El 17 de agosto de 2026, Catania vivió el momento culminante de las celebraciones por el noveno centenario del regreso de las reliquias de Santa Ágata a Sicilia. El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede y legado pontificio enviado por el papa León XIV, presidió la misa pontifical en la catedral dedicada a la patrona de la ciudad. La víspera había encabezado una vigilia de oración en Aci Castello, lugar donde, según la tradición histórica de la traslación, desembarcaron las reliquias antes de ser llevadas en procesión hasta Catania el 17 de agosto de 1126.
La celebración conmemoraba novecientos años del regreso de los restos de la joven virgen y mártir, asesinada durante las persecuciones del emperador Decio en el siglo III por permanecer fiel a Cristo. En su carta a Parolin, León XIV describió el martirio de Ágata como un testimonio en el que la Iglesia contempla «la victoria de la gracia sobre la violencia, de la fe sobre el miedo y de la caridad sobre la muerte». El Papa también presentó a la santa como una presencia viva que custodia la memoria cristiana del pueblo y hace visible la comunión de los santos.
Durante las celebraciones, las reliquias fueron expuestas solemnemente para la veneración de los fieles. El cardenal Parolin insistió en que Santa Ágata no pertenece simplemente a la memoria histórica de Catania, sino que continúa dando fruto espiritual en la Iglesia. Citando a san Agustín y a Tertuliano, recordó también el significado del testimonio de los mártires y aquella antigua convicción cristiana según la cual la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.
Las imágenes de la ceremonia provocaron, sin embargo, desconcierto en las redes sociales. Para algunos espectadores, la veneración de los restos mortales de la santa —y particularmente el hecho de acercarse a ellos con gestos de reverencia— resultó incomprensible, e incluso hubo quienes lo compararon con prácticas religiosas ajenas al cristianismo o lo calificaron de superstición.
Pero la pregunta que debería hacerse no es simplemente por qué un católico puede besar o venerar una reliquia.
La pregunta es mucho más profunda:
¿Por qué la Iglesia cristiana considera que el cuerpo de un santo puede ser tratado con reverencia incluso después de la muerte?
La respuesta no comienza en la Edad Media. Tampoco nace de una supuesta fascinación católica por los restos humanos. Sus raíces se encuentran en la propia Escritura, en la antropología bíblica, en la Encarnación del Verbo, en la sepultura de Jesucristo, en la resurrección de la carne y en el testimonio de los primeros cristianos.
La Iglesia no considera sagrado un hueso porque crea que ese hueso sea Dios. No atribuye a una reliquia un poder divino independiente. Lo que reconoce es algo mucho más profundo: el cuerpo humano posee una dignidad que no desaparece con la muerte y, en el caso de los santos, esos restos mortales pertenecieron a personas que vivieron en comunión con Cristo y cuyos cuerpos fueron templos del Espíritu Santo.
Para comprender la veneración de las reliquias hay que recuperar, antes que nada, la visión cristiana del cuerpo.
El cuerpo no es una envoltura: la antropología bíblica
Una de las ideas que más ha influido en la mentalidad moderna es aquella según la cual el cuerpo sería apenas una envoltura temporal del alma, una materia secundaria destinada a desaparecer sin importancia cuando llega la muerte.
Esa concepción no corresponde a la antropología bíblica.
En el relato de la creación, Dios forma al hombre del polvo de la tierra y sopla en él el aliento de vida: «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en un ser viviente» (Génesis 2,7).
El cuerpo no aparece como una prisión de la que el alma deba liberarse. Forma parte de la criatura que Dios mismo ha querido y que, después de crearla, contempla como buena. El hombre no es simplemente un espíritu que accidentalmente habita un cuerpo: es una unidad corporal y espiritual.
Esta verdad alcanza una expresión todavía más fuerte en san Pablo. «¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Corintios 6,15). Y unos versículos después añade: «¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes y que han recibido de Dios? […] Glorifiquen, por tanto, a Dios en su cuerpo» (1 Corintios 6,19-20).
San Pablo no habla únicamente del alma. Habla del cuerpo.
El cuerpo cristiano ha sido incorporado al misterio de Cristo y se ha convertido en templo del Espíritu Santo.
