La industria de capital privado y activos alternativos en América Latina atraviesa un momento de redefinición profunda. Durante 2025, la región captó US$8.570 millones en nuevos fondos y ejecutó inversiones por US$25.600 millones distribuidas en 947 transacciones, cifras que confirman que el mercado ha alcanzado una masa crítica suficiente para operar con relativa independencia de los ciclos de euforia que caracterizaron años anteriores. El balance no representa un máximo histórico, pero sí una señal de consolidación: la actividad se sostiene incluso cuando el fundraising se modera y los inversionistas elevan sus exigencias.

Ese desempeño regional se inscribe en un contexto global donde la industria de activos alternativos administra US$16,4 billones y mantiene US$3,9 billones en capital ya comprometido pero todavía no desplegado, conocido como dry powder. Esa reserva actúa como colchón que permite a los gestores continuar ejecutando inversiones sin depender exclusivamente de nuevos levantamientos de capital, lo que explica buena parte de la resiliencia que muestra el mercado latinoamericano frente a entornos externos más volátiles.

Una brecha que el sistema tradicional no puede cerrar

El crecimiento de los mercados privados en la región no obedece únicamente a la búsqueda de rendimientos superiores. Responde también a una necesidad estructural que los sistemas bancarios tradicionales y los mercados de capitales públicos no han logrado cubrir. El CFA Institute estima que América Latina enfrenta una brecha anual de financiamiento cercana a US$650.000 millones en sectores como infraestructura, transición energética, logística y crédito corporativo.

Ante ese déficit, los fondos privados han comenzado a asumir funciones que históricamente correspondían a la banca y a los mercados bursátiles. El crédito privado financia empresas medianas que no tienen acceso a los mercados de deuda pública; los fondos de infraestructura cubren proyectos que el sector público no puede financiar por sí solo; y los activos reales se consolidan como una fuente de diversificación para portafolios institucionales que buscan retornos ajustados por riesgo en horizontes de largo plazo.

La magnitud del cambio queda clara en la trayectoria del crédito privado a nivel mundial: los activos bajo administración de ese segmento pasaron de alrededor de US$158.000 millones en 2010 a casi US$2 billones a mediados de 2024. En América Latina, aunque el crédito privado representa todavía menos del 1% del financiamiento corporativo regional, el segmento muestra un dinamismo evidente. Solo en 2025, los fondos especializados en deuda privada con estrategias enfocadas en la región captaron alrededor de US$800 millones, mientras actores como Patria, Darby International Capital y otros administradores locales desarrollan vehículos dedicados a este tipo de activos.

Los grandes fondos que marcan el ritmo

El peso de la industria regional se refleja con nitidez en el tamaño de los vehículos más relevantes del último ciclo de captación. El Patria Infrastructure Fund V, de Brasil, encabeza el listado con US$2.355 millones levantados, seguido por el BTG Pactual Brazil Timberland Fund II con US$1.240 millones. En el segmento de deuda de infraestructura, el CAF-AM Ashmore Colombia Infrastructure Debt Fund II cerró con US$440 millones, mientras que el Ashmore Andean Fund III alcanzó US$420 millones. El Vinci Climate Change Fund captó US$389 millones y el CIFI Sustainable Infrastructure Debt Fund, con foco en América Latina, llegó a US$300 millones.

Los datos de LAVCA complementan ese panorama: en 2024 se registraron 65 fondos dedicados a América Latina con cierres de captación y 707 transacciones de capital privado divulgadas en la región, lo que confirma la densidad operativa que ha alcanzado el ecosistema.

Los retornos que sostienen el interés institucional

Una de las razones por las que los inversionistas institucionales continúan comprometiendo capital en mercados privados latinoamericanos es la competitividad de los retornos frente a otras clases de activos. Entre 2018 y 2024, la tasa interna de retorno promedio del capital privado a nivel global alcanzó 14,34%, mientras que el capital emprendedor registró 13% y la infraestructura, 9,19%. En un entorno donde la renta fija soberana y corporativa enfrenta presiones de tasas y duración, esas cifras resultan suficientemente atractivas para sostener la asignación hacia vehículos alternativos, pese a la mayor complejidad de su gestión y la menor liquidez de sus posiciones.

La presencia de capital internacional refuerza esa lectura. Aproximadamente el 30% de los nuevos compromisos en deuda corporativa latinoamericana ya proviene de inversionistas internacionales, lo que indica que la región no depende exclusivamente del capital doméstico para financiar su expansión en activos privados.

