El ataque lanzado por Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero, que resultó en la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, desencadenó una crisis económica de alcance planetario cuyas consecuencias se profundizan a medida que avanza el undécimo día de guerra. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y del comercio de gas natural licuado, se encuentra prácticamente cerrado. Cerca de 2.000 buques comerciales, incluidos 178 petroleros, permanecen inmovilizados en el Golfo Pérsico desde el 5 de marzo, según el regulador del transporte marítimo de las Naciones Unidas, mientras unos 400 petroleros aguardan en las inmediaciones del estrecho sin poder cruzar. Solo dos buques con bandera iraní navegaban en la zona al cierre de esta edición, en el nivel de tráfico más bajo registrado desde el inicio del conflicto.
«La pesadilla que disuadía a Estados Unidos de atacar a Irán era el temor a que los iraníes cerraran el estrecho de Ormuz. Ahora estamos en ese escenario», afirmó Maurice Obstfeld, investigador del Peterson Institute for International Economics y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional. Simon Johnson, economista del Instituto Tecnológico de Massachusetts, advirtió sobre la imposibilidad de compensar a corto plazo los 20 millones de barriles diarios que habitualmente atraviesan el estrecho: no existe capacidad excedente en otras regiones del mundo que pueda absorber esa pérdida. Se estima una pérdida de producción cercana a los 5 millones de barriles diarios como consecuencia directa del bloqueo y la reducción de capacidad operativa en los países del Golfo.
El petróleo escala y retrocede, pero la incertidumbre persiste
El cierre virtual de Ormuz precipitó una escalada de precios sin precedentes desde mediados de 2022. El petróleo Brent llegó a rozar los 120 dólares por barril al inicio de la semana, partiendo de un precio previo al conflicto de aproximadamente 72 dólares, impulsado además por los recortes de producción implementados por Arabia Saudita y otros países exportadores. Las cotizaciones retrocedieron el martes tras declaraciones del presidente Donald Trump sugiriendo una pronta resolución del conflicto, reforzadas por una conversación entre Trump y el presidente ruso Vladímir Putin, quien presentó propuestas para una solución inmediata. Los futuros del Brent descendieron 6,28 dólares, o un 6,3%, hasta 92,68 dólares el barril, mientras que el crudo West Texas Intermediate de Estados Unidos bajó 6,19 dólares, o un 6,5%, hasta 88,58 dólares. Ambos contratos llegaron a retroceder hasta un 11% antes de recortar algunas pérdidas.
En una entrevista con CBS News, Trump afirmó que «la guerra está prácticamente terminada» y describió la ofensiva como una «excursión de corto plazo», aunque condicionó su fin a la derrota «total y decisiva» del adversario. Sus declaraciones impulsaron una recuperación en los mercados asiáticos: el índice Nikkei 225 de Japón avanzó un 2,9%, cerrando en 54.248,39 puntos. Sin embargo, el plazo real para resolver la crisis y restaurar el suministro de energía sigue siendo profundamente incierto, y los mercados financieros lo reflejan en la volatilidad de acciones, bonos y activos refugio como el dólar estadounidense.
El FMI alerta: inflación, deuda y resistencia limitada
En este contexto, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, lanzó durante una conferencia celebrada en Tokio una advertencia que resume la gravedad del momento: «Piensen en lo impensable y prepárense para ello». La economista búlgara subrayó que el nuevo conflicto irrumpe cuando la economía global todavía carga con las consecuencias de la pandemia, la guerra en Ucrania y el ciclo de encarecimiento del coste de la vida. «Cada choque que se suma al anterior, el mundo lo afronta en una posición más difícil», señaló. «Los shocks seguirán llegando», advirtió, recordando que incluso si este conflicto termina pronto, antes o después llegará una nueva perturbación.
El FMI estima que un aumento sostenido del 10% en los precios del petróleo podría elevar la inflación global en torno a 0,4 puntos porcentuales y reducir la producción económica mundial en un 0,2%. Pese a la gravedad del cuadro, el organismo mantiene por ahora sus proyecciones de crecimiento global en 3,3% para 2026 y 3,2% para 2027, aunque con la advertencia explícita de que la volatilidad geopolítica y energética continuará condicionando el escenario. El organismo está recopilando datos sobre el impacto del conflicto para publicarlos en las próximas Perspectivas de la Economía Mundial. Entre sus recomendaciones de política pública, Georgieva destacó la necesidad de reforzar instituciones económicas, preservar margen fiscal para emergencias y mantener capacidad de respuesta ágil. Para los bancos centrales, el mensaje fue igualmente exigente: mayor vigilancia y extrema precaución al desplegar estímulos, dada la carga de deuda acumulada en muchos países.
