El acuerdo alcanzado en la cumbre de Pekín entre Trump y Xi, que incluye soja, carne, cereales y algodón, presiona a proveedores rivales como Brasil, Australia y Canadá, y dispara los precios del maíz y el trigo en los mercados internacionales
El pasado domingo, la Casa Blanca anunció uno de los compromisos comerciales agrícolas más significativos de los últimos años: China adquirirá productos agropecuarios estadounidenses por un valor mínimo de 17.000 millones de dólares anuales, adicionales a las compras de soja, durante un periodo de tres años. El anuncio llegó dos días después de que el presidente Donald Trump regresara de la cumbre bilateral celebrada en Pekín con su homólogo chino Xi Jinping, un encuentro cuyo trasfondo más inmediato fue el intento de reparar el daño infligido a los agricultores estadounidenses por la propia guerra comercial que Washington inició el año pasado. El Ministerio de Comercio chino señaló el sábado que ambas partes resolverán o lograrán avances sustanciales hacia la resolución de ciertas barreras no arancelarias y cuestiones de acceso al mercado relacionadas con bienes agrícolas.
El acuerdo no surge en el vacío. Las importaciones chinas de bienes agrícolas estadounidenses alcanzaron su punto máximo en 2022 con 38.000 millones de dólares, pero se desplomaron a 8.000 millones en 2025, cifra que incluye casi 18.000 millones de dólares en compras de soja en 2022, frente a apenas 3.000 millones en 2025. El país norteamericano redujo un 65,7% sus exportaciones agrícolas a China en 2025, tras la imposición de los aranceles recíprocos. El nuevo compromiso, sumado a los ya existentes sobre la soja, elevaría las importaciones agrícolas totales chinas procedentes de Estados Unidos a una cifra cercana a los 28.000 o 30.000 millones de dólares anuales, según operadores y analistas del sector. Esta cifra se sitúa aún por debajo del máximo histórico de 2022, pero muy por encima de los registros recientes.
Una caída histórica como telón de fondo
Para comprender la magnitud del giro que representa este acuerdo, es necesario contemplar la profundidad de la ruptura comercial entre ambas potencias. China, el mayor importador mundial de materias primas agrícolas, redujo drásticamente sus compras a Estados Unidos tras la guerra comercial del año pasado. La soja, que históricamente había representado aproximadamente la mitad de las exportaciones agrícolas estadounidenses al mercado chino, cayó de cerca de 18.000 millones de dólares en 2022 a apenas 3.000 millones en 2025. El maíz pasó de 561,5 millones de dólares en 2024 a apenas 5 millones en 2025, con una paralización de los envíos a partir de junio. Las importaciones de trigo cayeron a niveles cercanos a cero en 2025, frente a los 1,9 millones de toneladas métricas valoradas en 600 millones de dólares en 2024. Las exportaciones de carnes y productos avícolas, por su parte, descendieron desde más de 1.000 millones de dólares en 2022 hasta 286 millones en 2025, mientras que las compras chinas de carne de vacuno estadounidense se derrumbaron desde un máximo de 2.140 millones de dólares en 2022 hasta menos de 500 millones en 2025.
Este desplome no fue casual ni gradual: fue el resultado directo de una escalada arancelaria que llevó a China a desviar sus compras hacia proveedores alternativos y a reducir su dependencia estructural del agro norteamericano. Desde el primer mandato de Trump, la soja estadounidense pasó de representar el 41% de las importaciones chinas en 2016 a aproximadamente una quinta parte en 2024.
El contenido del acuerdo: carne, cereales, algodón y madera
El compromiso anunciado por la Casa Blanca establece que China comprará productos agrícolas a un ritmo anualizado de 17.000 millones de dólares al año para 2026, manteniendo ese nivel durante 2027 y 2028. Para alcanzar dicho objetivo, Pekín tendría que incrementar notablemente las compras de trigo, cereales forrajeros, carne y productos agrícolas no alimentarios, como el algodón y la madera. El acuerdo es adicional a los compromisos de compra de soja adquiridos el año pasado, cuando la Casa Blanca indicó que China se comprometía a adquirir 12 millones de toneladas métricas en el año de comercialización en curso y 25 millones de toneladas métricas en cada uno de los tres años siguientes.
