La segunda economía del mundo mostró signos claros de fatiga entre abril y junio de 2026. Según los datos difundidos este miércoles por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), el Producto Interior Bruto (PIB) chino avanzó un 4,3% interanual en el segundo trimestre, siete décimas menos que el 5% registrado en los tres primeros meses del año y por debajo del 4,5% que anticipaban los analistas. Se trata de la expansión trimestral más baja desde finales de 2022, cuando el país aún cargaba con las secuelas de la política de covid cero.

Un semestre que se sostiene, pero pierde fuerza

Pese a la desaceleración del segundo trimestre, el crecimiento acumulado en el primer semestre de 2026 se situó en el 4,7%, una cifra que todavía entra dentro del objetivo oficial de entre el 4,5% y el 5% marcado por el Gobierno para el conjunto del año. Mao Shengyong, subdirector de la ONE, defendió que la economía nacional se mantuvo «dentro de un intervalo adecuado» durante el semestre, aunque reconoció la necesidad de reforzar el mercado interno y crear nuevos motores de crecimiento ante la incertidumbre externa. En 2025 el PIB había crecido un 5%, por lo que la tendencia apunta a una moderación sostenida. La tasa de desempleo urbano, por su parte, se redujo levemente hasta el 5% en junio, desde el 5,1% de mayo.

La industria y la tecnología, los puntos fuertes

La producción industrial fue uno de los componentes que sorprendió al alza: creció un 5,3% interanual en junio, superando el 4,5% de mayo y las previsiones del mercado, y acumuló un avance del 5,4% en el conjunto del semestre. El impulso vino en buena parte de los sectores de mayor valor añadido: la manufactura de alta tecnología se expandió un 13,3% entre enero y junio, mientras que los servicios de transmisión de información, software y tecnologías de la información crecieron un 10,7% en el mismo periodo. Este comportamiento confirma que la política industrial de Pekín, centrada en semiconductores, inteligencia artificial y manufactura avanzada, sigue siendo el pilar más sólido de la economía.

Consumo e inversión, el talón de Aquiles

El otro lado de la balanza resulta mucho menos alentador. Las ventas minoristas crecieron apenas un 1% interanual en junio, una leve recuperación tras la caída del 0,6% registrada en mayo, la primera desde el fin de las restricciones por la covid-19 a finales de 2022. En el acumulado del semestre, el consumo de bienes solo avanzó un 1,3%, un ritmo insuficiente para convertirse en el motor de crecimiento que Pekín necesita. El gasto en servicios mostró más vigor, con un incremento del 5,3% entre enero y junio, pero no bastó para compensar el estancamiento del consumo de bienes. La inversión reflejó un deterioro todavía mayor: la inversión en activos fijos cayó un 5,7% interanual en el semestre, más de lo previsto por los expertos (-4,9%) y peor que el descenso del 4,1% acumulado hasta mayo. Dentro de este rubro, la inversión privada se desplomó un 8,5%, la destinada a infraestructuras retrocedió un 2,4% y la manufacturera cayó un 1,2%.

El sector inmobiliario, sin fondo a la vista

La crisis del ladrillo continúa siendo el principal lastre estructural de la economía china. La inversión inmobiliaria se hundió un 18% interanual entre enero y junio, un deterioro mayor que el 16,2% acumulado hasta mayo. Las ventas de vivienda nueva tampoco dieron tregua: la superficie vendida cayó un 11,6% y el valor de las operaciones se redujo un 13,6%. Los precios de la vivienda nueva volvieron a descender en junio, aunque a un ritmo algo más moderado, y las tímidas señales de mejora observadas en algunas grandes ciudades no lograron compensar la debilidad generalizada de la demanda en el resto del país. La persistencia de esta crisis, ya con varios años de recorrido, sigue erosionando la confianza de los hogares y limitando el efecto riqueza que tradicionalmente sostenía el consumo chino.

Las exportaciones, motor y también vulnerabilidad

Frente a la atonía de la demanda interna, el comercio exterior se ha convertido en el principal sostén del crecimiento chino. El valor de las exportaciones en dólares aumentó un 17,6% en el primer semestre y se disparó un 27% interanual en junio, impulsado por la demanda global de productos vinculados a la inteligencia artificial, como semiconductores, componentes electrónicos y equipos para centros de datos, además de baterías, turbinas eólicas y automóviles. Solo en junio, China exportó 1,06 millones de vehículos, un récord mensual. Esta dependencia creciente del exterior, sin embargo, expone a la economía china a los vaivenes de la política comercial internacional, especialmente ante el riesgo de una nueva escalada arancelaria si no se renueva la tregua pactada en octubre de 2025 entre el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo estadounidense, Donald Trump, o ante un eventual endurecimiento de las tensiones comerciales con la Unión Europea.

El envejecimiento poblacional, una presión de fondo

A los desafíos coyunturales se suma un problema estructural que condiciona cada vez más las decisiones de política económica: el envejecimiento acelerado de la población. Según datos del Ministerio de Asuntos Civiles y la Oficina Nacional de Envejecimiento, China sumó 13,07 millones de personas mayores de 60 años en 2025, hasta alcanzar los 323,38 millones, el 23% de la población total, frente a los 310,31 millones (22%) del año anterior. La población mayor de 65 años llegó a 223,65 millones, el 15,9% del total, frente a los 220,23 millones (15,6%) de 2024. La tasa de dependencia de este grupo subió al 23,1%, desde el 22,8% previo, mientras que la esperanza de vida media se elevó a 79,25 años, frente a los 79 del ejercicio anterior. El país encadenó además cuatro años consecutivos de caída poblacional hasta 2025, una situación inédita desde las hambrunas provocadas por el fallido Gran Salto Adelante a finales de los años cincuenta.

Reformas para contener el impacto demográfico

Ante este panorama, Pekín ha situado la respuesta al envejecimiento entre sus prioridades económicas y sociales, combinando políticas para fomentar la natalidad con la ampliación de servicios para la tercera edad. En 2025 entró en vigor una reforma histórica que eleva de forma gradual la edad legal de jubilación por primera vez en décadas: la de los hombres pasará de 60 a 63 años a lo largo de 15 años, mientras que la de las mujeres funcionarias subirá de 55 a 58 años y la de las trabajadoras manuales, de 50 a 55 años. Las autoridades calculan que hacia 2035 más de 400 millones de personas tendrán 60 años o más, cerca de un tercio de la población total, lo que multiplicará la presión sobre el sistema de pensiones y sobre la fuerza laboral disponible para sostener el crecimiento.

Una economía en transición forzada

El conjunto de indicadores dibuja una economía china que logra cumplir sus metas oficiales de crecimiento gracias a la fortaleza exportadora y al impulso tecnológico, pero que arrastra desequilibrios cada vez más difíciles de disimular: un consumo interno débil, una inversión en retroceso, un sector inmobiliario que no encuentra suelo y una base demográfica que se reduce y envejece. La falta de un desglose oficial trimestral por componentes del PIB dificulta además contrastar con precisión cómo estas fuerzas contrapuestas terminan traduciéndose en una tasa de crecimiento superior al 4%, lo que alimenta el escepticismo de una parte de los analistas sobre la solidez real del dato. Con estos condicionantes, la presión sobre el Gobierno para ampliar los estímulos fiscales y monetarios en la segunda mitad de 2026 se intensifica, en un contexto internacional donde cualquier fricción comercial adicional podría erosionar el único pilar que hoy sostiene con firmeza a la economía china.