Por eso la muerte tampoco convierte el cuerpo en algo sin dignidad. La esperanza cristiana no consiste en escapar definitivamente de la corporeidad, sino en esperar su redención. San Pablo habla de «la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8,23) y afirma que Cristo «transformará nuestro cuerpo humilde en semejante a su cuerpo glorioso» (Filipenses 3,21).
Y en 1 Corintios 15 desarrolla la doctrina de la resurrección: «Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible» (1 Corintios 15,42), porque «se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual» (1 Corintios 15,44).
Esto explica por qué el Credo cristiano no proclama simplemente la inmortalidad del alma, sino:
«Creo en la resurrección de la carne».
No es un detalle secundario. Es uno de los pilares de la fe cristiana.
José y los huesos que Israel conservó durante siglos
La Biblia ofrece ejemplos concretos del tratamiento reverente de los restos de hombres ligados a la historia de la salvación. Uno de los más significativos aparece en la historia de José.
Antes de morir en Egipto, José hizo jurar a los hijos de Israel: «Dios ciertamente los visitará; entonces llevarán de aquí mis huesos» (Génesis 50,25).
José no estaba hablando de algo que ocurriría al día siguiente. Estaba mirando hacia el futuro, hacia el cumplimiento de la promesa de Dios y la liberación de Israel de Egipto.
El libro del Éxodo recuerda el cumplimiento de aquel juramento: «Moisés tomó consigo los huesos de José, pues José había hecho jurar a los hijos de Israel: “Dios ciertamente los visitará, y entonces llevarán de aquí mis huesos con ustedes”» (Éxodo 13,19).
Finalmente, una vez establecido Israel en la tierra prometida, Josué vuelve a mencionar aquellos restos: «Los huesos de José, que los hijos de Israel habían sacado de Egipto, los enterraron en Siquén» (Josué 24,32).
Aquí existe un detalle cronológico importante. Éxodo 12,40-41 habla de 430 años, mientras que Génesis 15,13 y Hechos 7,6 hablan de 400 años de aflicción. Por eso no debe afirmarse que transcurrieron exactamente cuatrocientos años entre la muerte de José y el momento en que Moisés tomó sus huesos.
José murió antes del Éxodo y entre su muerte y la salida de Egipto transcurrieron varios siglos. La cronología exacta depende además de cómo se interpreten las cifras bíblicas y la genealogía del período patriarcal.
Pero precisamente ahí está la fuerza del episodio.
Durante generaciones enteras, Israel conservó la memoria de José. Cambiaron las generaciones, llegó la esclavitud, nació Moisés y finalmente llegó la liberación. Y cuando Israel salió de Egipto, Moisés no consideró que los restos del patriarca fueran un residuo sin importancia que podía quedar atrás.
Los llevó consigo.
No estamos todavía ante la doctrina cristiana desarrollada sobre las reliquias y sería anacrónico afirmarlo. Pero sí estamos ante una concepción bíblica inequívoca: los restos de un hombre ligado a la promesa de Dios no son tratados como algo indiferente.
Los huesos de Eliseo: Dios puede obrar mediante los restos de un hombre santo
El episodio más extraordinario del Antiguo Testamento aparece en 2 Reyes 13,20-21.
Después de la muerte de Eliseo, unos hombres se disponen a realizar una sepultura cuando, sorprendidos por una banda de moabitas, arrojan apresuradamente el cuerpo en la tumba del profeta. Entonces ocurre algo extraordinario:
«Cuando el muerto tocó los huesos de Eliseo, revivió y se puso de pie».
El texto no atribuye divinidad a Eliseo ni presenta sus huesos como una fuente autónoma de poder. El milagro procede de Dios.
Pero Dios quiso obrar mediante el contacto físico con los restos del profeta.
La materia no es divina; es instrumento de la acción divina.
La importancia del episodio es enorme para la cuestión de las reliquias. La Biblia no considera absurdo que los restos de un hombre santo estén relacionados con la acción de Dios. Al contrario: registra un milagro en el que el contacto con sus huesos constituye el medio inmediato mediante el cual se manifiesta el poder divino.
A esto puede añadirse el episodio del manto de Elías. Cuando el profeta es arrebatado, su manto queda en tierra y Eliseo lo recoge; posteriormente lo utiliza para golpear las aguas del Jordán, que se dividen (2 Reyes 2,13-14).
Nuevamente, no es el objeto el que posee divinidad. Es Dios quien obra mediante aquello que ha estado asociado a su profeta.
