El auge de la inteligencia artificial (IA) ha comenzado a generar un problema que va más allá de la escasez de chips o la inversión millonaria en infraestructura: la propia forma en que estos sistemas consumen electricidad está deteriorando el equipamiento diseñado para sostenerlos. Las oscilaciones bruscas en la demanda eléctrica de los centros de datos dedicados a entrenar e implementar modelos de IA someten a baterías, generadores y sistemas de refrigeración a un estrés para el que no fueron concebidos, acelerando su desgaste y multiplicando el riesgo de fallas. El fenómeno, que empieza a preocupar tanto a operadores como a inversores, se combina con una tensión creciente sobre las redes eléctricas de distintos países, que ya no logran seguir el ritmo de expansión de estas instalaciones.
Picos de consumo que ponen a prueba la infraestructura eléctrica
A diferencia de los centros de datos tradicionales, que sostienen servicios como el streaming o el comercio electrónico con una demanda relativamente estable, las instalaciones orientadas al entrenamiento de modelos de IA activan simultáneamente cientos de miles de unidades de procesamiento gráfico (GPU). Ese comportamiento sincronizado provoca incrementos y caídas de potencia equivalentes al consumo de ciudades enteras en cuestión de segundos o milisegundos. Un centro de datos de un gigavatio puede equipararse al consumo de una ciudad del tamaño de Boston, con hasta la mitad de esa demanda encendiéndose y apagándose de forma intermitente. En determinados momentos, el consumo eléctrico llega a superar en un 50% la capacidad para la que fue diseñada la instalación, de modo que un campus proyectado para 1 gigavatio puede exigir 1,5 gigavatios durante fracciones de segundo. La próxima generación de servidores de Nvidia, prevista para 2027, promete intensificar aún más estas fluctuaciones, lo que ya obliga a distintos proveedores a rediseñar sus sistemas de almacenamiento de energía para absorber picos que la mayoría del equipamiento actual no está preparado para soportar.
El caso irlandés: de un consumo del 5% al 23% en una década
Irlanda se ha convertido en el ejemplo más citado de cómo el crecimiento de la IA puede desbordar la planificación energética de un país. Según un informe de la Oficina Estadística Irlandesa (CSO), los centros de datos instalados en el país consumieron 7.663 gigavatios-hora (GWh) durante 2025. Entre 2015 y 2023, ese consumo se multiplicó por cinco, al pasar de 1,2 teravatios-hora (TWh) a 6,3 TWh, con un incremento cercano a 1 TWh adicional cada año. En términos porcentuales, los centros de datos pasaron de representar el 5% del consumo eléctrico nacional en 2015 al 23% en 2025, una cifra que se acerca peligrosamente al 28% que consumieron las viviendas del país (18% en zonas urbanas y 9% en zonas rurales). Mientras el consumo del resto de los usuarios —hogares, comercio e industria convencional— creció apenas un 2% interanual, el de los centros de datos se disparó un 10% en el mismo período.
El impacto económico, sin embargo, no ha sido unidireccional. Un informe gubernamental estima que desde 2010 los centros de datos aportaron 22.000 millones de euros a la economía irlandesa, generaron 17.000 empleos directos y contribuyeron con 2.800 millones de euros en recaudación fiscal. Para el ministro de Gasto Público, Jack Chambers, estas instalaciones constituyen una parte central del futuro económico y digital del país. No obstante, distintos estudios atribuyen entre un 2,5% y un 4% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero de Irlanda a los centros de datos, cuya demanda energética supera año a año la capacidad renovable incorporada al sistema. Como respuesta, el regulador energético irlandés exige ahora que los grandes proyectos cubran el 80% de su demanda con nueva generación renovable local en un plazo máximo de seis años, bajo pena de no poder conectarse a la red.
Quién paga la factura: los hogares subsidian el auge de los centros de datos
El costo de esta expansión no recae únicamente sobre las empresas tecnológicas. Un estudio de la organización Amigos de la Tierra calculó que los hogares irlandeses pagaron en promedio 360 euros adicionales entre 2015 y 2023 como consecuencia directa de la presión que los centros de datos ejercieron sobre la red eléctrica nacional. El patrón se repite en otras geografías: en Estados Unidos, la cercanía de estas instalaciones a determinadas ciudades y estados ha elevado de forma sostenida la factura eléctrica de hogares ajenos a la industria tecnológica.
