El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva volvió a hacer, esta semana, lo que ya había hecho antes en privado ante el propio papa Francisco, decirle a la Iglesia Católica cómo debería reformarse para no «pasar dificultades». El 16 de septiembre, en un encuentro en el Palacio del Planalto con pastores evangélicos brasileños, estadounidenses y cubanos, a menos de tres semanas del primer turno de las elecciones brasileñas de 2026, Lula afirmó que la Iglesia seguirá enfrentando problemas mientras mantenga el celibato sacerdotal y no permita que las mujeres sean sacerdotes y obispas. A su juicio, el hecho de que las mujeres sean «tratadas en igualdad de condiciones» en las iglesias evangélicas explicaría el crecimiento de esas comunidades en Brasil.

Conviene decirlo sin rodeos. No se trata de una opinión política sobre religión, sino de un presidente pronunciándose sobre teología sacramental sin el menor asomo de conocerla. Y esa combinación, autoridad política más incompetencia doctrinal, es exactamente el tipo de atrevimiento que ninguna institución, y mucho menos la Iglesia, está obligada a tomar en serio como consejo pastoral.

Un jefe de Estado puede opinar sobre cualquier cosa. Lo que no puede hacer, sin exponerse a la crítica, es presentar una ignorancia teológica como si fuera una propuesta de reforma razonable, y hacerlo además en el marco de una campaña electoral, ante un auditorio religioso al que evidentemente está cortejando. Eso no es diálogo interreligioso, es cálculo político disfrazado de preocupación pastoral.

La Iglesia no se gobierna por encuestas ni por conveniencia electoral

La Iglesia Católica no es un partido, una empresa ni una ONG que ajusta sus estatutos según el clima de opinión o la competencia del mercado. Su doctrina no nace de un comité de estrategia ni se revisa cuando conviene electoralmente a un gobierno. Para el catolicismo, la Iglesia custodia un depósito de la fe que le fue confiado, no una plataforma de gobierno corporativo que deba modernizarse para «competir» con otras confesiones.

Que un presidente, católico de nombre pero evidentemente ajeno a la teología católica, sugiera que la Iglesia debería cambiar su estructura sacramental para ganar fieles, revela una confusión de categorías tan elemental que sorprende que provenga de alguien que se ha sentado, según sus propias palabras, a darle ese consejo al mismísimo Papa. No es un gesto de cercanía religiosa, es una falta de respeto disfrazada de familiaridad.

La Iglesia Católica, además, no pertenece al lulismo ni al bolsonarismo. No es botín de ningún proyecto político brasileño, ni de derecha ni de izquierda, y su independencia doctrinal es precisamente lo que le permite juzgar moralmente a cualquier gobierno sin quedar subordinada a él. Que un presidente pretenda dictarle su reforma interna a cambio de buenas relaciones con un segmento electoral solo confirma cuánto necesita la política aprender a mantener las manos fuera de lo que no comprende.

El sacerdocio no es un cargo que se reparta por cuotas

Lula habla del sacerdocio como si fuera un puesto de gerencia que debería distribuirse según criterios de representación. Es un error de base, porque para la Iglesia Católica el sacerdocio ministerial no es una posición de poder, ni un derecho civil, ni una cuota que corregir. Es un sacramento vinculado directamente a la misión que Cristo confió a los Apóstoles, y ninguna autoridad humana, ni civil ni eclesiástica, tiene la potestad de modificarlo por conveniencia.

El Nuevo Testamento muestra que Cristo eligió a los Doce entre varones, y la Iglesia ha entendido esa elección como parte constitutiva del ministerio sacramental, no como una costumbre cultural revisable. La Carta a los Hebreos lo expresa con total claridad, «nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios» (Hb 5,4). El sacerdocio no se otorga, se recibe; no se conquista, se es llamado a él.

Juan Pablo II fue explícito en Ordinatio sacerdotalis, donde recuerda que la Iglesia ha conservado constantemente la reserva de la ordenación sacerdotal a los hombres, y declaró que la Iglesia «no tiene en modo alguno la facultad» de conferirla a las mujeres. No es una prohibición disciplinaria pendiente de actualización. Es una afirmación sobre los límites de la propia autoridad eclesial frente a lo que considera constitución divina del sacramento. Sugerir, como hace Lula, que basta con «permitir» el sacerdocio femenino para resolver un problema de crecimiento, es no haber entendido absolutamente nada de lo que la Iglesia dice sobre sí misma.

