Más de mil seiscientos años después de su muerte, San Agustín de Hipona sigue teniendo algo nuevo que decir. Dos sermones hasta ahora desconocidos del gran Doctor de la Iglesia han sido identificados en un manuscrito latino del siglo XII conservado en la Biblioteca Diocesana de Pelplin, al norte de Polonia. El hallazgo, anunciado por la Universidad de Würzburg (Alemania), amplía el corpus de escritos de uno de los pensadores más influyentes del cristianismo occidental y devuelve a la actualidad el nombre de quien, junto a otros Padres de la Iglesia, cimentó buena parte de la teología, la filosofía y la espiritualidad católicas.
El responsable del descubrimiento es Christian Tornau, profesor de Filología Clásica en la Universidad de Würzburg y uno de los mayores especialistas alemanes en la obra agustiniana. Tornau trabaja ahora junto a especialistas del Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (CSEL) en la primera edición crítica de ambos textos, cuya publicación se espera antes de que termine 2026.
De un monasterio cisterciense alemán a una biblioteca polaca
La historia del hallazgo comenzó en 2024, cuando Paul Alexander Nebauer, investigador independiente especializado en la historia medieval de la antigua abadía cisterciense de Bad Doberan, en Alemania, contactó con Tornau. Nebauer había localizado un códice medieval que contenía varios sermones atribuidos a san Agustín y necesitaba ayuda experta para identificarlos y traducirlos.
El manuscrito, que originalmente perteneció a la abadía alemana, se conserva hoy en un monasterio filial polaco, junto a la catedral gótica de Pelplin, heredera de siglos de vida cisterciense. A simple vista, apenas parecía un conjunto de páginas envejecidas. Pero el análisis filológico —que se prolongó cerca de dos años— reveló algo excepcional.
El códice reúne varios sermones atribuidos al obispo de Hipona. De ellos, dos ya eran conocidos por los especialistas —uno auténtico y otro pseudoagustiniano—, mientras que los dos restantes no pudieron identificarse de inmediato. Tornau y su colega Clemens Weidmann, del CSEL de Viena, reconocen que al principio dudaron: algunos pasajes no parecían encajar del todo con el estilo del santo. Sin embargo, tras transcribir y estudiar minuciosamente los textos, la sospecha se transformó en certeza.
La pitonisa de Endor: un pasaje que desafía a los intérpretes desde la Antigüedad
Los dos sermones recuperados giran en torno a uno de los episodios más enigmáticos del Antiguo Testamento: la consulta del rey Saúl a la nigromante de Endor, narrada en el capítulo 28 del primer libro de Samuel. Desesperado ante la inminente batalla contra los filisteos y sin respuesta de Dios, Saúl acude a una médium para invocar el espíritu del profeta Samuel.
El relato ha generado debate teológico durante siglos: ¿permitió Dios que Samuel apareciera de forma extraordinaria, o se trató de un engaño de origen demoníaco? La pregunta conecta directamente con el problema de la teodicea, es decir, con la cuestión de cómo armonizar la omnipotencia y la providencia divinas con hechos que parecen desafiarlas.
Según explicó Tornau, en los nuevos sermones San Agustín analiza ambas posibilidades, con sus ventajas y sus dificultades, y concluye que las dos son admisibles porque ninguna contradice la fe cristiana. El primer sermón fue predicado en la liturgia dominical y concluye planteando las distintas interpretaciones posibles; el segundo, pronunciado el miércoles siguiente, retoma el mismo tema y profundiza en el análisis, sopesando las lecturas contrapuestas sin imponer una solución única.
El método pedagógico de un Padre de la Iglesia
Para los investigadores, esta forma de proceder —exponer varias interpretaciones, dejar tiempo entre una predicación y otra, invitar a la congregación a pensar— es un sello distintivo del estilo agustiniano. Tornau ha señalado que esa apertura a lecturas divergentes de la Escritura es característica del pensamiento de Agustín, mucho más dialogante que el de otros autores antiguos, más inclinados a polemizar con dureza contra las opiniones contrarias.
