El auge de la inteligencia artificial ha dejado de ser únicamente una carrera de algoritmos y capacidad de cómputo para convertirse, cada vez con mayor claridad, en una disputa por la electricidad. Según las proyecciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el consumo eléctrico de los centros de datos a nivel mundial pasaría de 415 teravatios-hora (TWh) en 2024 a cerca de 945 TWh en 2030, lo que representaría casi el 3% de toda la demanda eléctrica del planeta. Para dimensionar la cifra, ese volumen equivaldría aproximadamente al consumo anual combinado de Francia y Alemania.

El crecimiento no es un fenómeno reciente ni casual. De acuerdo con el informe Energía e IA, publicado por la AIE en abril de 2025, el consumo eléctrico de los centros de datos ha crecido a un ritmo cercano al 12% anual desde 2019, impulsado por la incorporación de servidores acelerados diseñados específicamente para entrenar y ejecutar modelos de inteligencia artificial. La propia agencia anticipa que ese ritmo se acelerará hasta rozar el 15% anual durante el resto de la década, un salto que refleja hasta qué punto la IA se ha convertido en el principal motor de la nueva demanda eléctrica mundial.

Estados Unidos y China, el epicentro del consumo

La expansión no se distribuye de manera uniforme. Estados Unidos y China concentrarían, entre ambos, cerca del 80% de todo el incremento del consumo eléctrico de los centros de datos hasta 2030, lo que convierte a las dos principales potencias tecnológicas en el verdadero termómetro de este proceso.

En el caso estadounidense, la AIE calcula que los centros de datos sumarán unos 240 TWh adicionales para 2030, un incremento del 130% respecto a los niveles de 2024 que representaría, por sí solo, cerca de la mitad de todo el crecimiento proyectado para la demanda eléctrica total del país en ese periodo. Otras proyecciones, como la de la propia AIE citada por Moody’s, sitúan el consumo eléctrico de los centros de datos estadounidenses en 426 TWh para 2030, lo que duplicaría su participación dentro de la matriz eléctrica del país hasta alcanzar el 10%, frente a niveles cercanos a la mitad de esa proporción en 2025.

En China, aunque no existen cifras desagregadas comparables a las estadounidenses, la expansión se integra a una estrategia más amplia de ampliación de infraestructura digital y energética. En conjunto, las decisiones que ambos gobiernos adopten sobre generación, transmisión y permisos tendrán una influencia desproporcionada sobre el equilibrio energético mundial de la próxima década.

La red eléctrica, el cuello de botella que nadie previó a tiempo

Uno de los hallazgos más relevantes de estas proyecciones es el desajuste de tiempos entre la construcción física de los centros de datos y la de la infraestructura necesaria para alimentarlos. Levantar una instalación de este tipo puede tomar entre 18 y 24 meses, mientras que una nueva línea de transmisión o una planta de generación suele requerir entre cinco y diez años para obtener permisos y completarse.

Ese desfase deja a los desarrolladores con edificios operativos pero sin capacidad de conexión suficiente, un fenómeno que ya se observa con fuerza en el norte de Virginia, el centro de Texas y varias zonas del sureste de Estados Unidos, regiones donde la concentración de centros de datos presiona a sistemas eléctricos que operan cerca de su límite. Según Moody’s, el ritmo de desarrollo de los centros de datos está superando cada vez más la velocidad a la que la red puede agregar generación, transmisión e interconexión, lo que introduce un nuevo factor de retraso: la exigencia, por parte de reguladores estatales y federales, de más tiempo para revisar y estructurar las tarifas eléctricas antes de aprobar nuevos proyectos.

La composición de la oferta que cubrirá esa demanda combina distintas tecnologías. Las energías renovables aportarían cerca del 50% de la nueva capacidad requerida por los centros de datos hacia 2030, mientras que el gas natural y el carbón sumarían en conjunto más del 40% en el corto plazo, y la energía nuclear completaría el resto según la disponibilidad de cada región.

El gas natural, el gran beneficiado de la expansión

Ningún combustible parece beneficiarse tanto de este ciclo como el gas natural. Un informe de BloombergNEF divulgado en septiembre proyecta que los centros de datos estadounidenses podrían demandar alrededor de 18.000 millones de pies cúbicos de gas al día hacia 2035, un volumen que superaría el consumo actual combinado de Alemania y Japón, y que solo quedaría por debajo del de China, Rusia, Irán y el propio Estados Unidos, de acuerdo con datos de la Administración de Información Energética estadounidense.

La cifra implica una revisión drástica de los cálculos previos: en diciembre de 2025, la propia BloombergNEF estimaba un incremento de 6.900 millones de pies cúbicos diarios atribuible a los centros de datos; la nueva proyección más que duplica esa cifra hasta 15.000 millones. El gas natural suministraría, según este análisis, el 69% de la electricidad necesaria para los nuevos centros de datos conectados a la red, gracias a su amplia disponibilidad en el país y a la capacidad de las centrales de gas para ajustar su producción con rapidez ante variaciones de la demanda, una ventaja que las fuentes renovables, dependientes del sol y el viento, no ofrecen de la misma manera.

