La guerra desencadenada el 28 de febrero por los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán ha producido uno de sus efectos más paradójicos en el ámbito económico: Rusia, potencia sancionada desde su invasión de Ucrania en 2022, ha emergido como el principal beneficiario financiero del conflicto en el corto plazo. En apenas quince días, Moscú acumuló 7.700 millones de euros en ingresos por exportaciones de combustibles fósiles —petróleo, gas y carbón—, equivalentes a unos 513 millones de euros diarios, frente a los 472 millones registrados en promedio durante febrero, según datos del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA, por sus siglas en inglés). El aumento representa una reversión abrupta de una tendencia negativa que había llevado los ingresos energéticos rusos a su nivel más bajo desde la pandemia.
Solo en materia petrolera, las exportaciones rusas generaron alrededor de 372 millones de euros diarios durante la primera quincena de marzo, un 14% más que el promedio de febrero. El factor detrás de este repunte es directo: la interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz —paso marítimo por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial— como resultado de los ataques iraníes a buques comerciales en la zona ha empujado los precios del crudo Brent a superar los 119 dólares por barril, su nivel más alto en años. Rusia, como uno de los mayores exportadores de petróleo del mundo, recoge automáticamente los beneficios de esa escalada de precios.
El estrecho de Ormuz, epicentro de la perturbación energética global
La crisis del estrecho de Ormuz constituye el núcleo del choque energético en curso. Irán ha respondido a los ataques estadounidenses e israelíes sobre su infraestructura petrolera con una serie de acciones que han reducido drásticamente el flujo de buques comerciales por esa ruta. Los ataques de represalia de Teherán también han afectado instalaciones energéticas en otros puntos de Oriente Próximo. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), el episodio es la mayor perturbación del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo, con el tráfico por el estrecho cayendo desde los 20 millones de barriles diarios hasta niveles mínimos y recortes en la producción del Golfo de al menos 10 millones de barriles por día.
El cierre funcional de esta arteria marítima ha obligado a compradores asiáticos —que obtienen el 84% de sus importaciones de crudo del Golfo— a buscar fuentes alternativas de abastecimiento. Rusia, cuya producción no atraviesa el estrecho, se ha convertido en la opción más accesible. Según proyecciones de la firma de análisis Kpler, los envíos rusos a India podrían alcanzar entre 2 y 2,2 millones de barriles diarios en marzo, frente a los niveles deprimidos de febrero, cuando las importaciones indias de crudo ruso habían caído un 19% mensual bajo la presión de las sanciones occidentales.
India y China, motores del ingreso ruso
Los datos del CREA revelan que India y China en conjunto representan aproximadamente tres cuartas partes de los ingresos petroleros de Rusia. India, en particular, adquirió combustibles fósiles rusos por valor de cerca de 1.300 millones de euros entre el 1 y el 15 de marzo, lo que equivale a unos 89 millones de euros diarios, frente a los 60 millones de febrero. El salto refleja tanto el efecto precio —con el crudo ruso cotizando a más del doble que en los tres meses anteriores para compradores asiáticos, según el director ejecutivo de la consultora Macro-Advisory, Chris Weafer— como un efecto volumen asociado a la escasez de alternativas en el mercado.
El giro de India resulta especialmente significativo porque se produce en un contexto en el que el propio Gobierno estadounidense facilitó el camino. El Tesoro de Estados Unidos otorgó a India una exención de emergencia de 30 días, el 6 de marzo, para la compra de cargamentos de crudo ruso ya en el mar, en un intento de estabilizar los precios internos del combustible ante la escalada energética global. China, aunque más aislada del choque por su mayor diversificación de fuentes y sus reservas estratégicas, también ha incrementado sus compras. La crisis además podría impulsarla a negociar condiciones más favorables con Moscú para el gasoducto Power of Siberia 2, cuya capacidad proyectada es de 50.000 millones de metros cúbicos anuales.
