Los mercados bursátiles estadounidenses cerraron el jueves con su peor jornada desde el 20 de enero, en una sesión dominada por el temor creciente al impacto disruptivo de la inteligencia artificial sobre amplios sectores de la economía. El Nasdaq Composite retrocedió 2,04% hasta las 22.597,15 unidades, sumando así su tercera jornada consecutiva a la baja, con una pérdida acumulada en ese tramo de 2,76%. El S&P 500 cayó 1,57% hasta los 6.832,75 puntos, acumulando también tres sesiones en rojo y un descenso del 1,90% en ese período. El Promedio Industrial Dow Jones, que integra a las 30 empresas más representativas de la economía estadounidense, perdió 1,34% para quedar en 49.451,98 unidades, sumando su segunda jornada consecutiva de pérdidas.

En perspectiva anual, los resultados son divergentes: mientras el Dow Jones acumula una ganancia de 2,89% en lo que va de 2026, el Nasdaq retrocede 2,77% y el S&P 500 cede un 0,77%, reflejando la presión particular que enfrentan los activos tecnológicos ante la nueva narrativa de mercado en torno a la IA.

El detonante: un nuevo ciclo de ventas en el sector tecnológico y de software

Lo que comenzó como una corrección concentrada en el sector tecnológico se extendió con rapidez hacia industrias aparentemente alejadas del mundo digital. La jornada no fue un evento aislado. Analistas de mercado señalaron que la caída forma parte de una tendencia más amplia de ventas en acciones de software y tecnología, intensificada por la incertidumbre sobre el verdadero impacto económico de la inteligencia artificial. Los principales índices se encontraban cerca de sus máximos históricos, lo que creó condiciones propicias para la toma de ganancias. La búsqueda de liquidez por parte de los inversores también impactó los metales preciosos, generando caídas en el precio del oro y la plata.

Cisco Systems fue uno de los casos más llamativos de la jornada. Sus acciones cayeron 12,3% hasta los 75 dólares por título, a pesar de haber superado las expectativas de analistas tanto en beneficios como en ingresos durante el último trimestre. El factor que desató la caída fue la advertencia de la compañía californiana sobre sus márgenes: indicó que es posible que obtenga menos ganancias por cada dólar de ingresos en el trimestre en curso respecto al anterior, una señal de presión estructural que el mercado interpretó con severidad.

Robinhood, la plataforma de inversión minorista, tampoco escapó a la presión. Sus acciones cedieron 8,8% para cerrar a 71,1 dólares, tras publicar resultados del cuarto trimestre de 2025 con ingresos por debajo de las proyecciones del mercado, afectados en particular por un decremento significativo en la actividad de trading de criptomonedas.

Netflix, por su parte, retrocedió 4,7% hasta los 75,9 dólares, luego de que trascendiera que el presidente Donald Trump habría sostenido una reunión con el empresario tecnológico Larry Ellison días antes de negar cualquier participación en la disputa corporativa entre Paramount y la plataforma de streaming. «La noticia generó incertidumbre sobre posibles implicaciones políticas en la batalla corporativa, presionando el sentimiento del mercado hacia las empresas involucradas, incluyendo Paramount y Warner Bros. Discovery», señalaron analistas de GBM Research.

Más allá de la tecnología: la IA amenaza sectores enteros de la economía real

Lo que comenzó como una corrección concentrada en el sector tecnológico se extendió con rapidez hacia industrias aparentemente alejadas del mundo digital. Seguros, gestión de patrimonios, servicios inmobiliarios y transporte de mercancías por carretera fueron arrastrados por ventas masivas, en lo que los operadores han comenzado a denominar el AI Scare Trade: la liquidación de empresas consolidadas ante el temor de que herramientas de inteligencia artificial puedan reemplazar sus modelos de negocio.