María, la mayor dignidad femenina de la historia cristiana, no pasó por el sacerdocio

Aquí está, quizás, el punto que más debería avergonzar a quien reduce la dignidad de la mujer al acceso a un cargo eclesiástico. Si el sacerdocio fuera la medida de la dignidad femenina, la figura femenina más venerada en toda la historia del cristianismo, María de Nazaret, quedaría inexplicablemente rebajada. Y sin embargo, ninguna teología ha exaltado tanto a una mujer.

María no fue sacerdote ni obispa. Fue, según la fe católica, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, «miembro excelentísimo y enteramente singular» del pueblo de Dios y, según el Concilio Vaticano II, tipo y modelo de la Iglesia misma. Recibió al Verbo en su seno al pronunciar su fiat («he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra», Lc 1,38), permaneció junto a la cruz cuando los Apóstoles huyeron (Jn 19,25), fue confiada por Cristo al discípulo amado («mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre», Jn 19,26-27) y oró junto a la comunidad apostólica tras la Ascensión (Hch 1,14). San Justino y San Ireneo la presentaron como la Nueva Eva, cuya obediencia participa de un modo único en la historia de la salvación. El Concilio de Éfeso, al proclamarla Theotokos, defendió la verdad central de que quien nació de María es verdaderamente Dios hecho hombre.

La propia Ordinatio sacerdotalis recurre a María para zanjar exactamente el error en el que incurre Lula. Recuerda que María, siendo Madre de Dios y de la Iglesia, no recibió el ministerio apostólico ni el sacerdocio ministerial, y que eso jamás puede interpretarse como una dignidad menor. Convertir el sacerdocio en el termómetro de la igualdad femenina no es una posición progresista, es una regresión teológica que ignora que la Iglesia ha reconocido en una mujer, sin sacerdocio alguno, la dignidad más alta después de Cristo.

La Iglesia es Esposa y Madre, no una gerencia masculina que corregir

Reducir la cuestión de la mujer en la Iglesia a un problema de organigrama revela, además, un profundo desconocimiento del modo en que el cristianismo entiende a la Iglesia misma. San Pablo, en su Carta a los Efesios, presenta a Cristo como Esposo y a la Iglesia como Esposa, «así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25), y llama a esa unión «un gran misterio» referido a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,32). No es una metáfora decorativa, sino parte del misterio central de la eclesiología católica. La tradición añade que la Iglesia es también Madre, y que María es figura y anticipo de esa Iglesia, a la vez virgen, esposa y madre.

Quien mira a la Iglesia únicamente como una jerarquía de cargos disponibles o vetados no ha entendido que, en su propia autocomprensión, la Iglesia no es ante todo una estructura de poder, sino un misterio nupcial. Pedirle que se «modernice» en esos términos es aplicarle una categoría, la de organización burocrática, que la teología católica rechaza desde su raíz.

Y hay algo más que la política suele olvidar. San Pablo llama a la Iglesia «columna y sostén de la verdad» (1 Tim 3,15). No es una asociación religiosa entre otras, sujeta a revisión según el humor de la época o el resultado de una elección. Es, para la fe católica, la depositaria visible de la verdad revelada, con una misión que no admite plebiscitos ni reformas de conveniencia. Quien le exige que se ajuste al mercado religioso no le está pidiendo que evangelice mejor, le está pidiendo que deje de ser lo que es.

El celibato no es un obstáculo comercial que la Iglesia deba eliminar

El segundo reclamo de Lula, que el fin del celibato ayudaría a la Iglesia a competir con el crecimiento evangélico, parte de la misma lógica de mercado religioso que la Iglesia Católica no reconoce como criterio válido. El celibato sacerdotal no es un accidente histórico corregible, sino una disciplina antigua, arraigada y valorada teológicamente por la Iglesia Católica, vinculada a la entrega indivisa del sacerdote a Cristo y a su Iglesia.

El Concilio Vaticano II lo dice con claridad, la continencia perfecta y perpetua por el Reino ha sido tenida «en gran aprecio por la Iglesia, especialmente para la vida sacerdotal», como signo y estímulo de la caridad pastoral y fuente de fecundidad espiritual. El mismo Concilio aclara que el celibato no pertenece a la naturaleza misma del sacerdocio, y que en algunas comunidades de rito oriental en plena comunión con Roma existen presbíteros casados. Esto no es una fisura ni una contradicción interna, es la misma Iglesia Católica, una y sola, distinguiendo con precisión entre lo doctrinal, que es invariable, y lo disciplinar, que es adaptable según la tradición pastoral, algo que el argumento de Lula ni siquiera intenta considerar.