En el ámbito de la carne, Beijing restablecerá el acceso al mercado para la carne de vacuno estadounidense y reanudará las importaciones de aves de corral procedentes de estados que el Departamento de Agricultura certifique como libres de gripe aviar. Como señal concreta de este compromiso, China otorgó prórrogas de registro de cinco años a 425 plantas cárnicas estadounidenses que habían quedado excluidas tras el vencimiento de sus licencias el año pasado, y aprobó nuevos registros para otras 77 instalaciones, entre ellas las operadas por gigantes del sector como Tyson y Cargill. En cuanto a los productos no alimentarios, las importaciones de algodón habían caído a 225,7 millones de dólares en 2025, frente a los 1.850 millones de 2024, lo que evidencia el margen de recuperación disponible en esta categoría.
El Ministerio de Comercio chino también señaló que ambas partes acordaron ampliar el comercio mediante reducciones arancelarias recíprocas sobre una gama específica de productos, aunque sin precisar cuáles. Estados Unidos, por su parte, se comprometió a trabajar activamente para atender las preocupaciones de China sobre la retención de sus productos lácteos y mariscos, la exportación de bonsáis en maceta y el reconocimiento de la provincia de Shandong como zona libre de gripe aviar.
La soja: pieza central de la negociación
La soja ocupa el lugar más prominente de la arquitectura comercial acordada y concentra las mayores expectativas del sector agrícola estadounidense. Se espera que China comience a comprar soja de la nueva cosecha para envíos a partir de octubre, dado que los suministros de América del Norte presentan precios competitivos frente a los cargamentos brasileños. Según operadores del mercado, las empresas estatales COFCO y Sinograin serán los principales compradores hasta que China elimine el arancel adicional del 10% aún vigente sobre el producto.
Los datos disponibles señalan que Estados Unidos exportó 10,9 millones de toneladas métricas de soja a China hasta el 7 de mayo, lo que sitúa al país en camino de cumplir su compromiso previo antes del cierre del año de comercialización el 31 de agosto. Sin embargo, esta cifra está muy por debajo de las 25 a 30 millones de toneladas métricas que China compraba en años anteriores. Alcanzar el objetivo de 25 millones de toneladas métricas anuales comprometido en la tregua de octubre no debería suponer un problema según los operadores, habida cuenta de que los precios estadounidenses resultan actualmente atractivos y las compras pueden destinarse tanto a molienda como a almacenamiento de reservas estratégicas.
Maíz, trigo y sorgo: cuotas, aranceles y oportunidades condicionadas
El acceso al mercado chino para los cereales forrajeros está condicionado por un complejo sistema de cuotas que determinará en buena medida el alcance real del acuerdo. China dispone de cuotas de importación de 9,64 millones de toneladas métricas para el trigo y 7,2 millones para el maíz con un arancel reducido del 1%, pero las importaciones que superen dichos límites se enfrentan a gravámenes prohibitivos del 65%, lo que convierte a los operadores estatales en los compradores casi exclusivos de estos cereales por contar con la asignación de cuotas.
El trigo se perfila como uno de los grandes ganadores potenciales del acuerdo. La consultora AgResource Co. señaló que la posibilidad de que China asegure entre 5 y 6 millones de toneladas adicionales de trigo mundial anualmente está apuntalando los precios en la Junta de Comercio de Chicago, donde los futuros de trigo para entrega en marzo subieron un 1,5%. A diferencia del maíz, cuya asignación de cuota es más reducida y China ha gestionado con más regularidad, el trigo presenta un mayor margen para un incremento significativo en las compras estadounidenses.