A esta presión se suma otra: la de las nuevas terminales de exportación de gas natural licuado. BloombergNEF calcula que el consumo de gas del sector eléctrico en su conjunto podría llegar a 54.000 millones de pies cúbicos diarios en 2035, unos 18.000 millones más que en 2025. Para responder a ambas fuentes de demanda, la producción estadounidense debería crecer en unos 35.000 millones de pies cúbicos diarios entre 2025 y 2035, aunque el consumo combinado de generación eléctrica y exportaciones podría exigir cerca de 11.000 millones adicionales por encima de ese incremento previsto.

Moody’s cuantifica la inversión: 110.000 millones de dólares hasta 2030

Más allá del combustible, la magnitud del desafío se mide también en infraestructura física. Según Moody’s, el auge de los centros de datos en Estados Unidos requerirá una inversión de 110.000 millones de dólares para construir 45 gigavatios de nueva generación eléctrica hasta 2030, una cifra de referencia si se considera que un gigavatio equivale, de forma aproximada, a la producción de un reactor nuclear convencional.

Más de 30 gigavatios de esa nueva capacidad provendrían de centrales de gas natural, lo que representaría cerca de 4.000 millones de pies cúbicos adicionales de suministro. El resto se repartiría principalmente entre energía solar y sistemas de almacenamiento, mientras que la reactivación de centrales nucleares aportaría menos del 5% del total, una participación menor que evidencia las limitaciones de plazos y costos que aún enfrenta esa tecnología para responder a una demanda de crecimiento tan acelerado.

Quién paga la factura: consumidores, empresas y la promesa de un «imperativo nacional»

La Casa Blanca ha definido la competencia global por la inteligencia artificial como una prioridad estratégica para el país, respaldando a algunas de las mayores tecnológicas del mundo en su disputa por ganancias potencialmente enormes. Sin embargo, ese respaldo convive con una creciente resistencia social vinculada al costo del proceso: el aumento de las facturas eléctricas, la contaminación asociada a la generación con combustibles fósiles, la presión sobre los recursos hídricos y las tensiones por el uso de tierras públicas y privadas.

Las cifras respaldan esa preocupación. Moody’s estima que la construcción de las nuevas centrales necesarias, con un costo de 110.000 millones de dólares, podría añadir entre 25.000 y 30.000 millones de dólares anuales a los costos eléctricos en Estados Unidos. La forma en que ese gasto se traslade a los consumidores dependerá del proceso de fijación de tarifas y de las normas de asignación de costos vigentes en cada región, según explicó Ryan Wobbrock, vicepresidente sénior de calificaciones del grupo global de financiación de infraestructuras de Moody’s Ratings.

No todo ese costo recaería sobre los hogares: los propios centros de datos financiarían directamente hasta 15.000 millones de dólares de la inversión total, al costear la construcción de centrales eléctricas dentro de sus propios campus de IA. Esos proyectos de generación vinculados directamente a los centros de datos representarían cerca del 30% de toda la infraestructura construida hasta 2030, un modelo que busca aliviar la presión sobre la red pública, aunque no la elimina.

La minería de bitcoin, atrapada en la competencia energética

El crecimiento de los centros de datos de IA también reconfigura otras industrias intensivas en electricidad, y la minería de bitcoin es la más expuesta. Ambas actividades compiten por los mismos insumos: energía barata, acceso a la red de transmisión y entornos regulatorios favorables. Si los proyectos de inteligencia artificial logran asegurar una porción creciente de la nueva capacidad disponible, los mineros de bitcoin podrían enfrentar un mercado considerablemente más restringido para contratar energía o expandir sus operaciones.

La disparidad no depende solo del volumen de electricidad, sino de la previsibilidad de los ingresos que cada actividad puede ofrecer a los propietarios de la infraestructura. Mientras la minería de bitcoin está sujeta a la volatilidad del precio del activo, los contratos de alojamiento para IA y computación de alto rendimiento suelen ofrecer ingresos más estables, un atractivo especialmente relevante para operadores que ya cuentan con terrenos, conexiones eléctricas y edificios adaptados a un consumo intensivo. Esa lógica explica por qué varios mineros de bitcoin que cotizan en bolsa han comenzado a reorientar sus operaciones hacia el alojamiento de cargas de trabajo de IA. Core Scientific y Hut 8 figuran entre las compañías que han convertido esa transición en un eje central de su estrategia corporativa, aprovechando contratos energéticos y estructuras ya construidas para atender a clientes tecnológicos en lugar de depender exclusivamente de la rentabilidad de la producción de bitcoin.

Un crecimiento con incertidumbres de fondo

Pese a la solidez de las cifras difundidas por la AIE, BloombergNEF y Moody’s, ninguna de estas proyecciones puede considerarse un resultado garantizado. Henry Eaton, analista del mercado de gas de BloombergNEF y autor principal del informe sobre la demanda de gas natural, advirtió que las estimaciones conservan márgenes de error significativos, en gran medida porque aún existe incertidumbre sobre cuántos de los centros de datos actualmente anunciados o en fase de planificación terminarán efectivamente construidos y operativos.

Esa salvedad no resta relevancia al fenómeno de fondo: la inteligencia artificial ha comenzado a extender su impacto mucho más allá del sector tecnológico, convirtiéndose en uno de los principales motores de la demanda energética mundial para la próxima década. El desafío que enfrentan gobiernos, reguladores y empresas ya no se limita a desarrollar mejores modelos de IA, sino a resolver, con la misma urgencia, cómo generar, transportar y financiar la electricidad que esos modelos necesitan sin trasladar un costo desproporcionado a los consumidores ni comprometer la estabilidad de las redes eléctricas.