Mandos militares estadounidenses presentan la guerra contra Irán como un imperativo bíblico, mientras el protestantismo evangélico convierte al presidente en figura mesiánica con el respaldo de Israel, un Estado que rechaza la doctrina cristiana que lo sustenta
El 7 de marzo de 2026, el mundo despertó ante la noticia de que Estados Unidos e Israel habían lanzado una operación conjunta contra Irán durante la madrugada, culminando con la muerte del ayatolá Alí Jamenei. Donald Trump anunció la ofensiva con un lenguaje que mezcló la terminología militar con la retórica de redención histórica, prometiendo bombardeos «ininterrumpidos durante toda la semana o mientras fuera necesario» para alcanzar lo que llamó «paz en Oriente Medio y, de hecho, en el mundo». Lo que podría haber sido analizado como una decisión geopolítica de enorme trascendencia quedó inmediatamente contaminado por algo mucho más perturbador: la irrupción de una teología apocalíptica en la cadena de mando del ejército más poderoso de la historia.
Una guerra presentada como voluntad divina desde los cuarteles
La Fundación para la Libertad Religiosa Militar (MRFF, por sus siglas en inglés), organismo de control civil sin fines de lucro, recibió más de 110 denuncias en menos de 48 horas desde el inicio de los ataques. Las quejas provenían de más de 40 unidades distintas repartidas en 30 instalaciones militares de todas las ramas de las fuerzas armadas estadounidenses. El hilo conductor de los testimonios era alarmantemente uniforme: comandantes de unidades de combate habían comenzado a invocar pasajes del Libro del Apocalipsis para explicar a sus tropas el sentido del conflicto.
Uno de los suboficiales que presentó denuncia ante la MRFF describió con precisión lo sucedido en una reunión informativa del lunes posterior al ataque. Su comandante, según el testimonio, «nos instó a decirles a nuestras tropas que todo esto era parte del plan divino de Dios» y procedió a citar explícitamente pasajes del Apocalipsis referentes al Armagedón y al «inminente regreso de Jesucristo». El suboficial, que declaró escribir en nombre de otras 15 personas entre las que se contaban 11 cristianos, un musulmán y un judío, advirtió que tales declaraciones «destruyen la moral y la cohesión de la unidad y violan los juramentos que hicimos de apoyar la Constitución». Las tropas representadas se encontraban en ese momento en estado de «apoyo listo», es decir, desplegables en cualquier momento hacia el teatro iraní.
El presidente de la MRFF, Mikey Weinstein, veterano de la Fuerza Aérea, describió un patrón sistemático al periodista independiente Jonathan Larsen, quien publicó la investigación en Substack: «Nuestros clientes informan de la euforia desbordante de sus comandantes ante la idea de que esta nueva guerra es claramente la señal innegable del rápido avance del fin de los tiempos cristiano fundamentalista». Weinstein añadió que varios de estos mandos manifestaban una satisfacción particular ante la perspectiva de la intensidad sangrienta del conflicto, como si la dimensión de la violencia fuera el indicador de fidelidad a la escatología fundamentalista. No se trataba de un desvío individual: era un patrón institucional que merecía una respuesta urgente del Pentágono. Respuesta que, significativamente, no llegó.
Trump como mesías: el peligro de la figura ungida
La afirmación que más consternación generó en los testimonios recabados por la MRFF fue la de que Donald Trump «fue ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán para causar el Armagedón y marcar su regreso a la Tierra». Esta declaración no es un hecho aislado en los márgenes del evangelicalismo estadounidense, sino la expresión codificada de una corriente teológica que lleva décadas construyendo una narrativa mesiánica alrededor del presidente.
El embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, escribió a Trump poco antes de los ataques a instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025: «No buscaste este momento. Este momento te buscó». El pastor John Hagee, figura de referencia del sionismo cristiano y visitante frecuente de la Casa Blanca durante el primer mandato, declaró a su congregación el domingo posterior a los ataques que la guerra con Irán era «una señal de que nos acercamos al fin de los tiempos» y que «proféticamente, estamos en el momento justo». Paula White, asesora espiritual de Trump durante décadas, lleva años articulando este discurso de apoyo incondicional a Israel con argumentos proféticos. Pete Hegseth, secretario de Defensa y cristiano renacido, celebra reuniones mensuales de oración en el Pentágono y asiste a un estudio bíblico semanal en la Casa Blanca dirigido por un predicador cuya doctrina central es que Dios bendice a quienes apoyan al Estado de Israel.
Presentar a un líder político como ungido por Dios para desencadenar el Armagedón no es teología: es fanatismo con consecuencias geopolíticas reales. La historia enseña que los líderes revestidos de aura mesiánica tienden a actuar con una certeza que excluye el diálogo, la prudencia y la rendición de cuentas. Cuando esa certeza recae sobre el comandante en jefe del ejército con mayor capacidad destructiva del planeta, y cuando esa certeza se infiltra en la cadena de mando militar, el peligro deja de ser abstracto para convertirse en una amenaza documentada y urgente.
La gran contradicción del sionismo cristiano
Existe en todo este entramado una paradoja teológica de magnitud colosal que los promotores de esta narrativa prefieren ignorar. El protestantismo evangélico que respalda política, económica y moralmente al Estado de Israel apoya a un Estado que no reconoce a Jesucristo como el Mesías prometido. Israel es una nación judía cuya identidad religiosa mayoritaria niega de manera explícita la divinidad de Cristo y rechaza el Nuevo Testamento como texto canónico. Apoyar al Estado de Israel en nombre del cumplimiento de las profecías bíblicas neotestamentarias es, desde la perspectiva de la propia doctrina cristiana, un acto de contradicción irresoluble.