El respeto por los restos mortales en la Escritura
El mismo principio aparece en la manera en que la Escritura trata la sepultura.
La Ley contempla con seriedad la situación de quien ha muerto ejecutado y ordena: «No dejarás su cuerpo en el madero durante la noche, sino que lo enterrarás el mismo día» (Deuteronomio 21,23).
El libro de Tobías presenta también como una obra de piedad el entierro de los muertos (Tobías 1,17-18).
El episodio de Saúl y Jonatán es igualmente significativo. Después de que sus cuerpos fueran tratados indignamente, David recuperó sus restos y ordenó que fueran sepultados junto a sus antepasados (2 Samuel 21,12-14). El relato termina señalando que, después de aquel acto, «Dios atendió a las súplicas en favor del país».
No sería correcto afirmar que la Escritura enseña aquí que la sepultura de aquellos restos causó directamente la reconciliación de Dios con Israel. El texto presenta ambos acontecimientos dentro de la misma secuencia narrativa.
Pero sí muestra algo fundamental: el rey David considera que los restos de Saúl y Jonatán merecen un trato digno y una sepultura honorable.
La Escritura, por tanto, no desarrolla una cultura de indiferencia ante el cuerpo después de la muerte. El cuerpo de quien ha muerto merece sepultura, respeto y cuidado. Y cuando se trata de quienes han servido a Dios, esa memoria corporal adquiere una significación todavía más profunda.
El cuerpo de Cristo: el centro de toda la teología cristiana
Todo esto alcanza su plenitud con un hecho que ninguna teología cristiana puede eludir:
«El Verbo se hizo carne» (Juan 1,14).
Dios no se limitó a enviar un mensaje a la humanidad. El Hijo eterno asumió una naturaleza humana verdadera. Jesucristo tuvo un cuerpo verdadero, sufrió con un cuerpo verdadero, derramó su sangre verdaderamente y murió verdaderamente.
Y cuando murió, sus discípulos no trataron aquel cuerpo como una envoltura que ya no importaba.
José de Arimatea pidió el cuerpo de Jesús. Juan explica que José y Nicodemo «tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según es costumbre de sepultar entre los judíos» (Juan 19,40).
Las mujeres, además, prepararon aromas para acudir al sepulcro (Marcos 16,1).
Ese detalle posee una importancia teológica enorme.
El cuerpo muerto de Cristo siguió siendo tratado con honor.
La muerte había separado el alma del cuerpo, pero aquel cuerpo no había dejado de ser el cuerpo de Cristo. Y el mismo cuerpo que fue depositado en el sepulcro es el cuerpo que resucitó.
Aquí se encuentra una de las claves más profundas de toda la cuestión de las reliquias: si el cristianismo honra el cuerpo de Cristo en su sepultura, si proclama la resurrección corporal de Cristo y si enseña que nuestros propios cuerpos serán resucitados, entonces no puede considerar el cuerpo humano como una realidad espiritualmente desechable.
La materia que toca a Cristo y a sus apóstoles
El Nuevo Testamento añade algo todavía más sorprendente.
Los Evangelios muestran que el contacto físico con Cristo podía ser ocasión de curación. La mujer que padecía flujo de sangre tocó el borde de su manto y quedó sana (Mateo 9,20-22; Marcos 5,25-34). Lucas resume el fenómeno diciendo que toda la multitud procuraba tocarlo «porque de él salía una fuerza que sanaba a todos» (Lucas 6,19).
Pero el fenómeno no terminó con la vida terrena de Jesús.
En Jerusalén, los enfermos eran colocados en las calles para que, al pasar Pedro, «siquiera su sombra cubriera a alguno de ellos» (Hechos 5,15-16).
Y en Éfeso ocurre algo todavía más explícito: «Dios obraba por medio de Pablo milagros extraordinarios, de modo que hasta los pañuelos o delantales que habían tocado su cuerpo eran llevados a los enfermos» (Hechos 19,11-12).
La Escritura no enseña que un manto, una sombra o un pañuelo sean divinos. Enseña algo mucho más importante:
Dios puede servirse de realidades materiales asociadas a Cristo y a sus santos como instrumentos de su acción.
Ese principio no es magia ni paganismo. Es profundamente bíblico y se encuentra en continuidad con la lógica de la Encarnación: el Dios invisible quiso salvarnos mediante la humanidad concreta de su Hijo.
