La revolución de la inteligencia artificial se financia cada vez más con crédito, y los inversores empiezan a preguntarse cuánto costará mantenerla. En las últimas semanas, caídas bursátiles récord, rendimientos de dos dígitos en bonos y advertencias de los grandes gestores han puesto el foco en el balance de un sector que necesita capital a una escala sin precedentes.
Un mercado aparentemente tranquilo, con señales de nerviosismo
En superficie, las bolsas cotizan cerca de sus máximos y los bonos se mueven en rangos conocidos. Pero los datos de fondo apuntan a otra cosa. El 22 de octubre, el S&P 500 ponderado por capitalización cayó un 1,2%, mientras que su versión de igual ponderación subió un 0,5%. Una divergencia así solo se había visto otras dos veces desde 1995, en abril de 1999 y marzo de 2000, en plena burbuja puntocom.
Ese mismo día, el rendimiento del bono del Tesoro a 10 años descendió por debajo del 5%, con su mayor caída diaria desde el colapso de Silicon Valley Bank en 2023. Los inversores estaban rotando capital desde las grandes tecnológicas hacia deuda pública y acciones de otros sectores.
Tres factores que empujaban al alza los rendimientos
Los bonos soberanos llevaban meses bajo presión por tres motivos. El primero es la guerra con Irán, que alteró el suministro mundial de crudo y combustibles, disparó la inflación y llevó el petróleo a máximos de cuatro años. El segundo es el estado de las finanzas estadounidenses, con una deuda de 40 billones de dólares y un déficit de 2 billones en el último ejercicio fiscal, lo que obliga al Tesoro a emitir sin descanso.
El tercero es la propia inteligencia artificial. La infraestructura necesaria ronda el billón de dólares anual, y las tecnológicas la financian con emisiones de bonos que compiten por el mismo capital que absorbe la deuda pública. Cuando las dudas sobre ese tercer pilar crecieron, los inversores buscaron refugio en el dólar y el Tesoro.
Una avalancha de emisiones corporativas
Las grandes compañías han acudido al mercado con fuerza. Microsoft volvió a emitir tras una década con 25.000 millones de dólares en diez tramos, con vencimientos de dos a 40 años, y recibió órdenes por más de 115.000 millones. Cuenta con calificación AAA y prevé un gasto de capital de 170.000 millones en 2026.
Meta atrajo demanda por 58.000 millones para una colocación de entre 15.000 y 20.000 millones. Oracle anunció que necesitará otros 20.000 millones y Alphabet colocó 6.000 millones de euros. Según estimaciones de Bank of America, la emisión de bonos ligados a infraestructura de IA alcanzó 344.000 millones de dólares a comienzos de agosto.
El precio del dinero, la grieta más visible
El problema no es la cantidad de deuda, sino lo que cuesta colocarla. Al menos 18 financiaciones de centros de datos en los mercados de alto rendimiento y préstamos apalancados pagan ya intereses de dos dígitos. Un préstamo sindicado de 5.000 millones para Volta Infrastructure, un proveedor de cómputo de nueva generación, superó el 11% tras mejorar las condiciones sus bancos colocadores.
Los bonos titulizados de centros de datos mejor calificados empezaron el año por debajo del 5% y hoy rondan el 7%. Cerca del 8%, según una estratega de Morgan Stanley, emitir se vuelve mucho más difícil. Los seguros contra impago de Oracle, Nvidia, Meta y SpaceX marcaron récords, y el índice de bonos tecnológicos con grado de inversión rinde alrededor de un 6%, 1,4 puntos más que hace un año.
CoreWeave, el caso que inquieta
Pocas compañías ilustran mejor la tensión que CoreWeave, que alquila capacidad de cálculo a empresas de IA. Acumula más de 51.000 millones entre deuda y otros compromisos, y su coste de financiación llegó al 15%, con bonos a 2031 que han superado el 16%. Un especialista en deuda problemática la ha descrito como el canario en la mina.
