La expansión de la inteligencia artificial (IA) está dejando de ser únicamente una revolución tecnológica para convertirse en un fenómeno con consecuencias directas sobre el mercado laboral, la recaudación tributaria, la inversión y el crecimiento económico. El Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte que la transformación será progresiva, pero suficientemente profunda como para obligar a los gobiernos a actuar antes de que sus efectos sean plenamente visibles.
La directora gerente del organismo, Kristalina Georgieva, calificó el proceso como un “tsunami” de movimiento lento. La expresión apunta a una transformación que no necesariamente provoca un shock inmediato, pero cuyos efectos se acumulan mientras las economías continúan adaptándose a la incorporación acelerada de sistemas capaces de realizar tareas que anteriormente requerían trabajo humano.
La presión sobre el mercado laboral ya comenzó
Uno de los principales focos de preocupación es el empleo. La automatización mediante IA está reduciendo la demanda de trabajadores en determinadas actividades, especialmente aquellas vinculadas con tareas rutinarias y repetitivas.
El problema adquiere una dimensión particular entre los trabajadores jóvenes. Los puestos de entrada al mercado laboral tradicionalmente han funcionado como el primer escalón de una carrera profesional: permiten adquirir experiencia, desarrollar habilidades y posteriormente acceder a ocupaciones de mayor productividad y remuneración. La reducción de esas oportunidades puede alterar esa trayectoria.
El FMI estima que alrededor del 40% de los empleos a nivel mundial estarán expuestos a algún tipo de transformación por la inteligencia artificial. En las economías avanzadas, la proporción asciende aproximadamente al 60%, mientras que en los países de bajos ingresos ronda el 23%.
Sin embargo, una menor exposición inicial no significa necesariamente una posición más favorable. La menor incidencia en las economías menos desarrolladas refleja, en parte, que la adopción de la tecnología todavía se encuentra más retrasada. La brecha podría convertirse posteriormente en una desventaja si los países con menor infraestructura, capital y capacidades tecnológicas quedan rezagados en la nueva estructura productiva.
El desafío fiscal puede ser tan importante como el laboral
La transformación no se limita a determinar quién trabaja y en qué actividades. También puede modificar la estructura sobre la cual los Estados recaudan impuestos. El razonamiento planteado por el FMI es que una economía cada vez más orientada hacia el capital puede reducir el peso relativo del trabajo como fuente de ingresos fiscales. Si una mayor proporción de las ganancias derivadas de la productividad queda concentrada en los propietarios del capital, mientras disminuye la participación de los trabajadores en la generación de ingresos, los sistemas tributarios podrían enfrentar una presión creciente.
Esto introduce un problema particularmente relevante para las finanzas públicas. Los gobiernos deberán administrar una transición en la que la tecnología puede aumentar la productividad y las ganancias empresariales al mismo tiempo que reduce determinados empleos y modifica la composición de la base tributaria.
La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en cuánto crecerá la economía gracias a la IA, sino también en cómo se distribuirá ese crecimiento y qué capacidad conservarán los Estados para financiar servicios públicos, infraestructura y políticas de protección social.
La productividad puede aumentar, pero los beneficios no serán automáticos
El escenario planteado no es exclusivamente negativo. El propio FMI considera que la inteligencia artificial puede generar un efecto positivo significativo sobre el crecimiento económico. El organismo estima que la adopción de IA podría incrementar entre 0,5 y 1 punto porcentual la producción anual de las economías asiáticas avanzadas. Ese impulso sería especialmente relevante para países que enfrentan un proceso de envejecimiento demográfico, debido a que una mayor productividad podría compensar parte de las restricciones derivadas de una fuerza laboral que crece más lentamente.
El dilema económico consiste entonces en que la misma tecnología puede elevar la productividad y, simultáneamente, deteriorar determinadas oportunidades laborales. La cuestión central será la capacidad de las economías para trasladar las ganancias de productividad hacia nuevos empleos, mayores ingresos y una base productiva más amplia.
Una carrera tecnológica impulsada por enormes cantidades de capital
La velocidad de expansión de la inteligencia artificial también está relacionada con la magnitud de las inversiones que se están realizando en el sector. Las empresas desarrolladoras han conseguido comprometer grandes volúmenes de capital, mientras los principales grupos tecnológicos destinan cientos de miles de millones de dólares a centros de datos, chips, energía y redes. Esto genera una dinámica en la que las inversiones realizadas crean, a su vez, fuertes expectativas de crecimiento y rentabilidad.
La dimensión financiera también aparece en las relaciones entre empresas. Se han establecido acuerdos en los que una compañía puede ser simultáneamente inversionista, cliente, proveedor, distribuidor y competidor de otra. Esta estructura aumenta la interdependencia del ecosistema de IA y refuerza los incentivos para continuar expandiendo la inversión.
La competencia tecnológica también tiene una dimensión geopolítica. Estados Unidos y China buscan consolidar posiciones de liderazgo en inteligencia artificial, lo que convierte la tecnología en un componente estratégico de la competencia económica y tecnológica internacional.
El mercado financiero también está expuesto a la carrera por la IA
La concentración de capital y expectativas alrededor de la inteligencia artificial genera otro riesgo: que una modificación importante en las valoraciones o en las perspectivas de crecimiento termine repercutiendo en los mercados financieros. Una referencia significativa es la valoración proyectada para Anthropic, cercana a los US$2 billones, una cifra comparable con el Producto Interno Bruto anual de México. Esa valoración representa el precio que los inversionistas estarían dispuestos a atribuir a la compañía y no equivale directamente al dinero que la empresa recibiría.
