El precio del diésel en Estados Unidos cruzó el 10 de septiembre una frontera inédita: 5,98 dólares por galón en promedio nacional, según la Asociación Americana del Automóvil (AAA), el nivel más alto de la historia y muy por encima de los 5,82 dólares que marcaban el récord anterior, fijado en junio de 2022. El salto no es menor: hace apenas una semana el promedio era de 5,85 dólares y, hace un año, de 3,70 dólares, lo que implica un encarecimiento cercano al 60 % en apenas doce meses. En California, el mayor estado agrícola del país, el promedio estatal alcanzó los 7,91 dólares por galón, mientras que un pequeño grupo de estaciones —entre cinco y seis, según GasBuddy— llegaron a mostrar 9,999 dólares por galón, el límite físico que permiten sus pantallas de precios. El analista de GasBuddy Patrick De Haan advirtió que esa cifra extrema podría reflejar, en algunos casos, el agotamiento temporal de combustible en esos puntos, más que un precio efectivamente cobrado de forma sostenida.
Un combustible invisible para el consumidor, pero decisivo para toda la economía
Aunque pocos estadounidenses cargan diésel directamente en su vehículo particular, este combustible es la columna vertebral logística del país: mueve camiones de carga, buques de transporte, maquinaria agrícola, generadores eléctricos y sistemas de calefacción doméstica. Esa transversalidad explica por qué su encarecimiento no se queda en el sector del transporte, sino que se filtra hacia toda la cadena de suministro. Según datos de la Independent Grocers Alliance citados por Associated Press, el diésel y otros costos de combustible representan entre el 15 % y el 30 % del costo final de producir y entregar alimentos. Los productos perecederos —carne, frutas y verduras— son los primeros en absorber el golpe, ya que dependen de entregas constantes y de cadenas de frío que no admiten demoras.
El impacto ya es medible en el bolsillo colectivo: el gasto diario combinado de los estadounidenses en gasolina y diésel es hoy aproximadamente 700 millones de dólares superior al de hace un año, de acuerdo con cifras difundidas por CNBC. La gasolina regular, por su parte, promedió 4,28 dólares por galón el 10 de septiembre, también en ascenso, aunque con una presión menor que la que enfrenta el diésel.
Dos guerras convergen sobre el mercado energético
Detrás del récord hay una combinación inusual de conflictos geopolíticos que se retroalimentan. Por un lado, la escalada entre Estados Unidos e Irán ha restringido el tráfico de buques petroleros a través del estrecho de Ormuz, un corredor por el que, antes del conflicto, transitaba cerca de una quinta parte del suministro mundial de petróleo. La combinación de tráfico marítimo intermitente y pérdida de capacidad de refinación en Medio Oriente ha limitado tanto la producción como la distribución de crudo y derivados, con cargamentos de combustible que se mantienen muy por debajo de los niveles previos a la guerra. Los combates en torno a Ormuz y al estrecho de Bab al-Mandeb se intensificaron esta semana, y todo indica que Washington y Teherán se preparan para un enfrentamiento prolongado, lo que sugiere que la presión sobre los precios energéticos no será pasajera.
Por otro lado, Rusia —históricamente uno de los mayores exportadores de diésel del mundo, solo detrás de Estados Unidos— impuso una prohibición a sus exportaciones de este combustible tras meses de ataques con drones ucranianos contra sus refinerías. Moscú ha señalado que la restricción se mantendrá vigente al menos hasta finales de septiembre. A esto se suman las restricciones a las exportaciones de combustible impuestas por China, que reducen aún más la oferta disponible en el mercado global. La consecuencia directa es que los flujos internacionales de diésel se han estrechado desde múltiples frentes a la vez, algo que no ocurría con esta simultaneidad en años recientes.
