La mayor criptomoneda pierde casi la mitad de su valor desde máximos, mientras El Salvador acumula pérdidas por 144 millones de dólares, Metaplanet registra un quebranto contable de 633 millones y el índice de miedo y codicia toca mínimos sin precedentes

Bitcoin atraviesa uno de sus momentos más turbulentos desde que alcanzó su máximo histórico de 126.199 dólares a comienzos de octubre de 2025. En apenas cuatro meses, la criptomoneda más capitalizada del mundo retrocedió hasta los 60.000 dólares el pasado 5 de febrero, acumulando una caída cercana al 48% desde aquel pico. Lo que en otros contextos podría leerse como una corrección dentro de la volatilidad habitual del activo adquiere, en este caso, una dimensión distinta: ocurre en un entorno que, sobre el papel, debería resultar favorable, con el oro marcando nuevos máximos históricos y con la administración estadounidense emitiendo señales de apertura regulatoria hacia el ecosistema digital. Esa paradoja es el punto de partida para entender qué está ocurriendo en las profundidades de un mercado que, una vez más, desafía las lecturas simples.

La guerra silenciosa entre exchanges y banca tradicional

Detrás de la caída hay fuerzas que no siempre ocupan las primeras páginas pero que tienen un peso determinante sobre la dinámica del mercado. Una de las más relevantes es el conflicto creciente entre los grandes exchanges de criptomonedas y el sistema bancario convencional, particularmente en torno a una práctica que ha ganado terreno en los últimos meses: el pago de recompensas por mantener stablecoins dentro de las plataformas.

Para exchanges como Coinbase, ofrecer rendimientos de entre el 3% y el 4% anual sobre depósitos en monedas estables vinculadas al dólar es una herramienta competitiva lógica en un entorno de alta exigencia de liquidez. Para los bancos, en cambio, el fenómeno representa una amenaza directa a su modelo de negocio: cada dólar que migra hacia una stablecoin remunerada es un dólar menos en depósitos disponibles, con impacto potencial sobre el fondeo institucional y la capacidad de otorgar crédito.

La magnitud del conflicto no es menor si se considera lo que está en juego. Buena parte del sistema bancario estadounidense sostiene un esquema que, aunque poco discutido públicamente, es estructuralmente rentable: captar depósitos del público, invertirlos en bonos del Tesoro de corto plazo y apropiarse de la mayor parte del rendimiento, trasladando apenas una fracción mínima a los ahorristas. Los exchanges cripto cuestionan ese modelo con una propuesta de intermediación diferente, y esa diferencia no es marginal: es conceptualmente disruptiva.

La disputa aún no ha derivado en una prohibición explícita, pero sí se manifiesta como presión regulatoria sostenida, lobby activo y señales contradictorias que elevan la incertidumbre institucional. Y en los mercados financieros, la incertidumbre no necesita materializarse en hechos concretos para afectar los precios: alcanza con alterar las expectativas y reducir el apetito por riesgo. Bitcoin funciona, en ese esquema, como válvula de ajuste. No porque el conflicto bancario lo afecte de manera directa, sino porque se suma a otro factor igualmente pesado: la demora en la aprobación de la Clarity Act, la legislación llamada a ordenar y dar previsibilidad al criptomercado en su conjunto.

El retraso en el avance de esa norma incrementa el riesgo político de que quede virtualmente archivada si el oficialismo pierde las elecciones de medio término de noviembre, lo que obligaría a reiniciar el debate legislativo desde cero. Frente a ese horizonte más difuso, el mercado tiende a reducir exposición en los activos más volátiles, y Bitcoin absorbe buena parte de ese ajuste. La presión bajista resultante no responde a un problema intrínseco de la red, sino a tensiones externas que terminan filtrándose en el precio.

La pregunta de los ciclos: ¿corrección pasajera o depuración pendiente?