La exención de sanciones de Washington y la fractura transatlántica
La decisión de la administración Trump de relajar temporalmente las sanciones al petróleo ruso ha generado una profunda división entre las dos orillas del Atlántico. La medida, anunciada el viernes 14 de marzo, autoriza el comercio de crudo ruso durante aproximadamente cuatro semanas, con el argumento oficial de que contribuye a estabilizar los mercados mundiales de energía. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, describió la exención como temporal, de alcance limitado y aplicable únicamente al petróleo ya en tránsito, precisando que no generaría beneficios financieros significativos para el Gobierno ruso dado que este obtiene la mayor parte de sus ingresos en el punto de extracción.
Sin embargo, esa lectura ha sido ampliamente rebatida por analistas independientes. La profesora de negocios internacionales de la Universidad Estatal de Wichita, Usha Haley, calificó a Rusia como «el mayor ganador en el corto plazo» del conflicto iraní y afirmó que la exención estadounidense ha rescatado los ingresos petroleros rusos de un proceso de declive acumulado. El argumento de fondo es estructural: las sanciones habían forzado al crudo ruso a cotizar con un descuento pronunciado respecto al mercado. Eliminar o suavizar esa barrera no solo aumenta el volumen exportable, sino que eleva el precio al que Moscú puede vender cada barril.
La fractura con Europa es explícita. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente francés, Emmanuel Macron, han exigido mantener sanciones estrictas a Rusia, pese a que la escalada de precios amenaza con desencadenar una nueva crisis energética en el continente. La Unión Europea aún adquiere alrededor de 50 millones de euros diarios en combustibles fósiles rusos, principalmente gas canalizado por gasoductos excluidos de las sanciones, aunque este monto representa una caída sustancial desde 2021, cuando Rusia suministraba el 45% del gas y el 27% del petróleo de la UE. La única voz disidente dentro del bloque ha sido la del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, quien ha instado a la Unión Europea a suspender las sanciones sobre las importaciones energéticas rusas ante el riesgo de precios insostenibles para los consumidores europeos.
La advertencia de Zelenski: más dinero para Putin significa más guerra
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha articulado con claridad las implicaciones estratégicas de esta dinámica. En declaraciones del domingo, afirmó que Rusia había acumulado unos 10.000 millones de dólares en las dos semanas de guerra en Oriente Medio, cifra equivalente a recuperar aproximadamente el 10% de lo perdido en el comercio petrolero durante lo que va del año. Zelenski advirtió que la relajación de sanciones beneficiará directamente a Putin y que la situación en torno a Irán «le aporta más dinero» y «más confianza para continuar la guerra» en Ucrania.
La inteligencia ucraniana también ha reportado que las sanciones globales combinadas con los ataques de Kiev a la infraestructura energética rusa habían elevado el déficit acumulado de Moscú a más de 100.000 millones de dólares. En enero y febrero, Rusia declaró ingresos petroleros de unos 10.200 millones de dólares mensuales, una caída del 47% interanual al ajustar por tipo de cambio, con ingresos totales de aproximadamente 58.700 millones de dólares en ese período, según su propio Ministerio de Finanzas. El salto de mediados de marzo representa, en ese contexto, una bocanada de oxígeno fiscal para un presupuesto de guerra que venía siendo comprimido sistemáticamente.
Una ironía estratégica de proporciones históricas
El escenario que se perfila plantea una paradoja de difícil digestión para Washington: la misma operación militar que lanzó contra Irán ha revertido meses de presión económica acumulada sobre Rusia, el adversario al que las sanciones occidentales pretendían debilitar. El Carnegie Endowment for International Peace calcula que estos desarrollos podrían proporcionar a Rusia decenas de miles de millones de dólares adicionales en ingresos petroleros anuales durante los próximos años, en comparación con las proyecciones de base de finales de 2025. El presidente Putin, consciente de la oportunidad, convocó a ejecutivos del sector energético ruso a principios de marzo para subrayar que era «importante que las empresas energéticas rusas aprovechen el momento actual.»
La situación expone la complejidad de gestionar simultáneamente una guerra en Oriente Medio, la estabilidad de los mercados energéticos globales y una política de sanciones que ha tardado cuatro años en comenzar a morder con eficacia. Por primera vez desde la invasión de Ucrania, los ingresos fósiles de Rusia crecen en lugar de menguar, y lo hacen impulsados, en buena medida, por las decisiones y omisiones de sus propios adversarios declarados.




