Los mercados energéticos mundiales atraviesan su convulsión más severa desde la crisis del gas de 2022. La combinación de una guerra abierta entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el cierre efectivo del estrecho de Ormuz y la amenaza del Kremlin de cortar el suministro de gas a Europa ha disparado los precios del gas de referencia europeo hasta los 54,3 euros por megavatio-hora (MWh), casi el doble de los 31,9 euros MWh registrados el viernes previo a los primeros ataques estadounidenses contra Irán. Los futuros del índice de referencia acumulan una subida superior al 50% en apenas una semana de conflicto, y el mercado no atisba aún un horizonte de resolución.
El cierre de Ormuz: un quinto del gas mundial atrapado en el Golfo
El detonante inmediato de la crisis es geográfico y de una contundencia difícil de exagerar. El estrecho de Ormuz, por el que transita normalmente alrededor de una quinta parte de los suministros mundiales de gas natural licuado (GNL), se encuentra prácticamente paralizado para el tráfico de petroleros. El golpe más concreto llegó con el ataque de un dron iraní que forzó el cierre de Ras Laffan, la mayor planta de exportación de GNL del mundo, operada por Catar. La interrupción de esta instalación cardinal tiene un alcance global: aunque Asia absorbe la mayor parte del GNL catarí, cualquier reducción sostenida de la oferta disponible presiona al alza los precios en todos los mercados, incluido el europeo.
Baird Langenbrunner, analista de Global Energy Monitor, advirtió de que el cierre de Qatar tendrá un efecto dominó en el mercado mundial de GNL hasta que se restablezca la producción, sin que por ahora exista ninguna certeza sobre cuándo podría ocurrir. La magnitud del impacto ya ha empujado a varios países asiáticos a buscar alternativas de suministro urgentes: Taiwán ha asegurado cargamentos de GNL para abril procedentes de fuera de Oriente Próximo, mientras que Tailandia explora el mercado en busca de cargamentos adicionales.
El flanco ruso: Putin amenaza con adelantar el corte de gas
Si el frente de Oriente Medio es una amenaza coyuntural, el frente ruso es una amenaza estructural que acaba de acelerarse peligrosamente. El presidente Vladimir Putin declaró el miércoles que estudia detener de forma inmediata todos los envíos de gas a Europa, aprovechando el caos de Ormuz para consolidar nuevos mercados en China e India. La lógica del Kremlin es de una claridad brutal: si la prohibición europea de las importaciones rusas es inevitable en los próximos meses, vale más anticiparse y reorientar los flujos hacia socios más leales. El propio Putin lo expresó en términos sin ambigüedad en una entrevista local: «Si de todos modos van a cerrar ellos el suministro en unos meses, ¿por qué no parar de enviarles gas ahora y aprovechar para afianzar mercados donde nuestros socios son más fiables?», añadiendo que ya ha dado instrucciones a las empresas energéticas rusas para trabajar en esa dirección.
El problema para Europa es que ese 13% de suministro que aún recibe de Rusia, unos 40.900 millones de metros cúbicos anuales, no es una cifra despreciable en un contexto de mercado alterado. La Unión Europea había trazado una hoja de ruta cuidadosamente escalonada para desengancharse del gas ruso: desde el 25 de abril se prohíben los contratos de GNL a corto plazo; a partir del 17 de junio, los contratos a largo plazo por gasoducto; en enero de 2027, la prohibición total de GNL ruso; y en septiembre de 2027, el veto al gas por gasoducto. Ese calendario asumía un mercado sobreabastecido que amortiguase los ajustes. La guerra de Irán ha destruido ese supuesto.
La infraestructura del gas ruso que aún nutre a Europa
Para comprender la exposición real, conviene repasar la arquitectura de flujos que todavía conecta a Rusia con el mercado europeo. El Nordstream fue inutilizado en 2022, y a finales de 2025 se clausuró el Brotherhood, el último gasoducto directo entre Rusia y la Unión Europea que atravesaba Ucrania y cuya capacidad oscilaba entre los 100.000 y los 120.000 millones de metros cúbicos anuales. Su no renovación ya provocó disrupciones serias en el mercado europeo el año pasado.
Sin embargo, Rusia mantiene activo el TurkStream, un gasoducto submarino que cruza el mar Negro hasta la parte europea de Turquía con una capacidad de 31.500 millones de metros cúbicos anuales. Esta arteria sigue siendo un sostén clave para los Balcanes y Europa central y oriental. Más allá del gas por tubería, Rusia realiza envíos masivos de GNL a los puertos del Viejo Continente, especialmente los occidentales. España, Francia y Bélgica se encuentran entre sus principales receptores. El bloque europeo recibía 20.000 millones de metros cúbicos de GNL ruso y 18.000 millones a través del TurkStream, lo que suma ese 13% total del consumo europeo que el Kremlin amenaza con cortar.
Quién depende más: del 12,7% español al 75% húngaro
La distribución de la dependencia no es uniforme. Francia, pese a no ser una economía percibida como estructuralmente dependiente de Moscú, acumula el 40% de todas las compras de gas ruso realizadas en la Unión Europea en términos de volumen absoluto. En términos relativos, los casos más extremos son Hungría, donde tres cuartas partes del consumo de gas provienen de Rusia, y Eslovaquia, donde representa en torno a un tercio. En el extremo opuesto, España registra una dependencia moderada: según el boletín estadístico de Enagás, Rusia fue el tercer mayor proveedor del país en enero, con un 12,7% del suministro global y un 10,9% de media en los últimos doce meses. La diversificación geográfica de los gasoductos españoles y la capacidad de regasificación instalada ofrecen un margen de maniobra del que carecen los socios del este del continente.