El caso expone además la llamada financiación circular. Nvidia posee cerca del 7% de su capital y es su proveedor de chips, de modo que parte de la demanda que registra el fabricante procede de empresas en las que invierte. La operación es real, pero su solidez depende de que el cliente pueda pagar. Si no puede, el contagio alcanzaría también a sus proveedores.
Grandes tecnológicas con la caja bajo presión
La tensión no se limita a las compañías más endeudadas. Alphabet perdió alrededor de 475.000 millones de dólares de capitalización en una sola sesión. Su división en la nube casi duplicó ingresos, pero cerró el tercer trimestre con flujo de caja libre negativo y elevó su previsión de inversión anual a entre 195.000 y 205.000 millones. Parte del castigo se explica por unos ingresos publicitarios por debajo de lo esperado.
Meta gastó 2.000 millones más de lo que generó en el trimestre y sus acciones cayeron un 7%. Las cuatro mayores tecnológicas podrían invertir más de 750.000 millones conjuntamente este año. A ello se suma la depreciación: cada generación de chips resta rentabilidad a la anterior, lo que complica recuperar lo invertido.
Una advertencia con peso: la de Pimco
El aviso del consejero delegado de Pimco, Emmanuel Roman, tiene peso porque su firma conoce bien este mercado. Participó en la primera financiación de CoreWeave basada en chips, obtuvo unos 2.000 millones en ganancias latentes con bonos de Meta y compró 4.000 millones en deuda de SpaceX. Ahora ha vendido buena parte de su exposición.
Roman estima que la infraestructura de IA requerirá 2 billones de dólares de financiación en cinco años, equivalente a alrededor de un sexto del mercado de bonos estadounidense. Sostiene que habrá una recesión y que “las cosas se romperán”, con detonantes como subidas de tipos, una guerra o una crisis en la eurozona. Son todos choques de coste del capital, ajenos a la calidad de la tecnología.
Pérdidas récord y un precedente incómodo
La documentación preliminar de la salida a bolsa de Anthropic revela pérdidas cercanas a 81.000 millones en el primer semestre de 2026, una cifra que superaría el mayor déficit anual de una empresa cotizada si se mantuviera. Aun así, la banca se disputaba financiar 63.000 millones de deuda de la compañía, lo que muestra lo dividido que está el mercado.
Entre los inversores crece además el temor a que el riesgo se esté trasladando fuera del sector. Un informe del Open Markets Institute alerta de que préstamos de centros de datos se empaquetan en productos financieros vendidos a fondos de pensiones y patrimonios universitarios, un mecanismo que compara con el previo a la crisis de 2008. Lloyd Blankfein se pregunta dónde está el apalancamiento oculto. Nadie anticipa una repetición de aquella crisis, pero sí la posibilidad de pérdidas en manos poco esperadas.
El contagio llega a Asia
El nerviosismo no es solo estadounidense. El índice STAR50 chino, ligado a semiconductores y tecnología, llegó a perder cerca del 40% en cuatro meses. Corea del Sur, pese a que su banco central advirtió de una posible “enfermedad holandesa del semiconductor”, prepara nuevas inversiones públicas en chips y centros de datos. Hay precedentes de sobreinversión que acaban lastrando al resto de la economía.
La demanda sigue, pero el reloj financiero corre
Los defensores del ciclo tienen argumentos. Nvidia sigue vendiendo grandes volúmenes, la demanda de cómputo es elevada, y directivos como Jim Zelter, de Apollo, esperan un uso mucho mayor en el futuro. Algunos creen que la salida a bolsa de Anthropic podría reactivar el apetito inversor.
La cuestión es el calendario. Los ingresos de los centros de datos deben llegar antes de que el endeudamiento se encarezca más. Si el crédito sigue subiendo, el coste se trasladará a los precios de los servicios de IA y a los márgenes de quienes dependen de ellos. Para las empresas usuarias, conviene modelar escenarios con costes de cómputo más altos y no depender de un único proveedor. Para el mercado, la señal es clara: el debate ya no gira en torno a si la tecnología funciona, sino a quién pagará su construcción y a qué precio.




