Un estudio conjunto de las universidades de Oxford y Leiden cuantifica por primera vez el costo ecológico del consumo de los más adinerados del planeta, una factura que supera ampliamente los fondos destinados a combatir el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

El debate sobre quién debe pagar la crisis ambiental acaba de recibir un argumento de peso. Una investigación publicada en Nature Communications Sustainability, elaborada por investigadores de la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, y de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, establece que el 10% de la población mundial con mayores ingresos —aquella que supera los 45.000 euros anuales— genera daños ecológicos por un valor estimado de entre US$1,7 billones y US$5,7 billones al año. La cifra no solo redefine la magnitud del problema, sino que también desafía la arquitectura actual del financiamiento climático internacional.

Una deuda ambiental que supera a los fondos climáticos globales

El dato más revelador del informe no es la magnitud del daño en sí, sino la comparación que permite establecer. Los costos ambientales calculados superan con creces los recursos actualmente destinados a la acción climática y la conservación a nivel mundial. El objetivo de financiación climática acordado en la COP para 2035 asciende a US$993.000 millones anuales, mientras que los fondos proyectados para detener el deterioro de la biodiversidad antes de 2030 se estiman en US$657.000 millones. Sumados, representan aproximadamente US$1,65 billones, cifra que queda por debajo incluso del escenario más conservador de los daños imputables al décimo más rico del planeta.

Esta brecha pone en evidencia una contradicción estructural del sistema de gobernanza ambiental global: quienes más contribuyen al deterioro del planeta son también quienes menos proporcionalidad asumen en el financiamiento de las soluciones. El estudio no es el primero en señalar la responsabilidad diferenciada de los sectores de altos ingresos, pero sí el más preciso en traducir esa responsabilidad a términos económicos concretos.

Una geografía del consumo concentrada en Occidente

La distribución geográfica del grupo analizado ofrece una lectura política tan relevante como la económica. Más del 60% de quienes integran ese 10% más rico del mundo reside en Estados Unidos o en la Unión Europea. En el caso europeo, entre el 40% y el 45% de la población total pertenece a este segmento. En Estados Unidos, la proporción supera la mitad de sus habitantes.

El contraste con otras regiones es pronunciado. En India, una de las naciones más pobladas del mundo, apenas el 2% de su población figura dentro del 10% más adinerado a escala global. Egipto presenta cifras similares. Esta distribución demuestra que el problema ambiental no es proporcional al tamaño demográfico de los países, sino a sus patrones de producción y consumo, una distinción fundamental para el diseño de políticas climáticas equitativas.

La factura individual: de US$2.300 a US$63.000 por persona al año

Los investigadores calcularon también el costo ambiental imputable a cada individuo dentro del grupo. En términos globales, cada persona del 10% más rico genera daños ecológicos anuales valuados entre US$2.300 y US$7.500. Sin embargo, el impacto por habitante alcanza sus niveles más extremos en Estados Unidos, donde la cifra oscila entre US$19.000 y US$63.000 por persona al año, lo que equivale a entre el 6% y el 20% de sus ingresos anuales, o entre el 0,8% y el 3% de su patrimonio.

Estas magnitudes cobran relevancia particular cuando se las analiza desde el principio de «quien contamina paga», un mecanismo ampliamente reconocido en el derecho ambiental internacional pero escasamente aplicado de manera efectiva a los segmentos de mayor ingreso. El estudio sugiere implícitamente que incluso una fracción reducida del patrimonio de este grupo bastaría para cubrir el financiamiento de los compromisos climáticos globales vigentes.

Pérdida de biodiversidad y cambio climático, los factores dominantes

El análisis se centró en cuatro de los nueve límites planetarios reconocidos por la ciencia: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación por nutrientes y el uso de agua dulce. Los resultados revelan que la biodiversidad concentra la mayor parte del daño total atribuible al consumo de los sectores más ricos, representando entre el 47% y el 56% de la factura ecológica global. El cambio climático ocupa el segundo lugar, con una participación estimada de entre el 36% y el 45%.

Estos porcentajes tienen una implicación de política pública directa. Durante años, los esfuerzos internacionales tendieron a tratar la crisis climática y la crisis de biodiversidad como agendas paralelas y diferenciadas. Los autores del estudio son explícitos al respecto: ambas crisis deben abordarse de manera conjunta, no como desafíos políticos independientes.

Una estimación conservadora: lo que el estudio no mide

Los propios investigadores advierten que sus cifras son, en realidad, conservadoras. El cálculo abarca únicamente el consumo personal directo del grupo analizado, dejando fuera el impacto ambiental derivado de sus inversiones financieras, la operación de las empresas que controlan o los activos productivos de los que son propietarios. Inge Schrijver, investigador de la Universidad de Leiden, subrayó que, aunque asignar un valor monetario a la naturaleza entraña complejidades metodológicas, cuantificar los daños en términos económicos es una herramienta indispensable para dimensionar la responsabilidad efectiva de quienes tienen mayores niveles de consumo.

El coautor Paul Behrens, de Oxford, amplió esta perspectiva con una consideración estructural: en el caso de los segmentos de mayor ingreso, casi la mitad de sus emisiones no provienen de su consumo personal sino de sus inversiones. «El capital que invierten, desde las pensiones hasta las infraestructuras, decide qué industrias se expanden; las empresas que dirigen fijan las opciones para todos los demás», señaló. Esta dimensión sistémica del impacto ambiental de las élites económicas permanece, en buena medida, fuera del radar regulatorio actual.

Quedan también excluidos del modelo otros factores ambientales relevantes como la acidificación de los océanos, la contaminación atmosférica por aerosoles y el agotamiento de la capa de ozono. La deuda ecológica real del grupo más rico podría, por tanto, superar ampliamente las estimaciones presentadas.

El debate político que abre el estudio

El informe llega en un momento en que la arquitectura del financiamiento climático internacional atraviesa tensiones crecientes. Los mecanismos existentes, basados en aportes voluntarios de los Estados, han demostrado ser insuficientes e irregulares. El estudio de Oxford y Leiden abre la puerta a un enfoque diferente: instrumentos como impuestos ambientales progresivos, contribuciones asociadas al nivel de consumo o esquemas de responsabilidad climática aplicados a los sectores de mayores ingresos podrían generar recursos netos superiores a los compromisos internacionales vigentes.

La investigación también coloca en primer plano la dimensión de la desigualdad ambiental. Los efectos del deterioro ecológico no se distribuyen de manera uniforme: las comunidades más vulnerables, que contribuyen marginalmente al problema, son con frecuencia las que padecen con mayor intensidad sus consecuencias. Esta asimetría entre quienes generan el daño y quienes lo sufren constituye uno de los argumentos más sólidos en favor de una reforma del sistema de responsabilidad ambiental global.

El desafío para los gobiernos será diseñar mecanismos que reduzcan el impacto del consumo excesivo sin comprometer las perspectivas de desarrollo económico, una tensión que no admite soluciones simples. Lo que el estudio deja claro es que los recursos existen, y que la pregunta ya no es si el financiamiento climático es viable, sino si existe voluntad política para reclamarlo donde se encuentra.