Los precios y el recuerdo de 2022
El miedo que recorre ahora los mercados tiene un referente muy preciso. En 2022, cuando Putin cortó el suministro de gasoducto como represalia por las sanciones occidentales, los precios del TTF alcanzaron la cifra de 348 euros por MWh un día de agosto, con subidas de hasta el 231% en la República Checa y del 165% en Rumanía. Los apagones masivos y el racionamiento obligatorio dejaron de ser hipótesis académicas para convertirse en escenarios de planificación concreta. La Comisión Europea tuvo que activar el artículo 122 de los Tratados para aprobar normas de emergencia sin pasar por el procedimiento legislativo ordinario, incluyendo un plan de reducción forzosa del consumo y un mecanismo de tope de precios. Los Estados miembros construyeron terminales flotantes de GNL a una velocidad sin precedentes, como la terminal alemana levantada en 194 días, y los gobiernos inyectaron miles de millones en ayudas directas a hogares e industrias, inflando sus deudas públicas para evitar el colapso social.
Los precios nunca recuperaron los niveles anteriores a 2022, instalando una nueva normalidad de costes energéticos que ha erosionado la competitividad europea frente a Estados Unidos y China. Los economistas de ABN Amro Bank, encabezados por Moutaz Altaghlibi, señalan que Europa está mejor preparada que entonces gracias a la diversificación del GNL y a la expansión de las energías renovables, pero advierten de que una interrupción prolongada podría volver a elevar la presión de forma significativa. El impacto económico, subrayan, depende en gran medida de la duración del choque de precios.
Las reservas europeas: un punto débil estructural
El mercado europeo del gas afronta este nuevo choque en condiciones de partida más frágiles de lo deseable. Los prolongados períodos fríos de este invierno han agotado unas reservas que ya eran escasas, obligando al bloque a reforzar sus compras de GNL este verano para reponerlas. Eso significa que Europa entrará en la siguiente temporada de calefacción compitiendo con los grandes compradores asiáticos, China, Corea del Sur, Japón e India, por los mismos cargamentos, en un escenario en que el GNL catarí ha desaparecido temporalmente del mercado global. Si Asia se ve obligada a absorber una proporción mayor del GNL estadounidense, Europa tendrá que pujar más caro por los volúmenes restantes o acelerar la contratación de suministros alternativos de Noruega, Argelia y Nigeria.
Los gobiernos europeos activan sus planes de contingencia
La respuesta política ya se ha puesto en marcha a varios niveles. En los Países Bajos, el nuevo primer ministro Rob Jetten declaró que su gobierno está dispuesto a adoptar medidas adicionales si fuera necesario, alertando sobre el posible impacto en las reservas estratégicas tanto nacionales como de otros socios europeos. En España, el presidente Pedro Sánchez anunció que su gobierno estudia escenarios y posibles medidas para ayudar a hogares, trabajadores, empresas y autónomos ante un eventual agravamiento del conflicto. El presidente francés Emmanuel Macron fue más lejos y anunció en un discurso televisado su intención de construir una coalición internacional, con participación de medios militares, para proteger el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, el canal de Suez y el mar Rojo. Macron invocó explícitamente los intereses económicos europeos en juego: «Los precios del petróleo, del gas y la situación del comercio internacional están sufriendo una profunda perturbación por esta guerra», declaró.
Desde Bruselas, los funcionarios de la Comisión Europea insisten en que el bloque está bien abastecido, dado que alrededor del 58% de sus importaciones de GNL proceden de Estados Unidos y Qatar representa apenas el 8%. Sin embargo, ese argumento no contempla el efecto indirecto: si los grandes consumidores asiáticos de GNL catarí se ven obligados a reconvertirse en compradores masivos de GNL estadounidense, la presión sobre la oferta disponible para Europa se intensificaría de manera considerable, elevando los precios a niveles difícilmente previsibles en este momento.
Un sistema que no estaba diseñado para dos choques simultáneos
La singularidad de la crisis actual reside en su naturaleza de doble frente. En 2022, el choque fue exclusivamente ruso y afectó al gas de gasoducto. Europa respondió diversificando sus fuentes hacia el GNL, construyendo nueva infraestructura y firmando contratos a largo plazo con proveedores alternativos. Ese modelo de respuesta funciona cuando el mercado global de GNL está bien abastecido. Hoy, precisamente ese mercado está sometido a una interrupción sin precedentes en el estrecho de Ormuz, mientras la fuente rusa de la que el continente aún depende en un 13% amenaza con desaparecer de golpe en lugar de hacerlo de forma gradual según el calendario previsto. Europa se enfrenta, en suma, a la posibilidad de perder simultáneamente el GNL de Oriente Próximo y el gas ruso, teniendo que competir en un mercado global tensado contra economías asiáticas de gran tamaño y con reservas propias ya mermadas. Es exactamente el escenario para el que el plan de desenganche del gas ruso no estaba diseñado.