El cuerpo del mártir: la carne que participó en la confesión de Cristo
En el caso de los mártires, la relación entre cuerpo y santidad adquiere una dimensión todavía más fuerte.
San Pablo escribe:
«Llevamos siempre en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Corintios 4,10).
El cuerpo del mártir fue el lugar concreto donde su fidelidad se manifestó. Fue el cuerpo el que recibió los golpes, soportó la tortura, fue encadenado, quemado, atravesado o entregado a las fieras.
No fue un simple recipiente accidental de un alma que daba testimonio.
Fue la propia persona, en cuerpo y alma, la que confesó a Cristo hasta el final.
Por eso la veneración de los restos de los mártires no nace de una fascinación morbosa por la muerte. Nace precisamente de la convicción contraria:
la muerte no tiene la última palabra sobre el cuerpo.
El cuerpo que fue entregado a Cristo espera la resurrección.
San Ireneo y la resurrección de la misma carne
Esta verdad fue defendida con particular fuerza por san Ireneo de Lyon frente a las corrientes gnósticas que despreciaban la materia y rechazaban o distorsionaban la resurrección corporal.
Ireneo no es propiamente un Padre apostólico en sentido estricto, sino uno de los grandes Padres de la Iglesia del siglo II y un testigo privilegiado de la tradición apostólica. Había recibido la enseñanza de san Policarpo, quien, a su vez, había conocido a quienes estuvieron vinculados directamente con los apóstoles.
Su enseñanza es especialmente importante para este tema. Ireneo afirma que Cristo resucitó en nuestra carne y que nosotros seremos resucitados en la misma carne. Para él, la salvación no consiste en que el espíritu se desprenda definitivamente de la materia, sino en que Dios lleve a su plenitud al hombre entero.
La carne que Dios creó no es despreciable.
La carne que Cristo asumió no es despreciable.
La carne que Cristo redimió no es despreciable.
Y la carne que será resucitada tampoco puede ser considerada espiritualmente irrelevante.
Por eso la veneración cristiana de los restos de los santos no puede comprenderse separada de la fe en la resurrección de la carne.
El cuerpo del santo no es divino. Pero tampoco es irrelevante.
Es el cuerpo de una persona que perteneció a Cristo.
Policarpo: la Iglesia del siglo II ya conservaba los huesos de sus mártires
Si alguien sostiene que la veneración de reliquias fue inventada en la Edad Media, existe un problema histórico que no puede ignorarse: el Martirio de Policarpo.
Policarpo, obispo de Esmirna y figura estrechamente vinculada a la tradición apostólica, murió mártir en el siglo II. El documento que narra su martirio pertenece a una época extraordinariamente cercana a los apóstoles.
Después de su muerte, los cristianos recogieron sus restos y los conservaron.
El relato dice que recogieron sus huesos, «más preciosos que las piedras preciosas y más estimados que el oro», y los depositaron en un lugar donde pudieran reunirse para celebrar el aniversario de su martirio.
No se trata de una leyenda medieval.
Es un testimonio cristiano del siglo II.
Y existe un detalle todavía más importante. El documento se ocupa expresamente de distinguir el culto debido a Cristo del honor tributado al mártir. La comunidad de Esmirna afirma que adora a Cristo, el Hijo de Dios, mientras ama a los mártires como discípulos e imitadores del Señor.
La distinción fundamental ya está ahí:
Cristo es adorado. El mártir es honrado.
Esto ocurre en el siglo II, no en la Edad Media.
No se trata de una doctrina católica inventada posteriormente para responder a la Reforma. Es el testimonio de una comunidad cristiana antigua que todavía conservaba una memoria directamente vinculada a la generación apostólica.
Adorar a Cristo, honrar a sus mártires
Aquí conviene evitar un error frecuente: imponer retrospectivamente al cristianismo del siglo II una terminología teológica que se desarrollaría posteriormente.
La distinción técnica entre latría, dulía e hiperdulía pertenece al desarrollo posterior de la teología cristiana. Pero la realidad fundamental que esas categorías expresan ya aparece con claridad en el Martirio de Policarpo: los cristianos adoran a Cristo y honran a sus mártires.
La Iglesia desarrollará posteriormente esta distinción con precisión doctrinal.
