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Los bonos del Tesoro de EE. UU. a largo plazo rozan máximos en casi dos décadas ante la tormenta de inflación, guerra con Irán y déficit fiscal

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Foto: Reuters

El mercado de deuda estadounidense atraviesa una de sus semanas más tensas en años. Los rendimientos de los bonos del Tesoro a largo plazo escalaron a sus niveles más altos en más de un año durante la sesión nocturna del martes, presionados por una ola de ventas que se propagó por los mercados mundiales de renta fija. Detrás de esta sacudida confluyen tres fuerzas que se retroalimentan: el alza de los precios del petróleo provocada por el conflicto bélico con Irán, la resistencia de la economía estadounidense a desacelerarse y la creciente inquietud sobre la sostenibilidad fiscal del país. El resultado es un mercado que se acerca peligrosamente a umbrales no vistos desde comienzos de la década del 2000, con consecuencias que trascienden la renta fija y alcanzan hipotecas, crédito empresarial y valoraciones bursátiles.

El disparo de los rendimientos: cifras que marcan una era

El bono referencial del Tesoro a 10 años tocó el 4,631% durante la sesión nocturna, su cota más alta desde febrero de 2025, antes de ceder posiciones y cotizar con una ligera baja a 4,579%. A las 8:00 de la mañana (hora del este) del martes, rondaba el 4,61%. El dato no es menor: ese instrumento es el que determina directamente el costo de las hipotecas y de múltiples líneas de crédito en la economía real.

Por su parte, el bono a 30 años, que concentra la mayor parte de las miradas del mercado, se situaba en 5,14%, tras haber registrado también su nivel más elevado en más de un año a primera hora del día, llegando en algunos momentos a 5,106%. La referencia histórica es elocuente: estos niveles no se veían de manera sostenida desde junio de 2007, cuando el ciclo económico estaba en plena expansión y la Reserva Federal aplicaba una política monetaria contractiva para contener la inflación.

La presión no se limita al tramo largo. El bono a dos años, termómetro habitual de las expectativas sobre la política monetaria de la Fed, descendía 3,2 puntos básicos para situarse en el 4,052%, reflejando que el mercado aún no anticipa movimientos de tasas inminentes en el corto plazo, aunque esa calma podría ser efímera. El diferencial entre los bonos a dos y a diez años se ubicaba en 51,97 puntos básicos, un spread que el mercado sigue de cerca como indicador de las perspectivas económicas generales.

La inflación, una amenaza que los datos confirman

El trasfondo de esta turbulencia no es solo geopolítico: los datos macroeconómicos más recientes han echado gasolina al fuego. La inflación al consumidor en Estados Unidos se aceleró en abril hasta el 3,8%, su nivel más alto desde mayo de 2023. Aún más llamativo fue el dato de precios al productor, que aumentó un 1,4% mensual, el incremento más pronunciado desde 2022, impulsado en gran medida por el encarecimiento de la energía. En términos anuales, el índice de precios al productor para la demanda final alcanzó el 6%, el nivel más alto desde enero de 2023.

Estas lecturas han eliminado del mapa cualquier expectativa de recorte de tasas por parte de la Reserva Federal durante el resto del año. Más aún, los mercados comienzan a incorporar la posibilidad de un alza: los swaps indexados a tasas overnight pasaron de descontar una probabilidad del 43% de un recorte para marzo de 2027 a reflejar más de un 20% de probabilidad de un aumento de tasas. La probabilidad de una subida de 25 puntos básicos antes de finales de año se sitúa por encima del 30% según algunas estimaciones del mercado. Con la inflación energética repuntando y los precios al consumidor por encima de lo proyectado, el margen de maniobra del banco central se ha reducido de forma considerable.

La guerra con Irán y el petróleo, catalizadores de la presión inflacionaria

El repunte de los precios del petróleo durante la semana anterior fue el detonante más inmediato de la venta masiva en bonos. Las negociaciones para alcanzar un cese de hostilidades con Irán mostraban escasos avances, y el conflicto ha provocado ataques y confiscaciones de buques en el estrecho de Ormuz, arteria fundamental para el transporte de crudo a escala global. La interrupción —o la sola amenaza de ella— de esa ruta tiene consecuencias directas sobre los precios de la energía y, con ellos, sobre las expectativas inflacionarias y los rendimientos que exigen los inversores para mantener deuda a largo plazo.

La volatilidad fue especialmente visible el lunes, cuando los bonos a largo plazo sufrieron una venta masiva en la sesión asiática, elevando sus rendimientos al nivel más alto desde 2023. Horas después, la tendencia se revirtió parcialmente ante la especulación de un avance en las negociaciones entre Irán y Estados Unidos para reabrir el estrecho de Ormuz, aunque informes posteriores disiparon ese optimismo. Al cierre de la sesión neoyorquina, el presidente Donald Trump inyectó algo de alivio al mercado al anunciar la cancelación de los ataques contra Irán previstos para el martes, alegando que se estaban llevando a cabo «negociaciones serias». Aun así, los inversores se mostraron cautelosos ante la posibilidad de una nueva falsa esperanza, tras varias rondas de conversaciones que no lograron una solución definitiva. Como señaló John Canavan, analista de Oxford Economics: «Incluso si el estrecho se reabre, cualquier repunte inicial de alivio puede ser breve».

