La demanda de infraestructura para inteligencia artificial desvía la producción de semiconductores y condena al mercado móvil a su mayor contracción desde que existe registro sistemático de la industria
El mercado mundial de teléfonos inteligentes se adentra en 2026 en una crisis sin precedentes en su historia moderna. No se trata de una desaceleración coyuntural ni del agotamiento ordinario de un ciclo de innovación. Lo que está ocurriendo es un reordenamiento profundo de la cadena de valor tecnológica global, en el que la explosión de la inteligencia artificial compite directamente —y por ahora gana— contra los dispositivos de consumo masivo en la disputa por los componentes más críticos de la electrónica contemporánea.
Las proyecciones publicadas por International Data Corporation (IDC) en su Worldwide Quarterly Mobile Phone Tracker, confirmadas horas después por Counterpoint Research, son contundentes: los envíos mundiales de smartphones caerán un 12,9% en términos interanuales durante 2026, hasta situarse en torno a los 1.100 millones de unidades. En 2025, el volumen había superado los 1.260 millones de dispositivos. La diferencia implica la desaparición de aproximadamente 160 millones de terminales del mercado en un solo año, el registro más bajo en más de una década y la caída más pronunciada de la que se tenga memoria estadística en la industria.
Una crisis de oferta, no de demanda
Lo que distingue esta crisis de las anteriores —incluida la contracción registrada durante la pandemia de COVID-19— es su origen. El consumidor no ha abandonado el smartphone. La demanda de dispositivos móviles se mantiene, en términos generales, estable. El problema reside en la cadena de suministro, concretamente en la disponibilidad de chips de memoria RAM (DRAM) y memoria de almacenamiento (NAND), componentes esenciales en la fabricación de cualquier teléfono inteligente.
El detonante del desequilibrio es la inteligencia artificial. La expansión acelerada de los centros de datos y la infraestructura computacional necesaria para entrenar y desplegar modelos de IA ha disparado la demanda de memoria de alto ancho de banda (HBM, por sus siglas en inglés), un tipo de chip de altísimo rendimiento y margen de beneficio elevado. Los grandes fabricantes de semiconductores, encabezados por Samsung y SK Hynix, han reorientado una parte significativa de su capacidad productiva hacia este segmento, más rentable y estratégico. La consecuencia inmediata ha sido una reducción drástica del suministro destinado a dispositivos móviles.
A finales de enero de 2026, Micron Technology —otro de los grandes proveedores globales de memoria— advirtió públicamente de que la presión de la demanda de IA sobre la infraestructura de semiconductores amenazaba con provocar una escasez sin precedentes. La advertencia resultó profética. Los precios de los chips de memoria para uso móvil han escalado entre un 200% y un 400% respecto a los niveles anteriores a la crisis, según estimaciones recogidas por analistas del sector. El resultado es una alteración estructural de la economía del hardware móvil que no tiene fácil reversión.
El fin del smartphone de bajo costo
El impacto más inmediato y visible de esta disrupción es la extinción práctica del segmento de dispositivos por debajo de los USD 100. En 2025, este rango de precio movilizó entre 170 y 171 millones de unidades en todo el mundo, constituyendo la puerta de entrada a la conectividad digital para millones de consumidores en mercados emergentes. Ese modelo de negocio ha dejado de ser viable.
La memoria representa hoy una proporción cada vez mayor del coste total de fabricación de un smartphone, y en los terminales de gama baja ese porcentaje es crítico: los márgenes ya eran estructuralmente estrechos, y el encarecimiento de los chips los ha llevado a territorio negativo. IDC es categórica al respecto: incluso si el suministro de memoria se estabiliza a mediados de 2027, los precios difícilmente regresarán a los niveles previos. La producción de smartphones por debajo de los USD 100 se ha convertido, en palabras de la propia consultora, en «permanentemente antieconómica».
Las consecuencias sociales de esta transformación no son menores. En regiones como Oriente Medio y África, donde los dispositivos económicos han sido el principal vehículo de inclusión digital, IDC anticipa una caída del 20,6% en los envíos. China registrará una contracción del 10,5% y Asia Pacífico —excluido Japón— del 13,1%, combinando la restricción de oferta con una desaceleración económica que amplifica el efecto sobre la demanda. América Latina y el sur de Asia, geografías con alta penetración del segmento de bajo costo, también enfrentarán presiones severas.
