La mayor potencia manufacturera del mundo enfrenta una contracción demográfica sin precedentes desde 1949. El banco británico Barclays proyecta que la automatización humanoide podría cubrir hasta el 60% del déficit laboral, pero advierte que el escenario depende de avances tecnológicos aún inciertos, una inversión billonaria y una cadena de suministro de chips amenazada por las sanciones de Washington.
La bomba demográfica que amenaza la fábrica del mundo
China no tiene un problema de productividad. Tiene un problema de personas. Con una población de aproximadamente 1.400 millones de habitantes, el gigante asiático registró en 2025 el menor número de nacimientos desde al menos 1949, y la proporción de ciudadanos en edad laboral —aquellos entre 16 y 59 años— ya ha caído del 70% de hace una década al 61% actual. Según la Oficina Nacional de Estadística, ese segmento, que agrupa hoy a 876 millones de personas, podría reducirse a menos de 760 millones en 2035, lo que equivale a perder el equivalente a toda la población activa de Alemania, Francia y España juntas.
El impacto sobre la economía real es directo. El sector manufacturero chino representa cerca del 25% del PIB nacional. Cualquier contracción significativa de la mano de obra disponible se traduce, sin compensación, en menor producción, mayores costes laborales y pérdida de competitividad exportadora. Barclays, incorporando distintos escenarios demográficos y asumiendo una tasa de participación laboral estable del 65%, estima que la fuerza de trabajo efectiva podría menguar en 37 millones de personas durante la próxima década. Es en ese vacío donde entra la robótica humanoide.
La apuesta de Barclays con 24 millones de unidades en una década
En un informe publicado recientemente y recogido por Bloomberg, analistas del banco británico encabezados por Zornitsa Todorova, jefa de investigación temática de renta fija, sostienen que el parque acumulado de robots humanoides instalados en China podría aproximarse a los 24 millones de unidades en 2035. Esa cifra representaría casi el 4% de la fuerza laboral total del país y cubriría hasta el 60% del déficit demográfico proyectado, es decir, el equivalente a unos 22 millones de puestos de trabajo recuperados mediante automatización.
La propia entidad, sin embargo, calibra sus proyecciones con cautela. Todorova y su equipo advierten que la estimación del 60% «debe considerarse como un límite superior, que refleja hipótesis relativamente optimistas en torno a la utilización, la depreciación y la absorción interna». Dicho de otro modo: el escenario más favorable exige que la actual escala exponencial de innovación y despliegue tecnológico se mantenga sin interrupciones durante una década entera, algo que ningún mercado puede garantizar.
Cuando el robot se amortiza antes que el operario
Detrás del optimismo proyectado por Barclays hay una lógica financiera difícil de refutar. Si hoy un robot humanoide industrial ronda los 150.000 dólares, las previsiones del sector sitúan ese coste por debajo de los 30.000 dólares en 2030, gracias a la producción en serie y a la reducción de costes de los componentes de inteligencia artificial y sensorización táctil. Para una empresa con líneas de montaje en Shanghái o Shenzhen, la ecuación se simplifica: al precio proyectado para final de la década, un humanoide se amortizaría en menos de dos años frente al coste laboral acumulado de un trabajador en esas mismas ciudades.
Empresas chinas como Unitree ya muestran prototipos capaces de caminar, manipular objetos y operar turnos de diez horas continuas. En paralelo, fabricantes occidentales como Tesla también presentan sistemas en fase piloto que trabajan en líneas de ensamblaje de vehículos eléctricos y centros logísticos. La tecnología ha abandonado los laboratorios y ha entrado en las naves industriales, aunque todavía de manera incipiente.
Los límites reales del optimismo: inteligencia artificial, chips y capital
Las cifras de Barclays son sugestivas, pero conviene no omitir las fracturas estructurales que limitan el escenario optimista. Un informe del Foro Económico Mundial de 2025 señalaba que solo el 12% de las tareas industriales chinas podían ser completamente automatizadas con la tecnología disponible en ese momento. Pasar de ese 12% al 60% que implica la tesis del banco británico exige avances sustanciales en inteligencia artificial aplicada, baterías de alta densidad y sensores de precisión que no están asegurados en los plazos proyectados.
El obstáculo más inmediato, sin embargo, es geopolítico. Los chips avanzados que alimentan los sistemas de IA de los robots humanoides se fabrican mayoritariamente en Taiwán y Corea del Sur mediante máquinas de litografía extrema ultravioleta a las que Pekín no tiene acceso pleno por las sanciones tecnológicas impuestas desde Washington. La dependencia de una cadena de suministro semicondutor que puede interrumpirse por decisión política no es un riesgo menor; es, quizás, el principal cuello de botella del plan chino de automatización masiva.
A ello se añade la dimensión financiera. Aunque Barclays no detalla la inversión total necesaria, reemplazar 22 millones de puestos de trabajo con robots humanoides a los precios actuales supone un desembolso que podría superar el billón de euros. El Gobierno de Pekín ya impulsa un plan quinquenal con subsidios directos a fabricantes de robótica y el presidente Xi Jinping ha reiterado que la inversión en ciencia, tecnología y robótica es un eje estratégico del crecimiento económico chino. La escala del desafío, no obstante, supera con creces cualquier precedente industrial conocido.
China como laboratorio: lo que Europa debería estar mirando
El experimento chino no es un asunto exclusivamente asiático. Europa, y particularmente España, presenta una dinámica demográfica con un patrón inquietantemente parecido. El Instituto Nacional de Estadística prevé que la población activa española se contraiga en 4,5 millones de personas para 2035, con una tasa de dependencia en ascenso sostenido. La diferencia es que, mientras Pekín invierte en automatización a escala industrial, el debate en España sigue girando fundamentalmente en torno a la ampliación de la edad de jubilación y la inmigración selectiva.
Si se aplicara la tesis de Barclays al mercado español, se precisarían en torno a 200.000 robots humanoides para cubrir la mitad del declive laboral proyectado. La cifra puede parecer modesta frente a los 24 millones chinos, pero para una economía que aún no ha resuelto su transición hacia la industria 4.0, el desafío es tanto financiero como cultural. Lo que China está construyendo en esta década es un modelo de respuesta al envejecimiento poblacional basado en capital físico automatizado. Si funciona, dejará de ser una rareza asiática para convertirse en una hoja de ruta global.
Una advertencia que vale más que el titular
El informe de Barclays concluye con una frase que merece más atención que la estadística del 60%: los aumentos de productividad esperados en los próximos años «compensarían solo una pequeña parte del descenso previsto de la población activa, y es poco probable que contrarresten totalmente los vientos demográficos en contra de China». La automatización, en otras palabras, no es la solución; es la amortiguación. China seguirá envejeciendo, su fuerza laboral seguirá reduciéndose y ningún robot, por sofisticado que sea, elimina la necesidad de políticas demográficas, educativas y migratorias de largo alcance.
Lo que Barclays ha puesto sobre la mesa no es una profecía, sino una proyección condicionada. La «década del robot», como la bautiza el propio informe, pertenecerá a China solo si se cumplen simultáneamente la innovación tecnológica, la disponibilidad de chips, la inversión estatal sostenida y la absorción interna de millones de máquinas. Que todas esas variables converjan en el plazo previsto es, cuando menos, una apuesta de alta convicción en un mundo que rara vez se ajusta a los modelos.