Wall Street, dividido: entre el valor y el riesgo de una caída mayor

La proximidad del bono a 30 años a su máximo desde 2007 tiene a los grandes actores del mercado tomando posiciones distintas, a menudo contradictorias, lo que revela la profunda incertidumbre que domina el ambiente.

Un equipo de Goldman Sachs detecta señales incipientes de valor en los bonos a largo plazo, pero llama a la cautela. Los estrategas de Barclays advierten a sus clientes que los rendimientos podrían seguir subiendo hasta niveles por debajo del 5,5%, umbrales no vistos desde 2004. En el extremo opuesto, el director de investigación de BlackRock recomienda directamente reducir la exposición a bonos gubernamentales de mercados desarrollados, incluido el Tesoro estadounidense, y rotar hacia la renta variable.

Jim McCormick, de Citigroup, afirma que el mercado podría apuntar hacia el 5,5% en los bonos a largo plazo, nivel registrado por última vez en junio de 2004. Una encuesta de Bank of America a gestores de fondos revela que el 62% de los consultados considera probable que, durante el próximo año, los rendimientos de los bonos gubernamentales a 30 años superen el 6%, umbral no superado desde junio de 2000, cuando la tasa de política monetaria de la Fed se situaba en el 6,5%.

El 5% como nivel psicológico tiene un peso propio en el mercado. Gennadiy Goldberg, jefe de estrategia de tasas de EE. UU. en TD Securities, lo describe como un «umbral psicológico que tiende a reavivar las preocupaciones sobre los vigilantes de los bonos y tasas de interés más altas hacia adelante». Gregory Peters, codirector de inversiones de PGIM Credit, lo sintetiza con claridad: «Si bien me atraen los rendimientos, soy cauto». Peters mantiene una posición infraponderada en bonos del Tesoro a 30 años, argumentando que la prima por plazo —la compensación adicional que exigen los inversores por asumir deuda de mayor vencimiento— seguirá aumentando. «El mercado global de bonos está en crisis, ya que los inversores están perdiendo la confianza», señaló.

El peso de la deuda: subastas en niveles que no se veían desde 2007

La presión del mercado quedó también reflejada en el mercado primario. En días recientes, el gobierno estadounidense colocó bonos a 30 años por un valor de 25.000 millones de dólares con una tasa de rendimiento de 5,046%, la primera emisión de deuda a largo plazo a ese nivel desde 2007. Tras la subasta, los rendimientos en el mercado secundario llegaron a un máximo diario de 5,05%, señal de que la demanda, aunque presente, exige una compensación creciente. El impacto se extiende más allá de las finanzas públicas: las altas rentabilidades de los bonos encarecen el crédito en toda la economía, desde las hipotecas hasta la financiación corporativa, con efectos que eventualmente llegan al consumidor y a la inversión privada.

Déficit fiscal y resiliencia económica, presiones estructurales que amplifican la tensión

Más allá de la coyuntura bélica, el mercado de bonos lidia con factores de fondo que no se resolverán en el corto plazo. La preocupación por el déficit presupuestario estadounidense sigue creciendo, y la fortaleza sostenida de la economía —que se resiste a la desaceleración esperada— alimenta la posibilidad de que la Reserva Federal no solo no baje las tasas, sino que llegue a subirlas. Las ventas minoristas generales crecieron un 0,5% en abril, y la medida que se incorpora directamente al cálculo del PIB registró el mismo avance, confirmando que el consumo sigue siendo un pilar sólido de la economía. Ese escenario presiona al alza los rendimientos de los bonos de mayor vencimiento, que deben ofrecer primas más atractivas para competir en un entorno de tasas elevadas.

Esta combinación de factores incrementa la presión política y técnica sobre Kevin Warsh, el nuevo presidente de la Reserva Federal, cuya confirmación por parte del Senado llegó en un momento especialmente incómodo para el banco central. A ello se suma la presión del secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien se ha comprometido públicamente a reducir los costos de endeudamiento. La paradoja es evidente: cuanto más se deteriora la confianza del mercado en la trayectoria fiscal y monetaria del país, más caro le resulta al Estado financiarse.

Un mercado en busca de señales firmes

Lo que el mercado de bonos refleja hoy no es únicamente la reacción ante un conflicto geopolítico o un repunte puntual del petróleo. Es la expresión de una desconfianza más profunda: la de inversores globales que cuestionan si los bonos del Tesoro de Estados Unidos siguen ofreciendo la combinación de seguridad y rentabilidad que durante décadas los convirtió en el activo refugio por excelencia.

Los movimientos actuales prolongan un período que ha resultado desconcertante para analistas y gestores desde el fin de la pandemia. Tras el desplome de los bonos del Tesoro en 2022 ante el endurecimiento de la Fed, muchos inversores anticiparon un rebote ante una eventual recesión que nunca llegó. Incluso después de que el banco central comenzara a flexibilizar su política en 2024, los rendimientos no bajaron, porque el mercado ya los había incorporado en los precios y porque los factores estructurales —déficit, inflación, prima por plazo— siguieron empujando en sentido contrario.

Mientras el conflicto en Medio Oriente permanezca sin resolución, mientras el déficit fiscal siga ampliándose y mientras la economía estadounidense continúe sorprendiendo al alza, la prima por plazo seguirá siendo el campo de batalla central de los mercados financieros globales. Y los inversores, divididos entre la oportunidad histórica que ofrecen estos rendimientos y el riesgo de una caída aún mayor, permanecerán en vilo esperando señales que aún no terminan de llegar.