El precio sube aunque el producto no mejore
Mientras los volúmenes se desploman, los precios escalan. IDC proyecta que el precio promedio de venta (ASP) de los smartphones alcanzará un récord histórico de USD 523 en 2026, lo que representa un incremento del 14% respecto al año anterior. Esta cifra, sin embargo, no refleja una mejora equivalente en las prestaciones de los dispositivos. La subida de precios responde fundamentalmente al traslado de los mayores costes de componentes al consumidor final, no a una evolución tecnológica que la justifique.
El caso del Samsung Galaxy S26 ilustra esta dinámica con claridad: el modelo insignia de la marca coreana ha debido incrementar su precio en al menos USD 100 para absorber los gastos adicionales derivados del encarecimiento de los chips, sin que las nuevas funcionalidades incorporadas justifiquen ese desembolso adicional para el usuario. Los fabricantes, en definitiva, han trasladado el problema al bolsillo del consumidor.
Esta mecánica opera de forma distinta según el segmento. Los fabricantes de gama baja y media, que operan con márgenes reducidos y tienen menor poder de negociación frente a los proveedores de semiconductores, se enfrentan a una disyuntiva sin salida: absorber costes y comprimir márgenes hasta la inviabilidad, o repercutirlos en precio y perder competitividad. En ambos casos, el volumen sufre. La relación entre elasticidad y precio en mercados emergentes amplifica aún más la caída de unidades en los segmentos más vulnerables.
Ganadores y perdedores de una crisis asimétrica
La crisis no golpea a todos por igual. Mientras los fabricantes de gama baja luchan por su supervivencia, Apple y Samsung se posicionan como los principales beneficiarios de la disrupción. Ambas compañías cuentan con ventajas competitivas que las aislan, al menos parcialmente, del impacto: contratos de suministro a largo plazo con los fabricantes de memoria, mayor capacidad financiera para absorber incrementos de coste, carteras de clientes con alta fidelización y menor sensibilidad al precio. En el caso de Samsung, su integración vertical —la compañía fabrica sus propios chips— añade una capa adicional de resiliencia estratégica.
Nabila Popal, directora sénior de investigación de IDC, resume la situación con una frase que condensa el cambio de era: «La era de los smartphones baratos ha terminado». Los usuarios que hasta ahora accedían a la conectividad a través de dispositivos de gama baja se verán obligados a escoger entre terminales de especificaciones reducidas a precios de gama media, o a recurrir al mercado de segunda mano para acceder a equipos usados. En ambos casos, la experiencia digital de los segmentos más vulnerables de la población global se verá comprometida.
Para los fabricantes de Android de gama media —Xiaomi, Oppo, Tecno y una larga lista de marcas regionales—, el escenario es de presión existencial. Muchos ya han comenzado a adaptar sus catálogos: eliminando modelos básicos de bajo margen, reduciendo las especificaciones técnicas de sus dispositivos y concentrando su oferta en la gama media-alta, único segmento donde la producción mantiene cierta viabilidad económica. Algunos de estos actores podrían no sobrevivir a la reestructuración.
Un mercado que no volverá a ser el mismo
IDC proyecta una recuperación modesta a partir de 2027, con un crecimiento del 2% ese año y del 5,2% en 2028. Sin embargo, la consultora advierte que la normalización no implicará un retorno a las condiciones previas. Los precios de la memoria permanecerán en niveles estructuralmente más elevados, y el segmento de bajo costo no recuperará su viabilidad económica. El mercado post-crisis será más pequeño en volumen pero con un precio promedio significativamente más alto, más concentrado en actores con escala global y menos accesible para los consumidores de menores ingresos.
Lo que está ocurriendo en 2026 trasciende la lógica de un ciclo económico ordinario. El pronóstico de IDC no describe una corrección temporal, sino un punto de inflexión en la jerarquía de la cadena de valor tecnológica: por primera vez, la infraestructura de inteligencia artificial compite abiertamente —y se impone— sobre los dispositivos de consumo masivo en la asignación de los recursos semiconductores más valiosos del planeta. El smartphone, que durante quince años fue el principal motor de crecimiento de la industria de la memoria global, cede ese rol a los centros de datos y a los aceleradores de IA.
El sector no desaparece, pero pierde centralidad en la asignación del capital tecnológico mundial. Y esa pérdida de centralidad, más que las cifras de envíos de un año concreto, es quizás el dato más relevante —y más inquietante— de todo el análisis.




