Durante quince años consecutivos, China ha sido el mayor socio comercial de África. No es un título simbólico: detrás de esa cifra se esconde una estrategia sistemática, paciente y de largo aliento que ha ido tejiendo, capa a capa, una red de dependencias comerciales, financieras e infraestructurales que hoy convierte a Pekín en el actor externo más influyente del continente. El último movimiento de esa partida es también el más ambicioso: a partir del 1 de mayo de 2026, China aplicará exención total de derechos de importación a los productos procedentes de 53 estados africanos, con la única excepción de Esuatini, cuyo reconocimiento diplomático de Taiwán le cierra la puerta del acuerdo. El anuncio lo realizó el propio presidente Xi Jinping, quien lo transmitió tanto al presidente angoleño João Lourenço, en su calidad de presidente rotatorio de la Unión Africana, como a Mahmud Alí Yusuf, presidente de la Comisión de la Unión Africana.

Del «Going Out» al arancel cero: dos décadas construyendo una posición dominante

La presencia actual de China en África no es un fenómeno reciente ni improvisado. Tomó forma a principios de los años 2000, cuando Pekín puso en marcha la estrategia conocida como «Going Out», un plan que animaba a sus empresas a invertir fuera del país con el objetivo de asegurar recursos naturales y posiciones estratégicas en el exterior. Aquella decisión política transformó a China de simple exportador en inversor directo con ambiciones globales, abriendo la puerta a una relación mucho más profunda y estructural con el continente africano. Lo que siguió fue una acumulación sistemática de presencia: carreteras, puertos, presas, corredores ferroviarios, parques industriales y préstamos bilaterales que convirtieron a Pekín en el mayor inversor en infraestructuras de África, superando a Estados Unidos y a la Unión Europea juntos.

Las cifras de los últimos dos años reflejan la magnitud de ese proceso. Según datos de la Administración General de Aduanas de China, el comercio bilateral alcanzó los 295.560 millones de dólares en 2024, con un crecimiento del 4,8 % respecto a 2023. Pero ese dato quedó enseguida superado: en 2025, el intercambio total ascendió a 348.050 millones de dólares, con un incremento interanual del 17,7 %. La tendencia no muestra señales de desaceleración, y el nuevo esquema arancelario promete amplificarla.

Un desequilibrio que las cifras no disimulan

Sin embargo, las cifras globales ocultan una asimetría que los analistas africanos llevan años señalando. El crecimiento del comercio no beneficia por igual a ambas partes. En 2025, las exportaciones chinas hacia África aumentaron un 25,8 %, hasta alcanzar los 225.030 millones de dólares, mientras que las importaciones africanas desde China crecieron apenas un 5,4 % interanual, situándose en 123.020 millones de dólares. El saldo es estructuralmente deficitario para el continente: África compra más de lo que vende, y lo que vende es, en su mayor parte, hidrocarburos, minerales metálicos y materias primas con escaso procesamiento local. Lo que compra, en cambio, son bienes de equipo, electrónica, vehículos y tecnología para la transición energética: productos de mayor valor añadido que refuerzan la dependencia industrial de Pekín.

A ese desequilibrio comercial se suma el componente financiero. Una parte relevante del pasivo externo africano está en manos de acreedores chinos, tanto por la vía de préstamos bilaterales como de financiación de infraestructuras. El arancel cero abarata la entrada de bienes africanos en el mercado asiático, pero no resuelve por sí solo la combinación de una balanza estructuralmente deficitaria y una carga de deuda en condiciones menos favorables que las de las economías avanzadas. Desde la perspectiva de Pekín, la renuncia a recaudación aduanera se compensa con estabilidad en el aprovisionamiento de insumos estratégicos y con un mayor grado de dependencia comercial de sus contrapartes.

Lo que ofrece China que ningún otro bloque puede igualar hoy

El contexto geopolítico en el que se produce este movimiento es determinante para entender su alcance. Mientras la agenda arancelaria de la era Trump sigue generando turbulencias en el comercio occidental, Washington discute renovaciones parciales y cortoplacistas del AGOA —el mecanismo de preferencias comerciales de Estados Unidos para África— y Bruselas se enreda en cláusulas de reciprocidad y condicionalidades que ralentizan cualquier acuerdo. En ese escenario, China ofrece algo que ningún otro bloque puede igualar hoy: acceso prácticamente libre a un mercado de 1.400 millones de personas y a una base manufacturera que concentra buena parte de la capacidad productiva mundial.

Donde Estados Unidos y la Unión Europea convierten el comercio en un instrumento de presión política, Pekín lo utiliza como mecanismo de alineamiento económico y diplomático. La extensión del arancel cero a economías con más masa crítica —Sudáfrica, Nigeria, Egipto— puede reconfigurar de forma duradera los flujos de bienes, inversión y logística en el continente. Para los grupos europeos y estadounidenses con intereses en África, el mensaje es incómodo pero claro: competir contra un acceso libre de aranceles implica asumir un diferencial estructural de costes y de riesgo regulatorio difícil de compensar.

