Un arranque que ya costó más de US$ 1.000 millones en sus primeras horas
La decisión del presidente Donald Trump de ordenar ataques directos contra Irán en la madrugada del sábado desencadenó, en cuestión de horas, una cascada de gastos militares que los primeros análisis sitúan por encima de los US$ 1.000 millones solo en la fase inicial de la operación. El detonante fue un contexto de tensión sostenida entre Irán e Israel que se prolongó durante más de un mes y que Washington terminó por resolver con fuego directo sobre territorio iraní.
La ofensiva, según confirmó el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), alcanzó más de 1.250 objetivos en Irán durante las primeras 48 horas. Para ejecutar esa campaña, las fuerzas estadounidenses desplegaron un arsenal que el propio CENTCOM detalló en un listado de más de 20 sistemas de armas y activos militares distintos, cada uno con un precio que refleja la envergadura del aparato bélico movilizado.
El inventario del costo: de los drones a los bombarderos B-2
El desglose de los sistemas utilizados revela la magnitud económica de la operación con una claridad que las cifras globales no siempre permiten apreciar.
Los bombarderos B-2, cuya participación fue confirmada por CENTCOM, representan uno de los activos más onerosos del arsenal desplegado. Según reportó The New York Times, cada hora de vuelo de estas aeronaves de alta gama cuesta entre US$ 130.000 y US$ 150.000, únicamente en gastos operativos. Los misiles Tomahawk, también empleados en los ataques, tienen un precio unitario estimado en US$ 2 millones. Los interceptores de misiles antibalísticos THAAD, usados para neutralizar ataques enemigos entrantes, alcanzan los US$ 12,8 millones por unidad, según documentos del Pentágono citados por The Hill.
En el extremo opuesto del espectro de costos, los drones unidireccionales —conocidos como drones «kamikaze» por su naturaleza de un solo uso— cuestan aproximadamente US$ 35.000 cada uno. Si se considera que se utilizaron cerca de 1.250 de estos dispositivos, el costo asociado a ese segmento asciende a unos US$ 43,8 millones. Sin embargo, Cameron Chell, director ejecutivo de la empresa de drones Draganfly, advirtió en declaraciones a Fox News que los ataques de precisión que acabaron con la vida del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, «posiblemente costaron decenas de millones», al combinar drones de mayor valor con aeronaves tripuladas.
Los portaaviones y el costo diario de mantener la presencia en la región
Uno de los renglones que más llama la atención desde una perspectiva de economía del gasto público es el costo de mantener operativos los dos portaaviones que Washington trasladó a la zona. Según datos del Center for a New American Security correspondientes a 2013, operar un portaaviones costaba al menos US$ 6,5 millones diarios, cifra que los analistas consideran sensiblemente mayor en la actualidad. Bloomberg estimó en febrero que el USS Gerald Ford, uno de los portaaviones enviados a la región, genera un gasto de aproximadamente US$ 11,4 millones por día. Con dos buques de este tipo en operación, la factura diaria solo por esos activos supera los US$ 13 millones.
A ese costo se suma el de sostener a cerca de 50.000 soldados estadounidenses ya desplegados en la operación, según informó The Washington Post, con la posibilidad de que ese número crezca en los próximos días. El gasto de movilización previa al inicio de los bombardeos —traslado de tropas, buques y aeronaves hacia Medio Oriente— ya había consumido unos US$ 630 millones, según estimaciones de Elaine McCusker, investigadora del American Enterprise Institute y ex funcionaria de presupuesto del Pentágono, citada por The Wall Street Journal.
Las pérdidas en combate elevan la cuenta: US$ 300 millones en tres aviones
Uno de los golpes económicos más concretos y cuantificables de la operación llegó con la pérdida de tres cazas F-15E Strike Eagle, que se estrellaron en Kuwait según confirmó CENTCOM. Con un valor unitario de aproximadamente US$ 90 millones, la destrucción de esas tres aeronaves representó un impacto patrimonial de cerca de US$ 300 millones, una cifra que no incluye el costo de reposición, el entrenamiento de tripulaciones ni los efectos colaterales sobre la cadena de suministro del Departamento de Defensa.
De US$ 1.000 millones iniciales a una proyección de hasta US$ 95.000 millones
Las cifras disponibles en los primeros días del conflicto constituyen apenas una fracción de lo que los analistas proyectan para el conjunto de la operación. Según cálculos del sector de defensa, si el conflicto se extiende, el gasto total podría rondar los US$ 100.000 millones. Una estimación más estructurada, que considera tanto los costos directos de las operaciones como la reposición de suministros militares, sitúa la factura mínima en US$ 40.000 millones, con una proyección central de US$ 65.000 millones y un escenario máximo de US$ 95.000 millones dependiendo de la duración del conflicto.