El celibato no se sostiene porque haya demostrado ser una estrategia de crecimiento. Se sostiene porque la Iglesia lo considera un bien espiritual en sí mismo. Pedir su abolición por motivos de competencia religiosa es, otra vez, aplicarle a la vida consagrada una lógica de rendimiento que le es completamente ajena.

Una ruptura de hace 1.500 años no puede erigirse en modelo doctrinal

Hay, además, un error de fondo, y de una gravedad que no puede minimizarse, en todo el planteamiento de Lula. Presentar a las comunidades evangélicas surgidas de la Reforma como si fueran una versión más «actualizada» y exitosa de la misma Iglesia que el catolicismo habría dejado atrás no es una opinión discutible, es una lectura que ignora quince siglos de historia y que invierte por completo el orden de los hechos.

La Iglesia Católica sostiene su continuidad ininterrumpida con la comunidad fundada por Jesucristo y edificada sobre los Apóstoles. Las comunidades surgidas de la Reforma protestante aparecen quince siglos después, como fruto de una ruptura, no como origen de nada. Y de esa ruptura inicial se desprendieron, con el paso de los siglos, cientos y cientos de denominaciones distintas, con frecuencia divididas entre sí, sin comunión doctrinal ni de gobierno, y muchas veces en desacuerdo unas con otras sobre cuestiones tan centrales como la naturaleza de los sacramentos, la autoridad de la Escritura o el sentido mismo de la salvación. Ese fraccionamiento continuo no es un signo de vitalidad, es la consecuencia lógica de haber roto con el principio de unidad que Cristo pidió para su Iglesia (Jn 17,21).

Presentar ese resultado, una multiplicación constante de comunidades sin unidad de fe ni de gobierno, nacida de una ruptura tardía, como el estándar que la Iglesia Católica debería imitar para «crecer» invierte el criterio. No se le puede pedir a la Iglesia que aprenda de una fragmentación que ella misma nunca produjo, y que la propia historia del protestantismo no ha logrado resolver en cinco siglos. Que algunas de esas denominaciones crezcan más rápido en un país o en una década no las convierte en depositarias de una plenitud doctrinal que ellas mismas, en su enorme diversidad interna, ni siquiera comparten entre sí.

Y ese fraccionamiento no se detuvo en el siglo XVI, continúa hoy, a diario, con nuevas iglesias, nuevos ministerios y nuevos liderazgos que se separan unos de otros por diferencias doctrinales que ni siquiera logran resolver entre sí. El protestantismo, en su conjunto, no tiene un cuerpo doctrinal unificado, ni una autoridad común que zanje sus disputas internas, ni una interpretación compartida de cuestiones tan básicas como los sacramentos, la salvación, la naturaleza de la Escritura o el ministerio ordenado. Es, por definición, una realidad plural y con frecuencia contradictoria entre sus propias ramas. Y precisamente por eso, por carecer de un cuerpo doctrinal homogéneo, no puede erigirse en parámetro ni en ejemplo doctrinal de nada. No hay «la» doctrina evangélica que la Iglesia Católica debiera imitar, porque ni el propio universo evangélico logra ponerse de acuerdo sobre cuál sería.

La Iglesia Católica es la continuidad histórica y teológica del cristianismo original

Frente a esa dispersión, la Iglesia Católica sostiene algo que ninguna de esas comunidades puede sostener con el mismo fundamento, una sucesión ininterrumpida, de obispo en obispo, que se remonta a los Apóstoles y a Cristo mismo, y que se mantiene vigente, sin ruptura, desde su fundación hace dos mil años. No es una entre tantas iglesias cristianas equivalentes que compiten por fieles en igualdad de condiciones históricas. Es el tronco del que las demás comunidades se desprendieron en distintos momentos de la historia, el Oriente cristiano en el siglo XI, la Reforma protestante en el siglo XVI, y desde entonces cientos de escisiones sucesivas que no han dejado de multiplicarse. El protestantismo, precisamente por nacer de una ruptura y no de una fundación, se fragmenta cada vez más en denominaciones que sostienen doctrinas contradictorias entre sí sobre cuestiones centrales de la fe, sin autoridad común que zanje esas diferencias ni horizonte de unidad a la vista. Esa fragmentación creciente no es un dato menor, es la prueba misma de que el protestantismo no puede erigirse en modelo ni en ejemplo doctrinal de nada, como pretendió Lula. Solo una Iglesia que permanece idéntica a sí misma desde su origen puede reclamar continuidad con la fe recibida directamente de Cristo; una realidad que se sigue dividiendo cinco siglos después de su ruptura no está en condiciones de servir de parámetro para nadie.