Más allá de los factores coyunturales, existe un marco analítico que reaparece con regularidad al estudiar la historia de Bitcoin: la dinámica de ciclos prolongados de suba seguidos por un período de corrección profunda. En su versión más conocida, esta lectura sostiene que BTC tiende a atravesar tres años mayormente alcistas y uno claramente bajista.

Bajo ese prisma, el comportamiento del año pasado resulta, cuando menos, atípico. El ejercicio fue apenas negativo, algo que no se ajusta a lo que el patrón histórico señalaba como el tramo más alcista del ciclo. Esa anomalía abre dos interpretaciones posibles, y ninguna de las dos es reconfortante en términos de certeza.

La lectura más conservadora sugiere que el ajuste no se manifestó todavía en toda su magnitud y que 2026 podría terminar siendo el verdadero año de depuración del ciclo actual. La hipótesis más optimista, en cambio, plantea que ese comportamiento irregular podría estar anticipando un quiebre de la estructura clásica, dando lugar a un ciclo extendido impulsado por la creciente adopción institucional y por un proceso de incorporación al sistema financiero convencional que Bitcoin no había experimentado en etapas anteriores.

Esta segunda posibilidad es conceptualmente atractiva, pero hoy cuenta con un grado de certeza limitado y requiere evidencia adicional para ser validada. Si, en cambio, el esquema histórico de ciclos se mantuviera vigente, la corrección actual podría no haber concluido. En episodios anteriores, las caídas promedio desde los máximos oscilaron entre el 70% y el 80%. Trasladado a los precios recientes, ese rango ubicaría a Bitcoin en niveles cercanos a los 38.000 o 40.000 dólares. No se trata de una proyección ni de una predicción operativa, sino de una referencia estadística que resulta incómoda precisamente porque entra en tensión directa con el optimismo narrativo dominante.

El Salvador: el experimento soberano que pierde 144 millones de dólares

Las consecuencias de la caída no se limitan al mercado privado. El Salvador, el primer país en adoptar Bitcoin como moneda de curso legal en septiembre de 2021 bajo el impulso del presidente Nayib Bukele, acumula hoy pérdidas significativas en sus reservas nacionales denominadas en la criptomoneda.

Según datos de la Oficina de Bitcoin, organismo estatal encargado del seguimiento oficial, el país cerró 2025 con 7.518 BTC valorados en 658,15 millones de dólares. Al 16 de febrero, el volumen había aumentado levemente hasta los 7.564 BTC, pero su valoración cayó a 513,54 millones de dólares. La diferencia representa una pérdida de 144,61 millones de dólares, equivalente a una disminución del 22% en el valor de las reservas en apenas dos meses y medio.

El dato ilustra con crudeza el riesgo que implica gestionar las finanzas públicas con un activo de esta volatilidad. El gobierno salvadoreño continuó acumulando BTC a pesar del retroceso del precio, lo que refleja una convicción estratégica que, sin embargo, no ha logrado generar un consenso interno. Encuestas de universidades locales indicaron que más del 90% de los salvadoreños rechazó el uso cotidiano de la criptomoneda, una brecha entre la narrativa oficial y la realidad de la adopción que el tiempo no ha cerrado.

Cabe recordar que Bitcoin cerró 2025 con un retroceso anual del 6%, superando los 88.000 dólares, aunque muy por debajo de su récord del 6 de octubre, cuando tocó los 126.186 dólares. Desde ese pico, la caída acumulada total ronda el 45%.

Metaplanet y la aritmética contable del riesgo: 633 millones de dólares en pérdidas

El caso de Metaplanet, la firma japonesa que ha adoptado una estrategia de acumulación de Bitcoin comparable a la de MicroStrategy en Estados Unidos, aporta otra dimensión al análisis. La compañía reportó una pérdida neta de 633,6 millones de dólares en su último ejercicio, atribuible casi en su totalidad a la devaluación contable de sus tenencias en BTC.