El sorgo, por su parte, ocupa un lugar estratégico en la ecuación cerearera, precisamente porque no está sujeto a cuotas. Desde noviembre, Pekín ha comprado al menos 2,5 millones de toneladas métricas de sorgo estadounidense para compensar la escasez de maíz derivada de las fuertes lluvias que dañaron las cosechas del norte del país en 2025. Las compras significativas de granos secos de destilería con solubles, un subproducto de la fabricación de etanol rico en proteínas para alimentación animal, requerirían sin embargo la eliminación de los aranceles antidumping y antisubsidios vigentes desde 2017.
El impacto geopolítico sobre Brasil, Australia y Canadá
Uno de los aspectos más relevantes del acuerdo, aunque menos visible en los titulares, es su impacto sobre los proveedores que llenaron el vacío dejado por Estados Unidos durante la guerra comercial. Alcanzar los 17.000 millones de dólares anuales excluyendo la soja requeriría, según Cheang Kang Wei, vicepresidente de StoneX en Singapur, que China redirigiera intencionadamente sus compras desde los proveedores actuales hacia Estados Unidos por razones políticas y estratégicas, más que por motivos puramente comerciales.
Brasil, que ostenta una cuota de mercado del 73,6% en las importaciones chinas de soja en 2025 y se ha consolidado además como principal suministrador de maíz, podría ver erosionada su posición si los flujos se reorientan hacia el norte. Igualmente vulnerable resulta Australia, principal proveedor de trigo en 2023 y líder en sorgo en 2025, que podría enfrentarse a una menor demanda si el trigo y el sorgo estadounidenses ganan terreno en el mercado chino. Las importaciones de cebada australiana también podrían verse presionadas, y el aumento de las compras de vacuno estadounidense podría frenar la demanda de carne de alta calidad procedente de ese país. Otros proveedores como Canadá y Francia para el trigo, y Argentina para el sorgo, también podrían experimentar una contracción en la demanda.
Los agricultores estadounidenses: entre el alivio y la presión sistémica
El acuerdo ofrece cierta esperanza a los agricultores estadounidenses, que vieron cómo se les agotaba un mercado de exportación vital. Sin embargo, el contexto en el que opera este sector dista de ser favorable en su conjunto. La guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán ha reducido el transporte marítimo a través del estrecho de Ormuz, un corredor comercial vital cuya restricción ha limitado el suministro mundial de fertilizantes y ha disparado sus precios, añadiendo presión adicional sobre los márgenes del sector agrario norteamericano.
Antes del viaje de Trump a Pekín, la Asociación Estadounidense de la Soya instó al presidente a priorizar este producto en las conversaciones comerciales con Xi, lo que da cuenta del nivel de urgencia que el sector percibe ante un mercado chino que, pese al acuerdo, no ha recuperado aún ni de lejos los niveles previos al conflicto comercial.
Un reequilibrio comercial con incógnitas estructurales
El acuerdo representa un paso relevante en la normalización parcial del comercio agrícola bilateral, pero sus limitaciones estructurales son evidentes. China ha diversificado sus fuentes de importación con una conciencia explícita de que la dependencia de un único proveedor constituye un riesgo para su seguridad alimentaria y, por extensión, para su seguridad nacional. Esta lógica no desaparece con un acuerdo de tres años.
La clave del cumplimiento efectivo de los compromisos radicará en la velocidad con que ambas partes avancen en la eliminación de los aranceles adicionales aún vigentes, en la resolución de las barreras no arancelarias pendientes y en la capacidad del sector exportador estadounidense para ofrecer precios competitivos frente a una oferta sudamericana que sigue siendo abundante y bien posicionada. Por el momento, el acuerdo envía una señal positiva a los mercados, atenúa la sangría de los agricultores y, en el plano estratégico, representa un elemento estabilizador en una relación bilateral cuyas tensiones estructurales permanecen lejos de resolverse.