La semana anterior, el lanzamiento de Claude Code de Anthropic y Project Genie de Google había desatado ventas en empresas de software y desarrolladores de videojuegos. Esta semana, el foco se desplazó hacia los servicios financieros tradicionales. El lanzamiento de Hazel, una herramienta de planificación fiscal de la startup Altruist, con sede en Los Ángeles, y de nuevas tecnologías de la startup de seguros Insurify, provocaron caídas en acciones de firmas como Charles Schwab, Raymond James, Stifel Financial, así como de las asesoras patrimoniales británicas St James’s Place, Quilter y AJ Bell. Incluso instituciones de la talla de Morgan Stanley se vieron atrapadas en la ola vendedora por sus negocios de gestión de patrimonio.

El argumento es contundente: Altruist afirma que su herramienta Hazel podrá automatizar el trabajo de las empresas de asesoría financiera en minutos, permitiéndoles abrir cuentas, gestionar carteras de clientes, sugerir estrategias de inversión, facturar y generar informes con mayor rapidez que cualquier equipo humano. «El trabajo de Hazel consiste básicamente en eliminar la necesidad de cualquier tipo de intervención humana en una buena parte de la carga de trabajo de los asesores financieros», afirmó Mazi Bahadori, director de operaciones de Altruist, empresa que el año pasado recaudó 152 millones de dólares de inversores, entre ellos el fondo soberano de Singapur GIC. Bahadori fue más lejos aún: «No tengo ninguna duda de que las empresas financieras tradicionales comprenderán la IA, pero para cuando lo hagan, empresas como Altruist probablemente les llevarán entre 20 y 25 años de ventaja.»

Los veteranos del sector financiero rechazan con vehemencia esa lectura, pero el mercado, por ahora, parece estar tomando partido. Un ejecutivo de una importante gestora de patrimonios británica reconoció, en términos más moderados, que la capacidad de la IA para «personalizar masivamente el asesoramiento y reducir costes es tanto una amenaza como una oportunidad» para las empresas establecidas.

La voz de los expertos: ¿corrección racional o pánico prematuro?

El debate entre analistas e inversores está lejos de cerrarse. Azeem Azhar, fundador de Exponential View, una influyente publicación especializada en inteligencia artificial, advirtió que los inversores bursátiles están extrapolando con demasiada velocidad la trayectoria de mejora de los sistemas de IA durante el último año. Las actuales capacidades de los denominados agentes —bots capaces de completar una amplia gama de tareas con poca o ninguna intervención humana— «habrían sido impensables hace un año», señaló, lo que ha generado una expansión de ideas sobre la posibilidad de automatizar una cantidad creciente de tareas.

Al mismo tiempo, incluso inversores que apuestan por grandes retornos en startups de inteligencia artificial reconocen que Wall Street podría estar reaccionando de forma exagerada. «Creo que se está produciendo una ligera sobrecorrección. Es muy difícil predecir el futuro de un banco», reconoció Andreas Helbig, socio de Atomico, firma londinense de inversión tecnológica. La lógica que subyace a las ventas masivas, sin embargo, tiene antecedentes históricos que dificultan descartarla con facilidad: después de dos décadas en las que las empresas tecnológicas han transformado radicalmente los sectores editorial, publicitario, minorista y de transporte, el argumento de que la IA podría reducir significativamente los costos operativos en servicios financieros, legales e inmobiliarios resulta difícil de ignorar.

Las advertencias de Dario Amodei, cofundador y director ejecutivo de Anthropic, sobre que la IA podría convertirse pronto en un «sustituto general» para el trabajo administrativo, han calado hondo entre los operadores del mercado y alimentan la narrativa que hoy presiona sobre amplias franjas del mercado de valores.

Asia capitaliza el temor occidental: los fabricantes de chips lideran una rotación histórica

El mismo fenómeno que castiga a Wall Street está resultando, paradójicamente, una bendición para los mercados asiáticos. El índice MSCI Asia Pacífico acumula una ganancia superior al 12% en lo que va de 2026, en marcado contraste con las pérdidas registradas en los índices de referencia estadounidenses. La divergencia refleja una rotación global de fondos desde los pioneros de la inteligencia artificial, agobiados por gastos masivos en infraestructura, hacia los productores de hardware con alto poder de fijación de precios, la mayoría de los cuales se encuentran en Asia.

