El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado clara su intención de ejercer un control directo sobre la industria petrolera venezolana y otros recursos naturales del país sudamericano, tras la captura del presidente Nicolás Maduro el pasado fin de semana. En declaraciones realizadas el domingo desde el Air Force One, Trump fue categórico: «Necesitamos acceso total. Acceso al petróleo y a otras cosas en su país que nos permitan reconstruir su país». La afirmación ha generado un intenso debate sobre las implicaciones legales, económicas y geopolíticas de lo que el mandatario estadounidense ha bautizado como la «Doctrina Donroe».
Washington asume el mando: una transición bajo tutela
«Estamos al mando», declaró Trump sin ambigüedades, estableciendo una postura que va más allá de la cooperación tradicional entre naciones. El mandatario estadounidense dejó en un segundo plano incluso la cuestión de las elecciones en Venezuela, condicionando cualquier proceso democrático a la consecución de objetivos económicos específicos. «Tenemos que hacer una cosa en Venezuela: traerla de vuelta», afirmó, en referencia a la reconstrucción del país bajo parámetros definidos por Washington.
La presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez, respondió con un comunicado diplomático invitando a Estados Unidos a trabajar «en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco del derecho internacional». Sin embargo, Trump fue explícito en sus advertencias hacia la nueva líder: «Si no hace lo correcto, va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que Maduro».
El secretario de Estado, Marco Rubio, intentó matizar las declaraciones presidenciales en diversos programas dominicales, insistiendo en que Estados Unidos no gobernaría «día a día» en Venezuela. No obstante, las palabras de Trump ratificaron una visión intervencionista que supera cualquier intento de suavizar el mensaje.
El botín energético: reservas masivas en estado de deterioro
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo crudo del mundo, con 303.000 millones de barriles que representan casi el 20% de las reservas globales. La Administración de Información Energética (EIA) de Estados Unidos estima que las reservas de la Faja del Orinoco constituyen el 17% de las reservas mundiales. Se trata de crudo extrapesado, particularmente valioso para las refinerías estadounidenses, diseñadas específicamente para procesar este tipo de hidrocarburo.
Sin embargo, la producción venezolana se encuentra dramáticamente reducida. Aunque en septiembre el país superó el millón de barriles diarios —el nivel más alto en cinco años—, esta cifra contrasta brutalmente con los 2,5 millones de barriles que Venezuela producía regularmente desde inicios de siglo hasta 2014. La caída representa más del 75% entre 2013 y 2020, un desplome que refleja décadas de desinversión, sanciones internacionales y deterioro de la infraestructura.
«Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, entren, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera», proclamó Trump, describiendo el sector como un «fracaso total» que requiere intervención masiva.
Más allá del petróleo: gas natural y minerales estratégicos
Las ambiciones estadounidenses no se limitan al crudo. Venezuela cuenta con reservas de 5,5 billones de metros cúbicos de gas natural, representando el 73% de los yacimientos en Sudamérica según la EIA. Sin embargo, la exploración ha sido escasa y la infraestructura deficiente, impidiendo aprovechar este potencial. En septiembre, Estados Unidos emitió una licencia a Trinidad y Tobago y a Shell para desarrollar un campo de gas venezolano, con la condición obligatoria de incluir empresas estadounidenses en el proyecto.
El Arco Minero del Orinoco, establecido en 2016 como zona de desarrollo estratégico, alberga importantes reservas de oro, coltán, hierro y bauxita. Los minerales de tierras raras, cada vez más demandados por la industria tecnológica, también figuran entre los recursos codiciados, aunque expertos coinciden en que faltan años de estudios y desarrollo antes de alcanzar una producción significativa.
«Las carreteras no se construyen y los puentes se están cayendo», justificó Trump, extendiendo el alcance de la intervención estadounidense más allá de los recursos extractivos hacia la infraestructura general del país.
Cuestionamientos legales y precedentes históricos
La postura de Trump enfrenta serios obstáculos en el derecho internacional. Matthew Waxman, profesor de derecho de la Universidad de Columbia, señaló a la agencia AP que «una potencia militar ocupante no puede enriquecerse quitando los recursos de otro Estado», aunque anticipó que la administración Trump probablemente argumentará que el gobierno venezolano nunca poseyó legítimamente esos recursos.
La estrategia invocada por Trump recupera y reformula la Doctrina Monroe de 1823, que establecía la oposición estadounidense a la intervención europea en América, pero que históricamente ha servido para justificar el intervencionismo de Washington en la región. El mandatario la rebautizó como «Doctrina Donroe», afirmando sin rodeos que «el hemisferio occidental es nuestro».
Reconfiguración del mercado petrolero regional
En noviembre, de los 921.000 barriles diarios exportados por Venezuela, el 80% fue comprado por China, cerca del 16% lo adquirió Estados Unidos (mediante la licencia a Chevron) y un 2% fue enviado a Cuba. El bloqueo ordenado por Trump en diciembre a buques petroleros que entren o salgan de Venezuela ya está reconfigurando estos flujos comerciales.
La «cuarentena petrolera» anunciada por Rubio continuará vigente contra tanqueros sancionados, mientras Washington espera «ver cambios, no solo en la forma en que se gestiona la industria petrolera en beneficio de la población, sino también para que detengan el narcotráfico».
Advertencias a Colombia y expansión de la estrategia
Trump extendió sus amenazas a Colombia, calificando al presidente Gustavo Petro como «un hombre enfermo que le gusta fabricar cocaína y venderla a Estados Unidos». Cuando se le preguntó si consideraría una operación similar a la de Venezuela en territorio colombiano, respondió: «Me suena bien».
La llamada Operación Lanza del Sur, que habría implicado la destrucción de un centenar de embarcaciones supuestamente cargadas con drogas, se ha desplazado en las últimas semanas de las costas caribeñas cercanas a Venezuela a aguas internacionales del Pacífico próximas a Colombia.
Petro respondió indirectamente en la red social X: «Los socios comerciales deben cambiar y América Latina debe unirse o será tratada como sierva y esclava y no como el centro vital del mundo».
La cuestión de fondo: soberanía versus intervencionismo
La situación plantea interrogantes fundamentales sobre la soberanía de los recursos naturales en el contexto latinoamericano. La nacionalización de empresas durante la presidencia de Hugo Chávez y las sanciones estadounidenses desde 2017 —reforzadas en 2019— crearon un círculo vicioso de desinversión que ha llevado la infraestructura petrolera venezolana a niveles críticos.
El economista Manuel Sutherland, profesor del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, reconoce que «es una carta poderosa. Venezuela tiene la mayor reserva de crudo extrapesado del mundo». Sin embargo, el modelo propuesto por Trump —que antepone el control estadounidense de los recursos a cualquier proceso democrático— representa una ruptura con los principios del derecho internacional que regulan las relaciones entre Estados soberanos.
Trump fue claro al relegar la liberación de presos políticos a un segundo plano: «No hemos llegado a eso. Ahora mismo lo que queremos es arreglar el petróleo, arreglar el país, traerlo de vuelta y tener elecciones». Incluso la realización de elecciones libres quedó condicionada, respondiendo con un evasivo «depende» cuando se le preguntó sobre el tema.
La reapertura de la embajada estadounidense en Caracas, que Trump confirmó estar considerando, simbolizaría el inicio de esta nueva etapa en las relaciones bilaterales, marcada no por la cooperación entre iguales, sino por la subordinación de los intereses venezolanos a los objetivos económicos de Washington. La amenaza final quedó flotando en el aire: «Si no se comportan, haremos un segundo ataque».