Pero el impacto económico va más allá del gasto militar en sentido estricto. Análisis académicos advierten que la guerra podría generar pérdidas económicas para Estados Unidos de entre US$ 50.000 millones y US$ 210.000 millones, derivadas de perturbaciones en el comercio, los mercados energéticos y la estabilidad financiera. Los índices bursátiles ya registraron caídas cercanas al 1% antes de la apertura del mercado el lunes posterior a los ataques iniciales, aunque luego moderaron parcialmente esas pérdidas.
El petróleo, la gasolina y la inflación: el conflicto llega al bolsillo del consumidor
La dimensión económica de la guerra no se limita a las finanzas públicas. El conflicto ya alteró los precios del petróleo y el gas, y amenaza con encarecer los viajes y presionar al alza la inflación. Para los consumidores estadounidenses, que ya enfrentaban una crisis de asequibilidad previa al conflicto, el incremento en los precios del combustible en las estaciones de servicio representa un canal directo de transmisión del costo bélico hacia los hogares. La guerra, en ese sentido, no es solo un problema presupuestario del Pentágono: es también un factor macroeconómico con efectos redistributivos que recaen desproporcionadamente sobre los segmentos de menor ingreso.
El peso de una historia de gasto militar sin rendición de cuentas
El conflicto con Irán no emerge en el vacío. Se inscribe en una trayectoria de décadas de gasto militar que los datos históricos vuelven difícil de relativizar. El proyecto Costos de la Guerra de la Universidad de Brown —elaborado con la participación de 70 académicos— estimó que solo en Afganistán, entre 2001 y 2019, Estados Unidos quemó 2 billones de dólares. Las guerras en Siria e Irak suman otros 2,89 billones de dólares. Los intereses de la deuda pública contraída para financiar esos dos conflictos alcanzaron 1 trillón de dólares adicional.
En conjunto, el mismo proyecto estimó que desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 hasta 2021, el gasto estadounidense en guerras ascendió a US$ 5,8 billones, incluyendo atención médica a veteranos e iniciativas antiterroristas internas. Solo en Medio Oriente, entre octubre de 2023 y septiembre de 2025, Estados Unidos habría gastado entre US$ 31.500 millones y US$ 33.700 millones, suma que incluye la ayuda militar a Israel y las operaciones en Yemen e Irán. Desde el 7 de octubre de 2003, los sucesivos gobiernos estadounidenses destinaron US$ 21.700 millones exclusivamente en ayuda militar a Israel.
La industria de defensa: el gran beneficiario estructural
Detrás de cada misil Tomahawk, cada interceptor THAAD y cada hora de vuelo de un B-2 hay una cadena de contratistas privados que convierten el conflicto en rentabilidad corporativa. Los datos del Departamento de Defensa revelan que entre 2020 y 2024, ese organismo destinó 2,4 trillones de dólares a contratistas privados. En 2024, el gasto militar estadounidense representó casi el 37% del gasto militar global, con un presupuesto de 997.000 millones de dólares que abarca producción de armas y operaciones, mantenimiento de bases globales, sistemas de inteligencia, personal y logística.
Esta concentración del gasto define prioridades de manera estructural. A modo de contraste, el proyecto de la Universidad de Brown señala que los israelíes tienen, en términos generales, mejor calidad de vida que los estadounidenses, a pesar de que es Washington quien financia en parte sustancial su aparato de seguridad. La paradoja del gasto militar como instrumento de política exterior con costos domésticos concretos no es nueva, pero el conflicto con Irán la vuelve a poner en primer plano con una urgencia renovada.
Un conflicto que también cuenta sus muertos
Cualquier análisis económico del conflicto quedaría incompleto sin reconocer que las cifras en dólares coexisten con un costo humano que los modelos financieros no pueden capturar. Las operaciones militares israelíes respaldadas por Estados Unidos desde 2003 han generado, según los mismos investigadores de Brown, tasas de mortalidad indirecta superiores a las directas. En Gaza, el número de personas muertas supera las 80.000, en su mayoría mujeres y niños palestinos. La guerra con Irán, además de sus implicaciones fiscales y macroeconómicas, añade una nueva dimensión a un ciclo de violencia cuyos costos humanos se acumulan en silencio, lejos de las líneas presupuestarias del Pentágono.