El crecimiento numérico no es, ni ha sido nunca, un criterio de verdad

Aquí está el núcleo del error de Lula, y probablemente el más grave, confundir estadística con teología. Incluso si una comunidad religiosa creciera más rápido que otra, ese dato no demuestra absolutamente nada sobre la verdad de su doctrina. La Iglesia Católica no entiende su misión como una competencia por cuotas de mercado religioso, sino como el anuncio de una verdad que no depende de su popularidad para serlo.

Que un presidente convierta ese principio elemental, que verdad y popularidad no son lo mismo, en un consejo de reforma eclesial, y que lo haga además con el aplomo de quien cree estar dándole una lección útil a la Iglesia, no es solo un error teológico, es una forma de soberbia política que confunde autoridad de Estado con autoridad doctrinal. Nadie eligió a Lula para interpretar el Evangelio, la eclesiología o la teología sacramental, y ese detalle, tan obvio, parece habérsele escapado por completo.

La Iglesia tiene su propia doctrina social, y no la recibe de ningún gobierno de turno

Hay otro punto que conviene dejar establecido con toda claridad. La Iglesia Católica no llega a estas discusiones con las manos vacías, necesitando que un presidente le indique cómo pensar lo social, lo económico o lo político. Tiene su propio cuerpo doctrinal en esas materias, la Doctrina Social de la Iglesia, elaborado a lo largo de más de dos mil años de reflexión teológica y moral, con encíclicas, concilios y magisterio que han examinado el trabajo, la propiedad, la justicia, la dignidad humana, el poder y el bien común mucho antes de que existieran los partidos que hoy pretenden darle lecciones.

Esa doctrina no es un archivo muerto. Es la misma tradición que dio forma a buena parte de la civilización occidental, que fundó y sostuvo las primeras universidades de Europa, que preservó el conocimiento clásico durante los siglos en que ninguna otra institución podía hacerlo, que impregnó el derecho, la moral pública y las categorías básicas de dignidad humana que hoy incluso sus críticos dan por sentadas. Ningún gobierno, de ningún signo, puede exhibir una continuidad semejante ni un legado cultural comparable.

Por eso resulta, cuando menos, desproporcionado que un presidente, cuyo mandato dura cuatro años y está sujeto a los vaivenes de una elección, se sienta con autoridad moral para corregirle la doctrina a una institución que ha atravesado imperios, repúblicas, dictaduras y democracias sin depender de ninguna de ellas para sostenerse. Ningún caudillo de turno, sea del signo que sea, está más capacitado que otro para reformar una doctrina que no responde ante el poder político, precisamente porque su origen y su fundamento no son políticos. Pretender que una Iglesia bimilenaria ajuste su estructura sacramental a la conveniencia electoral de una legislatura no es una propuesta de reforma, es una desproporción de origen, casi una falta de perspectiva histórica elemental.

Ni Lula ni el bolsonarismo son ejemplo de fidelidad cristiana

Todo esto debería llevar a una conclusión incómoda para ambos bandos. Ni Lula ni el bolsonarismo representan, desde una doctrina cristiana íntegra y coherente consigo misma en lo religioso, lo social, lo político y lo económico, un referente al que el catolicismo brasileño pueda mirar con confianza.

Lula se presenta como católico, pero sus propias palabras en el Planalto, pedirle a la Iglesia que abandone el celibato y que ordene mujeres como si se tratara de un ajuste de imagen electoral, atentan directamente contra lo que la Iglesia entiende como constitución sacramental recibida de Cristo. No es una discrepancia menor ni una opinión personal inofensiva. Es, desde la propia lógica católica, una injerencia sobre lo que un fiel no tiene autoridad para modificar, agravada por el hecho de presentarla como consejo bienintencionado mientras corteja electoralmente a otra confesión. Quien se dice católico y al mismo tiempo le exige a la Iglesia que renuncie a lo que ella considera constitutivo de su propia identidad no está dialogando con su fe, está atentando contra ella.

El bolsonarismo, por su parte, tampoco puede presentarse como un ejemplo fiel de cristianismo, aunque el problema tenga otra naturaleza. El senador Flávio Bolsonaro, candidato del movimiento a la Presidencia en 2026, no se identifica como católico sino como evangélico practicante, y ha convertido su fe en el eje central de su campaña, con bautismos repetidos y referencias constantes a la «batalla espiritual» en sus discursos y redes sociales. Eso no lo hace, sin embargo, un ejemplo de coherencia cristiana. El bolsonarismo ha tratado la religión como una herramienta de conveniencia electoral más que como una doctrina que se respeta y se obedece, y sus posiciones y su estilo político, marcados por la exaltación de la violencia y el desprecio por buena parte de la doctrina social sobre los más vulnerables, distan de la coherencia y énfasis de la tradición cristiana primitiva e histórica.