Cadenas de suministro al límite
El impacto del conflicto desborda con amplitud el mercado petrolero. Bloomberg Economics calcula que cerca del 7% de las exportaciones mundiales de fertilizantes, aproximadamente el 6% de los metales preciosos, el 5,3% del aluminio y sus productos, y el 4,4% del cemento y otros minerales no metálicos provienen de puertos del Golfo Pérsico y se encuentran en riesgo de interrupción. A ello se suma el encarecimiento del gas natural licuado, el combustible para aviones y otros bienes esenciales, con efectos directos sobre la producción industrial y los costos agrícolas. El Índice Global de Estrés de la Cadena de Suministro del Banco Mundial ya se encontraba en su nivel más alto desde la pandemia incluso antes de los ataques del 28 de febrero.
Las grandes navieras mundiales —MSC Mediterranean Shipping Co., A.P. Moller-Maersk y varias otras— han suspendido las reservas para rutas que conectan Asia con Oriente Medio y Europa. Las reservas diarias de cargueros con destino a puertos al este de Ormuz se desplomaron un 81% en apenas dos días, según datos de la firma Vizion. Cerca de 100 buques portacontenedores permanecen atrapados dentro del Golfo, incapaces de salir pese a la promesa de Trump de garantizar un paso seguro mediante convoyes de la armada. La congestión se irradia hacia el resto de Asia: el puerto indio de Nhava Sheva escaló al 64% de congestión el viernes desde apenas el 10% registrado el 1 de marzo, mientras que Singapur y Colombo ya superan el 40%.
Jan Rindbo, CEO de la naviera danesa D/S Norden A/S, uno de los mayores transportistas de materias primas del mundo, describió con precisión la lógica de la parálisis: «Estamos viendo que la gente da un paso atrás. Puede que no estén comprando tantas materias primas como lo harían en otras circunstancias, mientras esperan a ver cómo evoluciona la situación». Uno de sus buques, que acababa de descargar grano en Arabia Saudí, recibió una orden iraní para dar la vuelta cuando se disponía a abandonar el Golfo. «Cuanto más dure este conflicto, mayor será la preocupación por lo que significa para el mundo», añadió Rindbo. Las consecuencias alcanzan también la infraestructura digital: ataques con drones dañaron tres instalaciones operadas por Amazon en los Emiratos Árabes Unidos y Baréin, extendiendo el radio del conflicto más allá del comercio físico de mercancías.
Gobiernos en modo de emergencia
Los gobiernos de todo el mundo han comenzado a diseñar estrategias de contención con herramientas y alcances muy distintos. Corea del Sur evalúa limitar los precios del combustible. El Reino Unido explora medidas de apoyo a los hogares. Filipinas adoptó la semana laboral de cuatro días en las oficinas gubernamentales. India debate la implementación de mecanismos para compensar el alza de costos energéticos. Varios países consideran liberar reservas estratégicas de petróleo, aplicar topes de precios e instrumentar subsidios y alivio fiscal para empresas y agricultores.
En Estados Unidos, el gobernador de la Reserva Federal Christopher Waller advirtió que los consumidores enfrentarán un «sticker shock» por el alza en los precios de la gasolina, que subió a un promedio de 3,48 dólares por galón desde menos de 3 dólares antes del conflicto, el nivel más alto registrado bajo cualquiera de los mandatos de Trump como presidente. La advertencia coincidió con un informe del Departamento de Trabajo que reveló una caída inesperada en la creación de empleo durante febrero y un aumento de la tasa de desempleo, señales que apuntan a una fragilidad creciente del mercado laboral. La Reserva Federal enfrenta divisiones internas sobre si priorizar el control inflacionario o el sostenimiento del crecimiento. La administración Trump intentó aliviar las presiones autorizando a India a incrementar temporalmente sus compras de petróleo ruso, un giro de política que refleja la urgencia de encontrar fuentes alternativas de suministro. Los funcionarios del Banco Central Europeo indicaron que se mantienen vigilantes ante cualquier brote inflacionario.