La diplomacia económica que construye vínculos más allá del comercio

El cambio en el régimen arancelario no es un gesto aislado, sino la culminación de una diplomacia económica muy disciplinada. El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, ha convertido en tradición iniciar cada año con una gira por África, que ha servido para articular una agenda con cinco vectores principales: acelerar la ejecución del plan 2024-2027 del Foro de Cooperación China-África (FOCAC), asegurar cadenas de minerales críticos, estrechar vínculos entre estructuras de poder, ampliar la cooperación en capacidades militares no ofensivas y consolidar apoyos en foros multilaterales.

En ese marco se inscribe la visita del presidente sudafricano Cyril Ramaphosa a China, que desembocó en un acuerdo de cooperación económica y en la negociación de un pacto de «cosecha temprana» para la entrada de productos sudafricanos al mercado chino sin tasas aduaneras. Ese tipo de arreglos bilaterales, replicados con varias capitales africanas, ancla la apertura arancelaria en instrumentos jurídicos que ofrecen certidumbre a empresas e inversores. Xi Jinping subrayó, además, el interés de su gobierno por seguir promoviendo la amistad histórica entre ambas regiones, profundizar los lazos y avanzar hacia lo que denomina «comunidad de destino China-África», un concepto que combina la retórica del desarrollo compartido con una estrategia de largo alcance para consolidar la influencia de Pekín en el sur global.

Minerales críticos y bonos en dólares: el caso del yacimiento de Achmmach en Marruecos

La dimensión financiera e industrial de la presencia china en África adquiere contornos concretos con operaciones como la llevada a cabo por la empresa minera china Inner Mongolia Xingye Yinxi Mining, que ha recaudado 200 millones de dólares —aproximadamente 1,83 mil millones de dírhams— mediante la emisión de un bono sénior no garantizado perpetuo, destinado principalmente al desarrollo del proyecto de estaño de Achmmach, situado en la región de Mequínez, en Marruecos.

La operación representa una de las emisiones de bonos en dólares más significativas de un actor chino en los últimos cinco años y constituye, además, la primera emisión sénior no garantizada en el extranjero para una minera privada china. El proyecto está controlado mayoritariamente por Atlantic Tin Ltd, que posee el 75 % del yacimiento, junto con Toyota Tsusho Corporation, con el 20 %, y Nittetsu Mining Co, con el 5 % restante. En junio de 2025, Xingye adquirió más del 90 % de las acciones de Atlantic Tin mediante una oferta pública fuera del mercado, operación respaldada por unanimidad por el consejo de administración de la compañía.

Los responsables de Xingye calificaron la emisión como un paso estratégico para asegurar la explotación de recursos esenciales y fortalecer la posición de la empresa en el mercado global del estaño, destacando que Marruecos ofrece un entorno político estable y un marco regulatorio favorable a la inversión extranjera. Este caso ilustra con precisión el patrón de actuación chino: identificar activos estratégicos, asegurarlos con instrumentos financieros sofisticados y anclarlos en jurisdicciones con estabilidad institucional que actúan como puentes entre mercados.

Logística y conectividad: el primer envío de cenizas volantes a través del puerto de Yantai

La integración de las cadenas logísticas entre China y África avanza también en el terreno operativo. Un cargamento de 15.000 toneladas métricas de cenizas volantes llegó recientemente al puerto de Yantai, perteneciente al Grupo Portuario de Shandong, para su posterior envío a Angola. El movimiento marca la finalización del primer envío de este tipo de mercancía realizado por dicho puerto en colaboración con el Grupo Logístico SPG, y forma parte de una estrategia más amplia para diversificar los tipos de carga transportados a través del corredor logístico China-África.

Las cenizas volantes y equipos mecánicos procedentes de Shandong, Hebei y el noreste de China se transportaron por camión hasta Yantai para su consolidación en un mismo buque con destino a Angola. La operación responde al modelo diseñado por el puerto y SPG Logistics: carga directa en un solo punto y envío consolidado al exterior, un esquema que reduce costes y tiempos de tránsito y refuerza la competitividad de la ruta. El Puerto de Yantai se perfila así como un nodo clave del comercio entre China y África, alineado con los objetivos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

África entre la oportunidad y la trampa: el debate sobre industrialización y dependencia

La intensificación del vínculo con China no ha pasado inadvertida para las instituciones africanas, que están tratando de convertir el acceso preferente en un vector de transformación productiva, no en un simple canal para exportar más volumen de materias primas. Desde la Unión Africana se ha colocado la sostenibilidad de la deuda en el centro de las discusiones con Pekín, y se ha dado prioridad a la industrialización y a la creación de capacidad de transformación local. La narrativa oficial ha pasado de la llamada «era de las obras» —carreteras, puertos, presas— a la exigencia de acuerdos que incluyan transferencia de tecnología, fabricación en origen y participación africana en los eslabones intermedios de las cadenas globales.