El Segundo Concilio de Nicea, celebrado en el año 787, defendió explícitamente la veneración de las reliquias de los santos y distinguió esta veneración de la adoración debida exclusivamente a Dios.
La Iglesia, por tanto, no cree que un hueso sea Dios.
El santo no es Dios.
La reliquia no es una divinidad.
El poder no procede de la materia por sí misma.
La reliquia remite a la persona; la persona remite a Cristo; y Cristo remite a Dios, fuente de toda santidad.
Besar una reliquia, inclinarse ante ella o llevarla solemnemente en procesión no significa adorar la materia. Significa expresar corporalmente honor hacia aquel santo cuya vida pertenece ya a Dios y cuyo cuerpo espera la resurrección.
La ruptura protestante con la memoria corporal del cristianismo
La Reforma protestante introdujo una ruptura profunda con la concepción católica de la veneración de los santos y de sus reliquias. Al rechazar esta práctica, las comunidades nacidas de la Reforma se apartaron de una tradición que no había aparecido en la Edad Media, sino que ya estaba documentada en el cristianismo de los primeros siglos.
El contraste con la tradición bíblica y cristiana primitiva resulta difícil de ignorar.
Israel conservó durante generaciones los huesos de José y los llevó consigo en el Éxodo.
Los huesos de Eliseo aparecen asociados a un milagro.
El cuerpo de Cristo fue retirado de la cruz, ungido, envuelto y depositado con honor.
Cristo resucitó corporalmente y prometió la resurrección de los suyos.
Los cuerpos de los cristianos son templos del Espíritu Santo.
Los mártires entregaron esos cuerpos por Cristo.
Y los cristianos del siglo II recogieron los huesos de Policarpo y los consideraron más preciosos que el oro.
Frente a esta continuidad, el rechazo de la veneración de las reliquias constituye una ruptura histórica con una sensibilidad cristiana que había acompañado a la Iglesia desde sus primeros siglos.
No es una cuestión secundaria de costumbres.
Está en juego una determinada comprensión del cuerpo humano.
La ruptura no fue con una costumbre medieval: fue con una memoria cristiana mucho más antigua.
Una memoria viva, no un museo
Lo ocurrido en Catania el 17 de agosto de 2026 no fue, en su significado religioso, un espectáculo folclórico ni una fascinación morbosa por unos restos humanos. Fue la expresión visible de una concepción cristiana del cuerpo que hunde sus raíces en las Escrituras y que aparece documentada desde los primeros siglos de la Iglesia.
José murió en Egipto y sus huesos fueron conservados durante generaciones hasta que Moisés los llevó consigo.
Eliseo murió y Dios quiso obrar mediante sus huesos.
Cristo murió y su cuerpo fue retirado de la cruz, ungido, envuelto y depositado con honor.
Cristo resucitó corporalmente y prometió la resurrección de los suyos.
Los cuerpos de los cristianos son templos del Espíritu Santo.
Los mártires entregaron esos cuerpos por Cristo.
Y los cristianos del siglo II recogieron los huesos de Policarpo y los consideraron más preciosos que el oro.
Hay, por tanto, una línea que atraviesa toda la historia:
la materia no es despreciada por el cristianismo porque Dios mismo ha querido servirse de ella.
La Iglesia no desprecia el cuerpo.
Lo unge.
Lo sepulta.
Lo honra.
Lo conserva.
Lo espera.
Porque cree que el cuerpo no es el último residuo de una persona que ha desaparecido, sino parte de una persona creada por Dios, redimida por Cristo y destinada a la resurrección.
Por eso, cuando un cristiano contempla las reliquias de Santa Ágata, la pregunta correcta no es simplemente:
«¿Por qué veneran un hueso?»
La pregunta es:
«¿Qué significa ese hueso?»
Es el resto mortal de una mujer que confesó a Cristo hasta la muerte. Es el testimonio corporal de una vida entregada a Dios. Es una reliquia de alguien que la Iglesia cree que vive ahora en la gloria y cuyo cuerpo espera la resurrección.
La reliquia señala hacia el santo.
El santo señala hacia Cristo.
Y Cristo señala hacia la resurrección.
La Iglesia no venera las reliquias porque haya olvidado que son restos mortales. Las venera precisamente porque no ha olvidado a quién pertenecieron, qué significaron y hacia dónde se dirige, según la fe cristiana, el destino último de todo cuerpo humano: la resurrección de la carne.