El argumento evangélico que justifica este apoyo, conocido teológicamente como dispensacionalismo o teología de la sustitución invertida, sostiene que la restauración del Estado de Israel es un prerrequisito necesario para el regreso de Cristo y que, por tanto, los cristianos deben favorecer ese proceso aunque implique apoyar a quienes niegan a Cristo. Lo que esta visión obvia es que, según la propia escatología cristiana fundamentalista que la sustenta, los judíos que no se conviertan al final de los tiempos serán condenados. El apoyo a Israel no nace, por tanto, de una genuina solidaridad religiosa, sino de un utilitarismo teológico en el que el pueblo judío es instrumentalizado como pieza de un escenario profético que no comparte ni suscribe.
Esta instrumentalización es éticamente repugnante y teológicamente incoherente. Los evangélicos que usan la Biblia para justificar la guerra no están interpretando las Escrituras: las están reduciendo a un guion de política exterior. La diferencia es fundamental.
La tergiversación bíblica como justificación del conflicto armado
El problema no es exclusivo del evangelicalismo cristiano. Sectores del judaísmo religioso israelí, particularmente en el espectro del sionismo religioso, llevan décadas desarrollando interpretaciones de la Torá y del Talmud que otorgan una sanción divina a la expansión territorial, la violencia militar y el desplazamiento de poblaciones. El concepto de «tierra prometida» ha sido reinterpretado por estos sectores no como una promesa espiritual o histórica sino como un mandato militar activo y vigente que justifica la acción bélica contemporánea.
Cuando los mandos militares estadounidenses citan el Libro del Apocalipsis para dar sentido a bombardeos contra Irán, y cuando el gobierno de Benjamín Netanyahu construye su narrativa sobre una legitimidad religiosa que le otorga derecho a atacar en nombre de la supervivencia del pueblo elegido, ambas partes están haciendo lo mismo: convirtiendo textos sagrados en instrumentos de propaganda bélica. El resultado es un conflicto en el que las partes no solo defienden intereses nacionales sino que se atribuyen una misión divina, lo que elimina cualquier posibilidad racional de negociación o desescalada.
El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, declaró desde Viena que la agencia «nunca ha tenido evidencia de un programa estructurado para fabricar una bomba atómica» en Irán, y que no existían indicios de que Teherán estuviera a punto de producir un arma nuclear. Irán, por su parte, ha negado reiteradamente cualquier intención de desarrollar armamento atómico. La justificación técnica de la ofensiva, por tanto, descansa en hipótesis más que en certezas verificadas. Cuando la justificación política es débil, el relato religioso llena el vacío.
El entorno de Trump y la institucionalización del fundamentalismo
Lo que está ocurriendo en los cuarteles estadounidenses no es una anomalía espontánea. Es el resultado de años de infiltración del fundamentalismo evangélico en las instituciones del Estado. Pete Hegseth, que llegó al Pentágono con la bendición de Trump, representa el perfil de un funcionario cuya cosmovisión religiosa no es un asunto privado sino un elemento estructural de su ejercicio del poder. Las reuniones de oración en el Departamento de Defensa, los estudios bíblicos en la Casa Blanca, la retórica de pastores como Hagee convertida en marco interpretativo de la acción militar: todo esto configura un ecosistema ideológico en el que la frontera entre política exterior y teología apocalíptica se ha vuelto porosa hasta casi desaparecer.
El peligro de esta porosidad no reside únicamente en el plano doctrinal. Reside en sus consecuencias operativas. Un soldado que recibe la orden de combatir en el marco de un plan divino no procesa esa orden con los mismos parámetros éticos que uno que la recibe en el marco del derecho internacional. Un comandante que cree estar ejecutando la voluntad de Dios no aplica los mismos criterios de proporcionalidad que uno que rinde cuentas a una cadena de mando secular. Y un presidente que ha sido convencido por su entorno de que fue ungido para encender el fuego del Armagedón no evaluará las consecuencias de sus decisiones con la misma racionalidad que uno que las toma en nombre de intereses nacionales definibles y verificables.
Las consecuencias de una visión apocalíptica en el poder
Trump anunció que ordenó a sus tropas continuar atacando Irán durante «cuatro o cinco semanas». Israel bombardeó la sede de la Asamblea de Expertos en Qom, el órgano encargado de designar al sucesor del ayatolá Jamenei, tres aeropuertos iraníes y múltiples objetivos de alto valor estratégico. Teherán respondió con misiles y drones contra bases y embajadas estadounidenses, además de objetivos en Israel y en aliados del Golfo. Netanyahu declaró que continuaría atacando «con mayor intensidad tanto a Irán como a Hezbolá». Ninguna de las partes mostró disposición a negociar.
Este es el escenario que produce una visión apocalíptica instalada en las cúpulas del poder: un conflicto que se autoalimenta porque sus protagonistas no solo no temen el fin, sino que lo esperan como confirmación de su fe. La escatología fundamentalista no contempla la desescalada como virtud: contempla la intensificación como señal de cumplimiento profético. Cuanto más sangrienta sea la batalla, más cerca estará el retorno del Mesías. Esa lógica, aplicada a la mayor potencia militar del mundo, no es simplemente preocupante: es civilizatoriamente inaceptable.
El mundo se enfrenta a un conflicto en el que al menos una de las partes ha institucionalizado una narrativa que convierte la guerra en sacramento. Las denuncias tramitadas por la MRFF no son el ruido de fondo de una sociedad diversa: son la señal de alarma de una democracia en la que la separación entre iglesia y Estado, principio fundacional de la República estadounidense, está siendo erosionada desde dentro, en los cuarteles, en el Pentágono y en los pasillos de la Casa Blanca. Esa erosión no tiene precedente reciente en Occidente, y su alcance trasciende con mucho las fronteras de Oriente Medio.



