El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, confirmó este martes ante el Senado que el conflicto militar contra Irán ha demandado hasta ahora un desembolso de 37.500 millones de dólares, una cifra que supera en 8.500 millones a la estimación de 29.000 millones calculada apenas dos meses atrás. El dato no solo refleja gastos ya ejecutados, sino también proyecciones de erogación hasta el cierre del año fiscal, el próximo 30 de septiembre, e incluye partidas como salarios militares, operación y mantenimiento de equipos.
El ajuste al alza expone un patrón que preocupa a los analistas presupuestarios: la brecha entre las estimaciones iniciales de un conflicto y su costo real tiende a ampliarse cuanto más se prolongan las hostilidades. En este caso, el incremento de casi el 30% en poco más de sesenta días sugiere que la campaña militar, lejos de estabilizarse, continúa demandando recursos crecientes.
Una solicitud presupuestaria que roza los 90.000 millones de dólares
Durante su comparecencia ante el Comité de Asignaciones del Senado, Hegseth instó al Congreso a aprobar un paquete de financiamiento suplementario de emergencia por 87.600 millones de dólares, de los cuales más de 67.000 millones se destinarían de manera directa a sostener la guerra y otros gastos vinculados del Pentágono. El funcionario insistió en que se trata de fondos de emergencia y no de un reemplazo del presupuesto base de defensa, para el cual la administración de Donald Trump aspira a una partida de 1,5 billones de dólares en el año fiscal 2026.
Hegseth advirtió que, sin ese financiamiento adicional, el Pentágono enfrentaría “carencias críticas” para sostener el nivel de operaciones actual, reemplazar el equipamiento consumido en combate y acelerar la producción de municiones y nuevos sistemas de armas.
Escepticismo bipartidista ante la falta de un rumbo claro
Pese a la magnitud de las cifras solicitadas, buena parte del Senado —incluyendo a legisladores del propio Partido Republicano— manifestó su malestar por la ausencia de precisiones sobre los objetivos y la duración del conflicto. El senador republicano John Kennedy resumió el reclamo al exigir “respuestas contundentes” y franqueza por parte de los funcionarios.
El cuestionamiento más incisivo llegó del demócrata Jon Ossoff, quien confrontó a Hegseth por declaraciones previas en las que había asegurado, en la jornada 14 del conflicto, que las fuerzas iraníes ya habían sido “destruidas” y resultaban “ineficaces en combate”. Ossoff cuestionó la veracidad de esa afirmación en momentos en que el propio secretario solicita decenas de miles de millones de dólares adicionales para continuar la campaña.
Consultado directamente sobre el objetivo militar de fondo, Hegseth ofreció una respuesta genérica: garantizar que Irán nunca llegue a poseer un arma nuclear, además de privar a Teherán de capacidad de vigilancia sobre el estrecho de Ormuz.
El impacto económico y social como eje de la crítica opositora
Una de las intervenciones más duras provino de la senadora demócrata Kirsten Gillibrand, quien vinculó el gasto militar con el deterioro del poder adquisitivo de los hogares estadounidenses. La legisladora recordó que la guerra, presentada originalmente como una operación de semanas, ya lleva meses sin un plan de salida definido, mientras los votantes enfrentan facturas crecientes de alimentos, combustible y atención médica. Gillibrand calificó el conflicto como “impopular y no autorizado” y cuestionó las prioridades presupuestarias de la administración.
La tensión entre el costo fiscal de la guerra y las necesidades económicas domésticas se perfila como uno de los frentes políticos más sensibles para la Casa Blanca de cara a las elecciones de medio término, con potencial incidencia incluso en la futura composición del Senado.
Bajas militares y el costo humano del conflicto
Más allá del impacto presupuestario, la guerra sigue cobrando vidas. El Pentágono confirmó que el número de militares estadounidenses fallecidos ascendió a 18, tras nuevas bajas registradas durante el fin de semana, entre ellas la del sargento Michael Emmanuel Swinton, muerto por la explosión de un dron iraní en Irak. Según datos oficiales, unos 100 efectivos han resultado heridos desde principios de julio.
Comercio energético y seguridad en el estrecho de Ormuz
Hegseth también reveló que la Marina estadounidense mantiene, desde mayo, una operación reservada destinada a garantizar la navegación comercial en el estrecho de Ormuz, uno de los pasos energéticos más relevantes del planeta. Según el funcionario, ese despliegue permitió facilitar el tránsito de hasta 500 millones de barriles de petróleo, mitigando el impacto que el conflicto podría tener sobre el comercio internacional de hidrocarburos. No obstante, el propio Hegseth reconoció que Irán mantiene prácticamente cerrado el tráfico marítimo en la zona, mientras los hutíes amenazan con extender la inestabilidad a rutas alternativas en el mar Rojo.
El respaldo de China y Rusia a Teherán
En otro pasaje relevante de la audiencia, Hegseth aseguró que China y Rusia brindan apoyo a Irán “en diferentes niveles”, facilitando parte de las actividades desplegadas por Teherán durante la guerra. El secretario no precisó el alcance concreto de esa cooperación, lo que dejó abierta una incógnita sobre el verdadero peso de los actores externos en la capacidad de resistencia iraní.
La autoridad legal para sostener la guerra, en el centro del debate
Un tercer eje de discusión giró en torno a la legalidad de continuar las operaciones militares sin una nueva autorización expresa del Congreso. La senadora republicana Lisa Murkowski preguntó si la Casa Blanca consideraba necesario un nuevo aval legislativo para mantener la campaña. Hegseth respondió que la administración entiende que ya cuenta con la autoridad necesaria para proseguir las acciones en curso, una postura que reabre el histórico debate sobre los límites del poder ejecutivo en materia de guerra.
Un conflicto sin fecha de cierre y con riesgo de nueva escalada
El origen de la actual ofensiva se remonta al 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos contra Irán con el argumento de impedir que el régimen iraní adquiriera armas nucleares. Un alto el fuego alcanzado en abril, junto con un marco para futuras negociaciones, quedó debilitado por la reanudación de los ataques de ambas partes, lo que reavivó los temores de una escalada mayor. A ese escenario se suma la advertencia del presidente Trump sobre una posible nueva ofensiva contra la denominada montaña Pickaxe, otro emplazamiento iraní bajo sospecha de albergar instalaciones nucleares.
Con un costo que ya asciende a 37.500 millones de dólares, una solicitud adicional cercana a los 90.000 millones y sin un horizonte claro de finalización, la guerra contra Irán se consolida como un desafío fiscal, militar y político de primer orden para Washington, cuyas consecuencias económicas podrían proyectarse mucho más allá del propio conflicto.