Europa, dividida entre atraer inversión y frenar el colapso de sus redes
El fenómeno no se limita a Irlanda. Las áreas metropolitanas conocidas en el sector como “FLAP-D” —Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París y Dublín— concentraron durante años la construcción de centros de datos tradicionales, gracias a su infraestructura tecnológica y su capacidad de intercambio de datos. Sin embargo, a medida que estas instalaciones se orientaron al entrenamiento intensivo de modelos de IA, su consumo eléctrico pasó a representar entre el 33% y el 42% de la electricidad de Ámsterdam, Londres y Fráncfort. En Dublín, la proporción resulta todavía más extrema, alcanzando el 80% del consumo eléctrico de la ciudad. Esta presión ha llevado a las grandes compañías de IA a buscar ubicaciones alternativas en el norte y el sur de Europa, mientras países como España intentan capitalizar su capacidad renovable para atraer inversión, en un contexto en que otros mercados europeos ya comienzan a frenar la aprobación de nuevos proyectos.
La era de los agentes de IA multiplicará la presión energética
El próximo salto tecnológico amenaza con agravar el problema. El avance hacia agentes de IA —sistemas capaces de ejecutar tareas complejas de forma autónoma, utilizar múltiples herramientas y tomar decisiones con mínima intervención humana— implica un consumo energético sustancialmente mayor. Una investigación del Instituto Avanzado de Ciencia y Tecnología de Corea (KAIST) determinó que una consulta compleja procesada mediante un agente de IA puede consumir hasta 136,5 veces más electricidad que una interacción convencional con un chatbot. El estudio también identificó un problema de eficiencia adicional: estos agentes pueden tardar hasta 153 veces más en completar determinadas tareas debido a su interacción con aplicaciones y servicios externos, período durante el cual las GPU permanecen parcialmente inactivas pero continúan consumiendo energía.
Estados Unidos: inversión histórica y traslado del costo a los consumidores
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) proyecta que entre 2025 y 2030 se destinarán dos billones de dólares a la construcción de nuevos centros de datos vinculados a la inteligencia artificial, de los cuales uno de cada cinco dólares se invertirá en infraestructura energética: redes de transmisión, sistemas de almacenamiento y nuevas fuentes de generación. Para 2030, el organismo estima que estas instalaciones representarán cerca del 3% de la demanda eléctrica mundial, un volumen comparable al consumo total de Japón. En Estados Unidos, la AIE anticipa que casi la mitad del crecimiento de la demanda eléctrica en los próximos años estará impulsado por la inteligencia artificial, con centros de datos que llegarán a consumir más electricidad que industrias como el acero, el aluminio o el cemento.
Esa presión ya se refleja en las tarifas. PJM Interconnection, el operador responsable del suministro eléctrico para 13 estados y unos 67 millones de usuarios, reconoció que la demanda crece más rápido que la capacidad instalada para generar nueva electricidad, y atribuyó ese desequilibrio principalmente a la expansión de los centros de datos. Su última subasta mayorista comprometió 6.300 millones de dólares que se trasladarán gradualmente a las tarifas eléctricas durante los próximos tres años. Según la firma Monitoring Analytics, desde 2024 estos incrementos ya acumularon 29.000 millones de dólares en costos adicionales para consumidores residenciales y empresas.
Un desafío estructural para la próxima década
El cruce de estos factores —equipos sometidos a un estrés para el que no fueron diseñados, redes eléctricas que no logran expandirse al mismo ritmo que la demanda, y facturas domésticas cada vez más condicionadas por la actividad de la IA— configura un desafío que trasciende lo puramente técnico. La brecha entre la velocidad con que se construyen los centros de datos y la que requiere levantar líneas de transmisión, centrales eléctricas o parques renovables, que puede extenderse por varios años, se ha convertido en el verdadero cuello de botella del sector. Mientras inversores y prestamistas observan con creciente cautela los cientos de miles de millones de dólares comprometidos por los hiperescaladores, la pregunta que empieza a instalarse en gobiernos y reguladores de distintos continentes ya no es si la inteligencia artificial seguirá creciendo, sino si las redes eléctricas del mundo están en condiciones de sostener ese crecimiento sin trasladar el costo, una vez más, a quienes menos se benefician de él.