Un católico brasileño formado en su propia doctrina no tiene por qué escoger entre dos proyectos políticos que instrumentalizan la religión en direcciones distintas. Puede y debe ser exigente, atento y crítico con ambos, sin conceder a ninguno el título de intérprete legítimo del cristianismo, porque ninguno lo es, ni en lo doctrinal, ni en su propuesta social, política o económica. La fidelidad católica no se mide por la cercanía táctica a un gobierno, sino por la coherencia con una doctrina que ningún candidato, de ningún signo, tiene autoridad para reescribir a su medida.

Ni Lula ni el bolsonarismo son la Iglesia, y ningún poder político lo será

El episodio deja además una advertencia que trasciende a Lula. La Iglesia Católica no puede convertirse en propiedad de ningún proyecto partidario, ni del lulismo ni del bolsonarismo, como tampoco puede subordinar su doctrina a Washington, a Jerusalén o a cualquier otro centro de poder. La Iglesia mantiene, por definición, una distancia crítica frente a todos los poderes políticos. Puede reconocer lo que considera justo y denunciar lo que considera injusto, pero jamás puede convertirse en instrumento de un gobierno, de una oposición o de una campaña electoral, sea cual sea el color con el que se presente.

Que Lula se acerque a sectores evangélicos en plena campaña, o que sectores bolsonaristas hagan lo mismo, no convierte a ninguna confesión religiosa en apéndice de un bando político. Ambos gestos son, en el fondo, la misma tentación, usar la fe ajena como herramienta electoral, calculando votos donde debería haber, en el mejor de los casos, respeto.

Y conviene decirlo con la misma franqueza hacia el otro extremo del espectro político brasileño. Buena parte del bolsonarismo ha construido su propia instrumentalización religiosa, en este caso apoyada en el llamado sionismo cristiano, una corriente que interpreta el respaldo incondicional al Estado de Israel como un mandato bíblico y que tiene fuerte arraigo en sectores evangélicos alineados con la política estadounidense con Trump como «ungido». Flávio Bolsonaro ha construido buena parte de su capital político evangélico precisamente sobre ese eje, viajando al río Jordán para «renovar su alianza con Dios» ya como precandidato, y alineándose sin matices con la política exterior estadounidense en la materia, replicando en Brasil un guion importado de Estados Unidos, donde esa misma corriente evangélica sionista prolifera con enorme fuerza política y ha sido determinante en buena parte de la agenda exterior de sus gobiernos más conservadores.

Esa corriente, más allá de su peso electoral, plantea una contradicción de fondo con el cristianismo mismo. Convertir el respaldo incondicional a un Estado contemporáneo en un mandato de fe subordina el mensaje universal de Cristo, dirigido a todos los pueblos sin distinción, a la fortuna política de una nación particular. Ningún Estado, por más significado histórico o bíblico que se le atribuya en su forma antigua, puede ocupar el lugar que el cristianismo reserva exclusivamente a Cristo, y convertir esa lealtad geopolítica en artículo de fe es tan ajeno a la doctrina cristiana como pedirle a la Iglesia Católica que reforme sus sacramentos por conveniencia electoral. Esa alianza entre una franja del evangelismo, el nacionalismo religioso estadounidense y el bolsonarismo es tan instrumental como la que se critica en Lula. En ambos casos, la fe deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un activo electoral que se explota según convenga.

Una Iglesia que no necesita ganar ninguna competencia

La Iglesia Católica puede y debe preguntarse cómo evangelizar mejor, cómo acercarse a los jóvenes, cómo formar mejor a sus fieles. Lo que no puede hacer, ni debe, es convertir el crecimiento numérico en criterio para decidir qué debe creer. Si una doctrina es verdadera, no deja de serlo porque resulte menos popular que otra. Si una disciplina tiene una razón espiritual, no la pierde porque otra comunidad religiosa haya optado por una diferente. Y si el sacerdocio es un sacramento y no un cargo político, ninguna presión electoral puede alterar su naturaleza.

La Iglesia puede preguntarse cómo anunciar mejor la verdad que ha recibido. Lo que no tiene que preguntarse, y mucho menos porque se lo sugiera un presidente en campaña, es qué parte de esa verdad debería sacrificar para crecer más rápido. Porque, para el catolicismo, la pregunta decisiva nunca ha sido cuántos son.

La pregunta es si permanece fiel. Y esa fidelidad, a diferencia de las encuestas y las estrategias electorales, no se negocia en el Palacio del Planalto.