El petróleo vuelve a acercarse a los 100 dólares por barril
El precio del crudo, principal insumo de cualquier derivado del petróleo, ha retomado una senda alcista que parecía superada. Esta semana, el Brent —referencia internacional— superó los 100 dólares por barril y llegó a rozar los 108 dólares el 10 de septiembre, su nivel más alto desde mediados de mayo. El crudo estadounidense (WTI) también repuntó con fuerza en el mismo periodo, aunque las estimaciones disponibles sobre su nivel exacto varían según la fuente, en un contexto de alta volatilidad intradía. Los precios del diésel en Estados Unidos acumulan un incremento cercano al 60 % desde que el conflicto en Medio Oriente se intensificó a finales de febrero, un ritmo de subida que supera ampliamente al de otros derivados energéticos.
Reservas más ajustadas pese al repunte reciente
Las existencias de diésel en Estados Unidos se ubican actualmente en 106,3 millones de barriles, un 13 % por debajo del promedio de los últimos cinco años, según datos de la Agencia de Información Energética (EIA). La semana previa al récord, las reservas registraron un repunte, explicado por el hecho de que las refinerías operaron a plena capacidad para aprovechar los elevados márgenes de beneficio que dejan los precios actuales. Ese incremento, sin embargo, no alcanza para revertir el déficit estructural frente a los años previos, lo que deja al mercado con un margen de maniobra reducido ante cualquier nuevo choque de oferta.
Voces de la industria: márgenes exprimidos y agricultores bajo presión
El impacto ya se percibe en distintos eslabones de la cadena productiva. Un analista de GasBuddy advirtió que los precios récord del diésel afectarán a toda actividad de carga, envío y entrega en el país, con riesgo de que la inflación se propague a lo largo de toda la cadena de suministro. Un alto ejecutivo del proveedor de combustible Oasis Energy señaló que los precios del diésel se han más que duplicado en apenas cinco meses, con un efecto directo y negativo sobre el flujo de caja de su compañía. En el sector agrícola, la fabricante de drones Hylio describió a agricultores y ganaderos frustrados por una sucesión de aumentos de costos repentinos y sin apenas apoyo institucional, en un contexto en el que los costos de producción se disparan mientras los precios de venta de sus productos caen, una combinación que erosiona la rentabilidad del campo.
El factor político: un problema para el oficialismo a semanas de las elecciones
El momento del récord no es indiferente para la administración de Donald Trump, a poco más de 50 días de las elecciones legislativas de mitad de mandato. El impacto del diésel no se distribuye de manera uniforme entre los estados: Maine concentra la mayor proporción de hogares del país que dependen de este combustible para calefacción, mientras que estados agrícolas como Ohio, Kansas e Iowa son especialmente sensibles a su costo por el peso de la maquinaria agrícola en sus economías locales. Son, precisamente, territorios que podrían resultar decisivos en la contienda electoral.
Sin embargo, las herramientas de política pública con las que cuenta la Casa Blanca para frenar los precios internos son limitadas. El secretario del Interior, Doug Burgum, consultado sobre posibles controles a la exportación de diésel, respondió que todas las opciones están sobre la mesa, aunque reconoció que medidas de ese tipo han generado subidas de precios en experiencias pasadas. Entre las alternativas que se manejan figuran nuevas liberaciones de la Reserva Estratégica de Petróleo o una eventual prohibición de exportaciones, ninguna de las cuales garantiza un alivio inmediato ni exenta de efectos colaterales.
Una presión que llegó para quedarse, al menos en el corto plazo
El diagnóstico de conjunto sugiere que el actual repunte del diésel no responde a un factor aislado, sino a la superposición de tensiones geopolíticas en al menos tres frentes —Medio Oriente, Rusia y China— combinada con un mercado que ya operaba con reservas por debajo de su promedio histórico. Mientras el conflicto entre Estados Unidos e Irán no muestre señales de desescalada y la prohibición rusa de exportar diésel siga vigente, resulta poco probable que los precios cedan de forma significativa antes de que termine septiembre. Para los consumidores, el efecto se hará sentir de manera gradual pero persistente, particularmente en los precios de los alimentos frescos y en los costos de envío, dos frentes donde el diésel actúa como un impuesto silencioso sobre toda la cadena de suministro estadounidense.