Ese rasgo no es un detalle menor: revela la faceta pastoral del obispo de Hipona, capaz de guiar a fieles comunes a través de textos bíblicos difíciles sin renunciar a la confianza en la sabiduría de Dios ni simplificar el misterio con respuestas fáciles.
Un examen riguroso frente al riesgo de la falsificación
La historia de la transmisión de los textos agustinianos está llena de atribuciones erróneas, por lo que la comunidad académica sometió los dos sermones a un escrutinio especialmente exigente. Tornau y Weidmann convocaron en Viena a una veintena de especialistas internacionales en literatura latina patrística —entre ellos jóvenes académicos— para examinar el lenguaje, el estilo, el contenido teológico y el usus scribendi, es decir, el modo característico de escribir del santo.
Tras ese análisis colectivo, el consenso fue unánime: el estilo, el humor y el contenido de ambos textos corresponden auténticamente a San Agustín. Los investigadores creen que el manuscrito del siglo XII deriva probablemente de una copia más antigua conservada en la abadía de Amelungsborn, en Baja Sajonia, cuya biblioteca fue destruida durante la Guerra de los Treinta Años, lo que impide reconstruir con total certeza la cadena de transmisión.
Los monasterios, guardianes silenciosos de la civilización cristiana
Más allá del contenido teológico, el hallazgo es un recordatorio del papel que jugaron los monasterios medievales en la conservación del saber. Mucho antes de la imprenta, generaciones de monjes copistas transcribieron a mano, durante siglos, textos bíblicos, litúrgicos, teológicos y clásicos. Sin ese trabajo paciente y anónimo, buena parte del patrimonio intelectual del cristianismo y de la Antigüedad grecolatina se habría perdido para siempre.
Los historiadores calculan que san Agustín predicó cerca de 8.000 sermones a lo largo de su vida como obispo de Hipona; de ellos apenas se conservan alrededor de 500. Cada texto que se recupera —por modesto que parezca— constituye una aportación valiosa para profundizar en temas centrales de su teología, como la gracia, el libre albedrío o la acción de Dios en la historia.
San Agustín, referencia permanente de la tradición católica
Nacido en el año 354 en Tagaste (actual Argelia) y obispo de Hipona hasta su muerte en 430, Agustín es, junto con Tomás de Aquino, una de las columnas del pensamiento cristiano occidental. Obras como Las Confesiones y La Ciudad de Dios siguen siendo lectura obligada no solo en la teología católica, sino también en la filosofía, la interpretación bíblica y el pensamiento político de Occidente.
Tornau ha reconocido que este hallazgo no tiene la magnitud del ocurrido en Maguncia en 1990, cuando aparecieron treinta escritos desconocidos del santo. Aun así, lo considera una contribución significativa, porque los descubrimientos auténticos de textos agustinianos son cada vez más raros: la inmensa mayoría de los manuscritos atribuidos al obispo de Hipona ya han sido estudiados a fondo.
Una Iglesia que sigue dialogando con su propia historia
El episodio recuerda algo que la tradición católica ha sostenido siempre: la fe no se transmite únicamente a través de definiciones dogmáticas, sino también de una rica herencia teológica, litúrgica y pastoral que se construye generación tras generación, desde los Padres de la Iglesia hasta los teólogos contemporáneos. Figuras como San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio o San Juan Crisóstomo dieron forma, con su predicación y sus escritos, a un modo de leer la Escritura y de acompañar a los creyentes que la Iglesia sigue reconociendo como parte viva de su magisterio.
Que en pleno siglo XXI —y, como han señalado algunos medios, coincidiendo con el primer pontificado de un papa de la Orden de San Agustín, León XIV— resurjan palabras inéditas del santo de Hipona es, para muchos católicos, más que una curiosidad filológica: es una señal de que la tradición de la Iglesia sigue siendo un manantial vivo, capaz de ofrecer todavía hoy claves para pensar preguntas tan antiguas como la providencia divina, el mal y la libertad humana.




