El mercado internacional del petróleo arrancó la semana posterior al feriado de Pascua con una nueva jornada de tensión extrema. El West Texas Intermediate (WTI) avanzó 2,7% y se ubicó en USD 114,57 por barril, mientras el Brent ganó 2,2% hasta los USD 111,43, en una apertura que reflejó con precisión el grado de incertidumbre que domina el escenario energético global desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el 28 de febrero.

El detonante inmediato de la suba fue el endurecimiento del discurso del presidente estadounidense Donald Trump, quien durante el domingo lanzó amenazas directas contra infraestructura civil iraní. En términos que difícilmente puedan calificarse de diplomáticos, Trump advirtió que el martes siguiente sería «el Día de las Plantas Energéticas y el Día de los Puentes, todo en uno», y condicionó la no intervención militar a la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz. El mercado interpretó esas declaraciones como una señal inequívoca de que la desescalada no está en el horizonte próximo.

Ormuz: el cuello de botella que paraliza la energía mundial

El estrecho de Ormuz, corredor por el que transitaba cerca del 20% del petróleo comercializado en el mundo antes del conflicto, opera desde el 28 de febrero con severas restricciones impuestas por Teherán. Solo un número reducido de embarcaciones ha recibido autorización para cruzar el paso que conecta el Golfo Pérsico con los mercados de Asia y Europa, afectando de manera directa a exportadores clave como Arabia Saudita, Irak, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.

La restricción ha generado un efecto de escasez inmediata que se tradujo, incluso antes del feriado largo, en niveles de precio extraordinarios: el Brent fechado superó los USD 140 por barril, su nivel más alto desde 2008. Ese movimiento anticipó la preocupación por presiones inflacionarias adicionales, mayores costos logísticos y potenciales faltantes de combustibles en distintas economías.

La Fuerza Naval de la Guardia Revolucionaria iraní fue categórica al respecto: el estrecho «jamás volverá a ser como era, especialmente para Estados Unidos e Israel». El cuerpo indicó además que está «completando los preparativos operativos para el nuevo orden del Golfo Pérsico», en una advertencia que los mercados leyeron como una señal de bloqueo estructural y no meramente coyuntural.

Irak, el eslabón más vulnerable de la cadena

Entre los países más golpeados por el cierre del estrecho se destaca Irak, segundo mayor productor de la OPEP. Sus exportaciones, que antes del conflicto alcanzaban los 3,4 millones de barriles diarios, se redujeron a una fracción mínima de ese volumen. La producción cayó aproximadamente dos tercios y los tanques de almacenamiento llegaron a su límite de capacidad. Según estimaciones disponibles, Irak perdía hasta USD 224 millones por día en ingresos petroleros durante marzo como consecuencia combinada del cierre de Ormuz y de las interrupciones en su conexión con el puerto turco de Ceyhan a través del oleoducto.

Ante ese cuadro, Bagdad intentó soluciones de emergencia: inició gestiones para exportar crudo por carretera a través de Siria, una alternativa logísticamente compleja y de volúmenes marginales frente a la magnitud de la crisis. La demanda de crudo ácido —tipo predominante en la región— se disparó a nivel internacional ante la imposibilidad de los productores del Golfo de colocar sus cargamentos en el mercado global.

La excepción iraní para Irak y sus límites reales

El domingo, un portavoz militar iraní declaró que Irak queda exento de las restricciones impuestas en el estrecho, argumentando que las limitaciones se aplican exclusivamente a «estados hostiles». La declaración fue acompañada de un gesto simbólico hacia las milicias chiitas iraquíes respaldadas por Teherán, a las que el portavoz calificó como parte de «una misma trinchera» con el pueblo iraní.

En la práctica, la excepción ya comenzó a materializarse. El petrolero Ocean Thunder —de propiedad turca, con carga de un millón de barriles de crudo Basrah Heavy cargados el 2 de marzo— cruzó el estrecho cerca de la costa iraní el domingo con destino a Malasia. El ministro de Transporte de Turquía, Abdulkadir Uraloglu, confirmó el tránsito y precisó que con ese buque suman tres los navíos turcos que han cruzado Ormuz sin inconvenientes, mientras ocho embarcaciones del mismo país aún aguardan autorización para salir de la región junto a sus 156 tripulantes.

También lograron cruzar un portacontenedores de propiedad francesa, buques de bandera china y omaní, y Pakistán informó haber alcanzado un acuerdo que habilitaría el paso de 20 embarcaciones bajo su pabellón.

Sin embargo, analistas y operadores advierten que la declaración iraní no resuelve el problema de fondo. No quedó claro si la excepción aplica a buques con bandera o domicilio iraquí, o a cualquier embarcación que transporte carga de origen iraquí. Más relevante aún: la decisión de reanudar el tránsito por una zona de alto riesgo dependerá en última instancia de las compañías navieras y sus aseguradoras, no de las declaraciones políticas de Teherán. Si Irak logra restablecer su capacidad de exportación, podría reincorporar hasta 3 millones de barriles diarios a los mercados internacionales, un volumen significativo pero que requiere tiempo para su efectiva reactivación.

La respuesta de la OPEP+ y sus limitaciones estructurales

Frente a la escalada de precios, la alianza OPEP+ —liderada por Arabia Saudita y Rusia— anunció el domingo un incremento de producción de 206.000 barriles diarios a partir del 1 de mayo, replicando el mismo volumen ya comprometido para abril. Los ocho países que participaron de la reunión virtual reconocieron los daños a la infraestructura energética y advirtieron que su restauración «es costosa y requiere mucho tiempo». Subrayaron además la «importancia crítica de salvaguardar las rutas marítimas internacionales para garantizar el flujo ininterrumpido de energía».

El mercado recibió el anuncio con escepticismo. El incremento de producción tiene un impacto práctico limitado mientras el estrecho de Ormuz permanezca bloqueado para la mayor parte del tráfico marítimo internacional: los únicos miembros de la OPEP+ con capacidad excedentaria significativa para desplegar son precisamente los países del Golfo cuyo acceso a los mercados exteriores está obstruido. El gesto fue interpretado, en el mejor de los casos, como una señal política antes que una solución operativa.

En ese marco, si Irak logra normalizar su actividad exportadora, la OPEP+ le permitiría producir hasta 4,326 millones de barriles diarios en mayo sin incumplir las cuotas del acuerdo, lo que representaría un alivio significativo para las finanzas públicas de Bagdad y una contribución real —aunque parcial— a la oferta global.

Un mercado que opera en modo de crisis permanente

Desde el inicio del conflicto, el petróleo acumuló una escalada de dimensiones históricas. Solo en marzo, el Brent avanzó 63%, su mayor salto mensual en décadas. El WTI quebró repetidamente la barrera de los USD 110 y cerró el período previo al feriado en niveles no vistos desde la crisis financiera de 2008.

Con los ataques aún activos, la retórica bélica en ascenso desde Washington y Teherán, y sin señales de una reapertura plena y sostenida del estrecho de Ormuz, el mercado petrolero opera bajo una lógica de máxima tensión. Cada movimiento diplomático o militar en la región impacta de inmediato sobre los precios, en un escenario donde la energía volvió a convertirse en el indicador más sensible de la crisis global. La pregunta que domina los escritorios de operadores, gobiernos y organismos internacionales ya no es si los precios seguirán subiendo, sino cuánto puede absorber la economía mundial antes de que el shock energético se transforme en recesión.