Las normas contables obligaron a la empresa a registrar una pérdida por valoración de 681,2 millones de dólares sobre sus reservas de Bitcoin, como consecuencia de la caída del precio respecto a los máximos vigentes al momento del cierre del balance. Es importante subrayar que Metaplanet no vendió sus activos, por lo que no hubo una salida real de efectivo por ese importe. La pérdida es contable, no operativa. Sin embargo, esa distinción técnica no atenúa el impacto sobre la percepción de riesgo de los accionistas.

Al mismo tiempo, la situación operativa de la empresa muestra un panorama diferente. Metaplanet registró ingresos récord por 59,3 millones de dólares, un crecimiento del 738% respecto al ejercicio anterior, y obtuvo un beneficio operativo de 41,9 millones de dólares tras descontar gastos. La compañía cerró el año con 35.102 BTC en balance, valorados en más de 3.200 millones de dólares, y reportó un ratio de capital propio del 90,7%, lo que, según su dirección, garantiza que su solvencia no está comprometida.

La empresa no ha dado señales de modificar su estrategia. Su objetivo declarado es acumular 210.000 BTC, equivalente al 1% del suministro total de la criptomoneda, antes de 2027. Para 2026, prevé que sus ingresos operativos casi se duplicarán hasta situarse en torno a los 106 millones de dólares, con independencia del impacto que pueda tener la volatilidad contable de Bitcoin en sus resultados.

El termómetro del miedo: el índice de sentimiento toca mínimos sin precedentes

Si hay un indicador que resume el estado psicológico del mercado en este momento, es el índice de miedo y codicia del bitcoin, un termómetro compuesto que combina señales sobre volatilidad, impulso de mercado, actividad en redes sociales, dominio del activo y tendencias de búsqueda en una escala de 0 a 100. Los valores entre 0 y 25 corresponden a «miedo extremo»; los que superan 75, a «codicia extrema».

El 12 de febrero, ese índice tocó los 5 puntos, una cifra sin precedentes en la serie histórica, que coincidió con una caída de Bitcoin hasta los 65.000 dólares. Cinco días después, el 17 de febrero, la cotización se recuperó levemente hasta los 67.000 dólares, pero el indicador continuó por debajo del umbral de los 10 puntos, a un paso de volver a marcar mínimos históricos.

Para contextualizar la magnitud del cambio, basta recordar que el 15 de enero el índice marcaba 61 puntos, en zona de codicia. Apenas un mes después, el indicador se hundió hasta niveles de pánico absoluto. El detonante de ese vuelco brusco fue la liquidación masiva de derivados cripto del 10 de octubre de 2025, que llevó al índice de la «codicia extrema» al «miedo extremo» en cuestión de días.

Los analistas han señalado históricamente que los extremos de este indicador suelen coincidir con puntos de inflexión relevantes: los máximos de codicia tienden a preceder correcciones, mientras que los mínimos de miedo extremo suelen surgir cerca de zonas de acumulación. Sin embargo, aplicar esa lectura mecánicamente en un entorno de incertidumbre regulatoria y tensión bancaria como el actual exige prudencia adicional.

Un mercado en busca de piso

Bitcoin llega al presente con una acumulación de presiones que no responde a una causa única sino a la convergencia de múltiples vectores: un conflicto no resuelto entre el ecosistema cripto y la banca tradicional, una legislación regulatoria demorada cuyo destino político es incierto, una estructura de ciclos históricos que podría estar señalando que la corrección no ha concluido, un experimento soberano que acumula pérdidas millonarias, una empresa institucional que reporta quebrantos contables de magnitud y un índice de sentimiento que ha tocado el nivel más bajo de su historia.

Ninguno de estos factores invalida por sí solo la tesis de largo plazo sobre Bitcoin, pero en conjunto configuran un escenario en el que la prudencia analítica parece más justificada que el optimismo narrativo. La pregunta de si el mercado encontró su piso o si todavía quedan niveles más bajos por delante no tiene una respuesta inequívoca en este momento. Lo que sí resulta claro es que la caída del 48% desde máximos no es un accidente de mercado ni un simple ajuste técnico: es el reflejo de fricciones profundas que el precio está procesando en tiempo real.