Varios gobiernos han comenzado a imponer restricciones a la exportación de minerales sin procesar, a condicionar incentivos fiscales a la instalación de plantas de ensamblaje y a vincular licencias a compromisos concretos de formación y empleo. En sectores como la movilidad eléctrica, se multiplican los proyectos de montaje de autobuses y motocicletas y las iniciativas para desplegar capacidad de fabricación de componentes vinculados a baterías y sistemas de recarga. El objetivo es aprovechar la demanda china sin perpetuar el patrón clásico de «extraer aquí, refinar fuera».

La intensificación del vínculo ha obligado también a reforzar los mecanismos de supervisión. Herramientas como el Mecanismo Africano de Revisión entre Pares se utilizan ya para evaluar la calidad de los grandes acuerdos con socios externos. Estados como Kenia, Ghana o Etiopía han creado unidades específicas para monitorizar proyectos financiados por capital chino —desde corredores ferroviarios hasta parques industriales—, con el mandato de controlar plazos, sobrecostes y retornos socioeconómicos. El ecosistema de centros de estudios y organizaciones de la sociedad civil africanas ha comenzado a ocupar un espacio antes prácticamente vacío: análisis de impacto ambiental, evaluación de condiciones laborales, escrutinio de cláusulas de confidencialidad en contratos y advertencias sobre riesgos de concentración de poder de mercado.

Europa: gestora de riesgos sin activos sobre el terreno

El contraste con la forma en que Europa se relaciona con África es cada vez más evidente. En los últimos años, la presencia creciente de empresas chinas en el norte de África se ha interpretado como un avance frente a un supuesto repliegue europeo. Pero otra lectura, más incómoda para Bruselas, apunta a una causa diferente: la preferencia sistemática por mantener margen de salida y distancia política, aun a costa de ceder profundidad estratégica.

En materia de migración, la externalización de controles hacia terceros países ha permitido reducir llegadas irregulares, pero ha desplazado hacia el exterior la responsabilidad sobre los métodos utilizados. En energía, la intensificación de vínculos con proveedores como Argelia tras la ruptura con Rusia ha respondido sobre todo a necesidades de seguridad de suministro, con acuerdos concebidos como coberturas temporales más que como apuestas estructurales. Esa lógica de «minimizar exposición» ha dejado espacio para que otros actores, dispuestos a asumir riesgos y a atarse a activos físicos de largo recorrido, ganen peso. En Marruecos, Argelia o Egipto, el patrón se repite: la Unión Europea mantiene el liderazgo regulatorio y la centralidad diplomática, mientras China ocupa el terreno de las infraestructuras, la logística, la energía y los proyectos con horizontes temporales que trascienden con mucho cualquier ciclo electoral europeo.

Una nueva arquitectura global: quien controla los corredores, controla el juego

El nuevo esquema de arancel cero para África cristaliza un cambio más amplio en la arquitectura de la globalización. El comercio ya no se dirime solo en términos de tipos impositivos, sino de quién diseña los corredores logísticos, quién financia las infraestructuras críticas, qué estándar tecnológico se impone en redes energéticas y digitales y qué jurisdicciones dominan los foros en los que se fijan las normas internacionales.

China ha entendido que la acumulación de poder económico pasa por convertirse en socio imprescindible en las grandes transiciones —energética, digital e industrial— de África y del resto del sur global. Europa, atrapada entre la presión de sus opiniones públicas y la inercia de su política exterior, corre el riesgo de quedarse en un papel de gestora de riesgos y árbitro normativo, pero sin activos suficientes sobre el terreno para condicionar las decisiones clave. Pekín, por su parte, no concibe la cooperación como una vía de sentido único, sino como una alianza de crecimiento que le permite anclar relaciones de largo plazo mientras acumula influencia política a bajo coste fiscal.

Para África, el marco es a la vez una oportunidad y una advertencia. El acceso sin impuestos a la segunda mayor economía del mundo puede actuar como catalizador de inversión, empleo y modernización productiva, siempre que se combine con políticas industriales exigentes, mejora de la capacidad institucional y coordinación regional. Pero también puede profundizar una pauta de dependencia si se limita a reforzar el papel de proveedor de recursos y comprador neto de manufacturas. La diferencia la marcarán las decisiones que se tomen en las capitales africanas, no los comunicados de Pekín ni los discursos de Bruselas. Y en ese juego, el tiempo corre a favor de quien ya lleva quince años construyendo sin pausa.