Brasil lidera, pero la región converge

Brasil continúa siendo el mercado más desarrollado en activos alternativos de la región, respaldado por la profundidad de sus fondos de pensiones, la sofisticación de su base de inversionistas institucionales y un entorno regulatorio comparativamente más avanzado. Gestoras como Vinci Compass administraban alrededor de 327.000 millones de reales al cierre de 2024 y captaron 1.100 millones de reales adicionales en el primer trimestre de 2025, una señal de que el mercado local mantiene su capacidad de absorción.

Sin embargo, el fenómeno ya no es exclusivo del gigante sudamericano. México aprovecha su integración con la economía estadounidense y la dinámica de sectores asociados a manufactura, logística y servicios para mantener una posición destacada. Colombia ha consolidado un ecosistema con gestores especializados, una trayectoria institucional de más de una década y vehículos como el CAF-AM Ashmore Colombia Infrastructure Debt Fund II como referencia de la madurez alcanzada. Chile y Perú también han incrementado su exposición a infraestructura, crédito privado y vehículos especializados, impulsados por la necesidad de financiar proyectos de energía, transporte, digitalización y transición climática.

La convergencia regional no implica homogeneidad, pero sí apunta a que la industria ha dejado de concentrarse casi exclusivamente en Brasil para extenderse a economías con marcos regulatorios y bases institucionales que también permiten la operación de fondos de largo plazo.

Los activos reales como nuevo eje del capital en mercados emergentes

Los flujos hacia infraestructura y crédito privado registraron máximos históricos a nivel global durante 2025. Según datos de la Global Private Capital Association (GPCA), las inversiones de capital privado en mercados emergentes crecieron 33% ese año hasta alcanzar US$150.300 millones. Infraestructura llegó a US$43.900 millones y crédito privado a US$22.300 millones, y ambos segmentos concentraron prácticamente la mitad del capital invertido en esos mercados.

Para América Latina, LAVCA señala que 2024 y la primera mitad de 2025 marcaron un punto de inflexión para los activos reales en la región, con una participación creciente de deuda para infraestructura y vehículos vinculados con recursos naturales. Esa tendencia es coherente con la naturaleza de las necesidades de financiamiento regional: proyectos de gran escala, horizontes de largo plazo y flujos de caja relativamente predecibles que se ajustan bien a las características de los fondos de infraestructura y de crédito privado.

El nuevo desafío regulatorio

El crecimiento acelerado de los mercados privados no viene sin costos. La expansión de una industria estructuralmente diferente a los mercados tradicionales plantea desafíos que los marcos regulatorios actuales no estaban diseñados para enfrentar.

La iliquidez de estos instrumentos y sus horizontes de inversión de largo plazo pueden generar descalces con las obligaciones de los inversionistas institucionales. La ausencia de mercados secundarios profundos dificulta la formación de precios y aumenta la dependencia de metodologías de valoración internas. Los mercados privados ofrecen menos información pública que los instrumentos listados, lo que complica la supervisión y la gestión de riesgos. La participación creciente de grandes administradores internacionales y el tamaño de algunos vehículos puede incrementar riesgos sistémicos. Y la naturaleza de las estructuras privadas exige marcos más robustos en materia de conflictos de interés, revelación de información y protección a inversionistas.

Las preocupaciones no son teóricas. En los mercados desarrollados ya se observan señales de estrés. Datos de RA Stanger muestran que las entradas de recursos hacia fondos de crédito privado orientados a inversionistas patrimoniales cayeron 45% en el primer trimestre de 2026 frente al mismo período del año anterior, reflejando una mayor cautela respecto a la valuación y la liquidez de estos instrumentos. América Latina, con mercados menos desarrollados y marcos regulatorios en construcción, enfrenta esos riesgos con menor capacidad de amortiguación.

Un cambio estructural que redefine la arquitectura financiera regional

La acumulación de evidencia apunta en una dirección clara: la región está transitando desde un modelo financiero dominado por mercados públicos hacia un ecosistema híbrido en el que los mercados privados adquieren una relevancia creciente y permanente. Ese proceso no es reversible en el corto plazo, porque responde tanto a incentivos de rentabilidad como a necesidades estructurales de financiamiento que los instrumentos tradicionales no pueden cubrir por sí solos.

La gran interrogante que queda abierta para reguladores, administradores de fondos y supervisores en la región es si las reglas diseñadas para un sistema financiero del siglo XX son suficientes para una industria en transformación. Si la trayectoria global sirve como referencia, la respuesta es que no. Y el tiempo para adaptar los marcos normativos es más corto de lo que sugiere el ritmo habitual de los procesos regulatorios en América Latina.