realidad, la expresión más reciente de un fenómeno estructural de mayor profundidad: los bancos centrales del mundo llevan comprando oro a un ritmo que no se veía en décadas, y el primer trimestre de 2026 fue el más intenso en más de un año.

Según datos del Consejo Mundial del Oro, las instituciones monetarias adquirieron un total neto de 244 toneladas de metal precioso entre enero y marzo de 2026, cifra que supera con holgura las 208 toneladas registradas en el trimestre anterior y que se sitúa muy por encima del promedio de los últimos cinco años. El resultado de esta acumulación sostenida es elocuente: las reservas oficiales totales alcanzaron un máximo histórico de 38.666 toneladas en abril de 2026. Para dimensionar esa cifra, casi una quinta parte de todo el oro extraído a lo largo de la historia de la humanidad está hoy resguardado bajo llave por los gobiernos.

Los líderes visibles de esta tendencia son China, Polonia y Uzbekistán, aunque el Consejo Mundial del Oro advierte que una parte de las compras realizadas por otros bancos centrales no ha sido hecha pública. China acumula ya 17 meses consecutivos ampliando sus reservas, en un proceso deliberado y sostenido de diversificación que apunta a reducir la dependencia del dólar. Polonia, por su parte, encabezó las compras este trimestre con 31 toneladas, avanzando hacia su ambiciosa meta de poseer 700 toneladas en reservas.

Del dólar al lingote: la reconfiguración geopolítica del sistema de reservas internacionales

Para entender por qué esta tendencia se ha consolidado con tanta fuerza, hay que mirar más allá de los gráficos. El oro no paga intereses. Su almacenamiento es costoso. En tiempos de estabilidad, una cartera diversificada en bonos y acciones suele ser más eficiente que una reserva de metal inerte. Y, sin embargo, los bancos centrales siguen comprando. La respuesta está en una palabra: soberanía.

En un mundo donde el dólar se utiliza cada vez más como instrumento de sanción internacional, el oro se ha convertido en el activo de reserva que ningún gobierno extranjero puede congelar, bloquear ni devaluar mediante decisión política. A diferencia de los bonos del Tesoro estadounidense, cuyo valor depende de la salud fiscal y la voluntad política de Washington, el metal precioso no tiene emisor, no tiene contraparte y no puede ser neutralizado desde el exterior. Es, en ese sentido, el seguro definitivo contra la dependencia sistémica.

Esta lógica ha tenido una consecuencia contable sin precedentes recientes: a finales del año pasado, el valor del oro en manos de los bancos centrales superó al de los bonos del Tesoro estadounidense por primera vez desde 1996. El dato marca una inflexión histórica en la composición de las reservas internacionales y refleja el avance de un sistema financiero cada vez más multipolar.

Desde 2022, las compras netas de oro de los bancos centrales han superado las 1.000 toneladas anuales durante tres años consecutivos, aproximadamente el doble del promedio de la década anterior. No se trata de un movimiento coyuntural ni especulativo: es una reorientación estratégica de largo plazo.

El dilema polaco: convertir plusvalías en capacidad militar

El caso de Polonia condensa con precisión las tensiones que atraviesan este nuevo paradigma. El Banco Nacional de Polonia fue el mayor comprador neto de oro entre los bancos centrales en 2025, y al cierre de ese año sus reservas ascendían a 550,2 toneladas, valoradas en 275.600 millones de zlotys, equivalentes al 28,2% del total de sus reservas oficiales. El gobernador Adam Glapiński reveló en marzo de 2026 que las plusvalías no realizadas sobre esas reservas habían alcanzado los 197.000 millones de zlotys.

Esa enorme revalorización ha abierto un debate de fondo. Bloomberg informó de una propuesta para obtener hasta 48.000 millones de zlotys mediante ventas de oro, lo que equivaldría a monetizar aproximadamente el 17% del valor de las reservas, unas 96 toneladas al precio de valoración de cierre de 2025. El objetivo declarado es financiar el gasto militar sin incrementar la deuda soberana, en un contexto en que Polonia ya lidera el esfuerzo de defensa dentro de la OTAN en términos de gasto sobre PIB.

La lógica es comprensible: si se dispone de un activo líquido, muy revalorizado y libre de cupón, la tentación de convertir lingotes en capacidad defensiva es real. Pero la operación tiene un costo que no siempre aparece en el debate público. Vender oro para financiar gasto corriente no es crear riqueza: es transformar un activo de reserva en gasto presente. La analogía es precisa: no es muy distinto a vender parte de una parcela para pagar una reforma urgente. Desde el punto de vista económico, es una descapitalización, independientemente de lo que indique la contabilidad.

Las reservas ocultas de Alemania y Estados Unidos: la brecha entre valor contable y valor de mercado

Alemania y Estados Unidos merecen mención aparte, no por su actividad compradora reciente, sino por la magnitud de las reservas que ya poseen y por las peculiaridades contables que las rodean.

Alemania atesora 3.352 toneladas de oro, la segunda mayor reserva del mundo. En el marco del Eurosistema, el oro se revalúa a precios de mercado y las ganancias no realizadas se contabilizan en cuentas de revalorización, pero no como beneficio distribuible. La plusvalía latente está reconocida contablemente, pero no convertida en ingreso ordinario. Al precio spot actual, esas 3.352 toneladas tienen un valor de mercado en torno a los 508.000 millones de dólares.

El caso estadounidense es aún más llamativo. El Tesoro de Estados Unidos sigue valorando sus reservas de oro al precio legal de 42,22 dólares por onza, una reliquia contable que data de otra era monetaria. Con unas reservas oficiales de 261,5 millones de onzas, el valor en libros ronda los 11.000 millones de dólares. Pero al precio spot de mercado vigente, ese mismo activo supera los 1,23 billones de dólares. La diferencia entre ambas cifras no es un error: es una brecha de más de 1,22 billones de dólares entre la contabilidad oficial y la realidad del mercado, una anomalía que ningún debate sobre el balance del Tesoro puede ignorar indefinidamente.

El oro físico y sus límites: soberanía, custodia y el interrogante digital

La tangibilidad del oro, que es precisamente su principal virtud como activo de reserva soberana, es también su mayor vulnerabilidad. Un lingote debe estar bajo control directo para cumplir su función. Si las reservas de un país se custodian en bóvedas extranjeras, el riesgo de congelación por parte de una potencia adversa deja de ser hipotético y se convierte en posibilidad real, como ha quedado demostrado en episodios recientes de la historia financiera internacional.

Este dilema de soberanía es el reverso de la lógica que impulsa la acumulación: los bancos centrales buscan en el oro independencia respecto al sistema financiero anglosajón, pero quedan atados a la seguridad física y a la geografía de sus bóvedas. La descentralización que promete el metal dorado tiene límites geográficos muy concretos.

En los márgenes del debate, los entusiastas de las criptomonedas leen esta tendencia como una validación indirecta de la búsqueda de refugios de valor fuera del sistema tradicional, aunque el mercado del oro opere en una liga de madurez, liquidez y volumen muy distinta al de los activos digitales. La pregunta que recorre los pasillos financieros es más de largo plazo: si en un futuro de digitalización plena las instituciones seguirán confiando en el peso físico del metal o si llegará el momento en que algún activo digital soberano ocupe ese espacio en las reservas estatales. Por ahora, el mundo vuelve a lo que puede tocar.