Teherán endurece su posición y escala las represalias
La respuesta iraní al optimismo de Washington fue inmediata. La Guardia Revolucionaria, a través de su portavoz Ali Mohammad Naeini, rechazó la narrativa de Trump: «Nosotros decidiremos cuándo termina la guerra, no Estados Unidos». Naeini acusó al mandatario de atribuirse logros militares con «mentiras» y reiteró la amenaza de mantener bloqueado el tráfico de petroleros por Ormuz: «Ni un litro de petróleo saldrá de Oriente Próximo si continúan los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel».
El canciller iraní Abbas Araghchi, en declaraciones a la emisora estadounidense PBS Hour, negó que Irán haya «cerrado el estrecho» y atribuyó la situación a «la agresión israelí y estadounidense», lanzando una advertencia de fondo económico que resume la postura de Teherán: «Si pueden tolerar un precio de petróleo superior a 200 dólares por barril, continúen con este juego». Araghchi cerró además la puerta a reanudar negociaciones con Washington, calificando como una «experiencia muy amarga» el proceso diplomático de febrero, durante el cual, afirmó, se prometió a Irán que no habría ataques.
La noche del lunes fue la más intensa en bombardeos sobre Teherán desde el inicio del conflicto. Los ataques aéreos afectaron zonas densamente pobladas, interrumpieron el suministro eléctrico en gran parte de la capital y destruyeron cinco depósitos de petróleo que tres días después seguían ardiendo, liberando partículas tóxicas que han generado síntomas respiratorios entre la población: dolores de cabeza, dolor de cuello y dificultades para respirar. La Media Luna Roja iraní alertó sobre el riesgo de lluvia ácida con efectos sobre la piel y los pulmones y potencial cancerígeno a largo plazo. Paralelamente, Irán continuó sus represalias con el lanzamiento de misiles contra Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudí y Baréin. La refinería estatal saudí Aramco advirtió que si el conflicto regional se prolonga tendrá «consecuencias catastróficas» para los mercados petroleros mundiales. Riad informó haber interceptado dos drones cerca de sus infraestructuras petroleras y un tercero en Al Kharj, en el centro del país.
Ganadores, perdedores y el peso desigual de la crisis
El impacto económico del conflicto no es simétrico. Los países importadores netos de energía —la mayor parte de Europa, Corea del Sur, Taiwán, Japón, India y China— cargan con el mayor peso del ajuste. El economista jefe de Capital Economics, Neil Shearing, señaló que Asia, la zona euro y el Reino Unido están más expuestos que Estados Unidos. Oxford Economics ya recortó su previsión de crecimiento para el Reino Unido en 2026, anticipando que el conflicto elevará la inflación y las facturas energéticas de los hogares británicos. Pakistán, que importa el 40% de su energía, se encuentra en una situación especialmente crítica ante su dependencia del gas natural licuado y el alza de precios. La interrupción de las exportaciones de fertilizantes agrava el riesgo de escasez alimentaria, particularmente en países de bajos ingresos, y amenaza con desestabilizar Estados frágiles.
En el otro extremo, los productores de petróleo ajenos al conflicto —Noruega, Rusia y Canadá, entre otros— se benefician de los precios elevados sin exposición directa a los riesgos bélicos. En Estados Unidos, aunque el país es exportador neto de energía, los hogares ya resienten el impacto en el costo de vida, con previsiones de que el alza de la gasolina llevará a muchas familias a reducir otros gastos.
La mayoría de los economistas coincide en que el impacto sobre el PIB mundial será por ahora modesto y desigual, pero ese cálculo es sensible al tiempo: cuanto más se prolongue el conflicto, mayor será el daño acumulado. Shearing apuntó que si los precios del petróleo logran estabilizarse en el rango de 70 a 80 dólares por barril, la economía global podría absorber el impacto con menos disrupciones de lo previsto. Esa estabilización, sin embargo, depende de variables que escapan al control de los mercados: la duración real de los combates, la posición final de Teherán sobre el estrecho y la coherencia de la política arancelaria de Washington, que suma su propia cuota de incertidumbre a un escenario ya suficientemente complejo. «La economía mundial se ha mostrado notablemente resistente, choque tras choque», reconoció Georgieva, pero advirtió que esa resistencia tiene límites y que cada nueva crisis la somete a una prueba más exigente que la anterior.