La sensibilidad del mercado quedó expuesta cuando informaciones sobre diferencias contables relacionadas con los ingresos anualizados de OpenAI contribuyeron a movimientos negativos en el Nasdaq y en acciones vinculadas con la infraestructura tecnológica de la IA. El episodio demuestra que el impacto de la inteligencia artificial ya trasciende a las empresas directamente involucradas. Las expectativas construidas alrededor de la tecnología pueden influir en las valoraciones de mercado y, por esa vía, generar efectos sobre inversionistas y compañías que no participan directamente en el desarrollo de estos sistemas.
La desigualdad puede convertirse en uno de los principales costos económicos
Otro de los riesgos señalados es la distribución desigual de los beneficios. Las ganancias derivadas de la inteligencia artificial podrían concentrarse inicialmente en trabajadores altamente especializados, empresas con acceso a grandes cantidades de capital y países que controlan infraestructura, conocimiento y cadenas de suministro tecnológicas.
El FMI ya advierte que la inversión en IA está produciendo beneficios desiguales entre economías. Los países que no participan en los principales segmentos de la cadena tecnológica pueden quedar fuera de una parte importante de las ganancias generadas por el nuevo ciclo de inversión.
Esta diferencia podría profundizar las brechas existentes. Las economías con instituciones sólidas, sistemas educativos capaces de adaptarse y mayor capacidad para financiar infraestructura tecnológica tienen mejores condiciones para aprovechar el aumento de productividad. En cambio, los países caracterizados por una elevada informalidad, desigualdad institucional y menor capacidad estatal enfrentan mayores dificultades para absorber los costos de la transición.
La educación y la reconversión laboral pasan al centro de la política económica
Ante este escenario, la adaptación de los trabajadores se convierte en una cuestión económica central. Si determinadas tareas desaparecen o pierden demanda, los sistemas educativos y de capacitación tendrán que preparar a los trabajadores para actividades diferentes. El desafío es especialmente importante para los jóvenes, debido a que la reducción de los empleos de entrada puede impedir que acumulen la experiencia necesaria para progresar posteriormente hacia puestos de mayor responsabilidad.
La respuesta, por tanto, no puede limitarse a crear programas temporales cuando el desempleo aumenta. Las autoridades deberán considerar mecanismos permanentes de capacitación, reconversión laboral y apoyo al ingreso durante los períodos de transición. También aparece una responsabilidad para las empresas. La reducción de la contratación de trabajadores recién graduados plantea el riesgo de cerrar una de las principales vías de incorporación de nuevas generaciones al mercado laboral. En ese contexto, los incentivos para contratar y formar trabajadores jóvenes pueden adquirir una importancia creciente.
Los Estados deberán adaptarse a una economía que cambia más rápido
El problema fundamental es la diferencia entre la velocidad del cambio tecnológico y la velocidad de las instituciones. La tecnología puede avanzar de manera acelerada, mientras que las leyes, los sistemas educativos, las estructuras tributarias y los mecanismos de protección social suelen modificarse mucho más lentamente. Esa brecha puede provocar que los costos económicos aparezcan antes de que existan mecanismos adecuados para distribuir los beneficios.
Una reducción rápida de la demanda de determinadas tareas, por ejemplo, puede producirse en un período mucho más corto que el necesario para reformar un sistema educativo o capacitar a una generación de trabajadores. Por eso, la respuesta planteada pasa por una gobernanza capaz de actualizarse continuamente. No se trataría únicamente de establecer normas rígidas, sino de construir instituciones capaces de comprender los cambios tecnológicos, evaluar sus consecuencias y modificar sus políticas a medida que aparezcan nuevos riesgos y oportunidades.
Un cambio que también redefine la competencia entre países
La inteligencia artificial puede convertirse en un nuevo factor de competitividad internacional. Los países que logren combinar infraestructura, capital, talento, educación y capacidad institucional tendrán mejores posibilidades de capturar una mayor proporción de las ganancias de productividad. Aquellos que no desarrollen esas capacidades corren el riesgo de convertirse principalmente en consumidores de tecnología producida en otras economías.
El desafío es particularmente relevante para las economías emergentes. La experiencia histórica muestra que las diferencias de productividad y capacidad tecnológica pueden acumularse durante décadas. En el caso de la IA, esa divergencia podría producirse a una velocidad mucho mayor.
El desafío económico será administrar la transición
La inteligencia artificial no necesariamente representa un escenario de destrucción neta del empleo ni una amenaza inevitable para el crecimiento. Su impacto dependerá de cómo las economías administren la transición.
El potencial para elevar la productividad, generar nuevas actividades y compensar algunas restricciones demográficas es considerable. Pero esos beneficios no se distribuyen automáticamente. La reducción de determinadas ocupaciones, la presión sobre los ingresos fiscales, la concentración de capital y el riesgo de una mayor desigualdad pueden aparecer antes de que las ganancias de productividad se traduzcan en beneficios generalizados.
La advertencia del FMI apunta precisamente a esa dimensión temporal: esperar a que las consecuencias sean completamente evidentes podría significar reaccionar demasiado tarde. El “tsunami” tecnológico no representa necesariamente un punto de ruptura único. Es un proceso acumulativo en el que cada avance modifica nuevamente el mercado laboral, las empresas, las inversiones y las instituciones. La cuestión económica central será determinar si los gobiernos y las sociedades consiguen adaptarse a esa velocidad de cambio y convertir el aumento de productividad en crecimiento más amplio y sostenible.