En ese contexto, el peso de compañías como Taiwan Semiconductor Manufacturing Co. (TSMC) y Samsung Electronics resulta determinante. TSMC, el principal fabricante de chips por contrato del mundo, tiene por sí sola una ponderación cercana al 45% en el índice Taiex de Taiwán, el triple de su nivel de hace una década, y su posición irremplazable en la cadena global de suministro de semiconductores le otorga una ventaja estructural independientemente de qué modelos o plataformas de IA terminen dominando el mercado. Samsung, por su parte, experimentó el jueves su mayor compra en el extranjero en mucho tiempo, lo que impulsó sus acciones un 6,4%. El Kospi de Corea del Sur se ha convertido en un casi duopolio: Samsung y SK Hynix representan juntas cerca del 40% del índice.

Las declaraciones recientes de Micron sobre la escasez de suministro de chips de memoria, y las de Nvidia sobre el gasto sostenible en infraestructura de IA, refuerzan la tesis de que quienquiera que gane la carrera por la supremacía en inteligencia artificial, los fabricantes de hardware asiáticos seguirán cobrando peaje. «La principal preocupación de EE. UU. es que los hiperescaladores gasten dinero. La mayor parte de la exposición tecnológica de Asia es upstream. Quienquiera que gane al final, el upstream seguirá recaudando ingresos de los actores downstream», señaló Richard Tang, jefe de investigación de Julius Baer en Hong Kong.

Kioxia, el fabricante japonés de chips de memoria, subió un 15% el viernes tras presentar perspectivas de resultados mejores de lo esperado, impulsadas por el aumento de la demanda de IA. El movimiento se produjo mientras el Nasdaq 100 caía un 4,6% y perdía alrededor de 1,5 billones de dólares en valor de mercado en las últimas diez sesiones. Stephanie Aliaga, estratega de mercado global de JPMorgan Asset Management, lo sintetizó con precisión: «Lo que los mercados realmente están empezando a cotizar es este momento ChatGPT para los agentes de IA.»

Japón y la resistencia de la «vieja escuela»

El caso japonés añade un matiz adicional a la narrativa global. Mientras los sectores de seguros e inmobiliario en Estados Unidos han sido duramente golpeados por el AI Scare Trade, sus equivalentes en Japón han mostrado una notable resiliencia. El subíndice de seguros del Topix ha subido un 6,2% desde el 3 de febrero, y su contraparte inmobiliaria se ha disparado un 15% en ese mismo período. La explicación, según Andrew Jackson, jefe de estrategia de renta variable japonesa en Ortus Advisors, es que estas industrias están más arraigadas estructuralmente en Japón y son «menos susceptibles a la disrupción hasta ahora». Como resultado de esta divergencia, las correlaciones entre las acciones asiáticas y estadounidenses, basadas en rendimientos semanales, han caído a 0,43, su nivel más débil desde junio de 2022.

Sin embargo, Asia no estuvo completamente aislada de la agitación. Las acciones de empresas de software como Kingdee International Software, cotizada en Hong Kong, y las de firmas indias de servicios tecnológicos como Infosys, cayeron junto con sus pares estadounidenses durante la reciente ola de ventas, un recordatorio de que la disrupción tecnológica no respeta fronteras cuando los modelos de negocio en cuestión son suficientemente similares.

Una corrección que plantea preguntas sin respuesta fácil

Lo que los mercados están procesando en estas jornadas va más allá de una corrección técnica o de la toma de ganancias después de máximos históricos. La velocidad con la que herramientas de inteligencia artificial están saltando de la industria del software hacia sectores tan diversos como la asesoría financiera, los seguros, el corretaje inmobiliario o el transporte de mercancías obliga a los inversores a reformular sus modelos de valoración para empresas que, hasta hace muy poco, parecían inmunes a la disrupción digital.

La pregunta que Wall Street no ha podido responder todavía es si el mercado está anticipando con precisión una transformación real y profunda del mercado laboral y del tejido empresarial, o si está sobreactuando ante el lanzamiento de herramientas aún no probadas a escala. Lo que sí queda claro es que la inteligencia artificial ha dejado de ser un tema exclusivamente tecnológico para convertirse en la variable más determinante de la economía global, capaz de mover miles de millones de dólares en cuestión de horas con el lanzamiento de un producto o el discurso de un ejecutivo.